Por Martín Rodríguez
Director ejecutivo de Feedback

La dura metáfora de la aplanadora dicha por un senador oficialista y las respuestas de igual tonelaje desde la otra vereda son un alarde de amenazas mutuas entre un sector y otro de la elite que –a pesar de representar a una pequeña minoría y estar en franco declive– igual pesan en la agenda pública.
Su concepción del poder es administrar los miedos del otro. Pero confunde y se va quedando atrás en el tiempo: la gente no cree que la Nueva Mayoría pase la máquina ni que el país se detenga por las reformas. Sucede que la calle tampoco tiene tantas expectativas de la clase política. Sí tiene menos miedo.
El gran acierto de Bachelet estuvo en que desde que aterrizó entendió que las reformas no “asustarían” a nadie. Los estudios de opinión pública arrojaban claramente que las reformas en educación, a la Constitución, y en materia tributaria no implicaban una izquierdización del país… apenas eran un intento tardío de hacer lo no hecho, una puesta al día.
Hoy, con los proyectos aterrizando en el Congreso, las personas están mayoritariamente a favor de las reformas, aunque no las entiendan mucho. En una encuesta de la UNAB, un 70% dijo que la reforma tributaria es necesaria, pero un 51% no supo de qué va, y un 63% no cree que resuelva los problemas de desigualdad. La pérdida de fe es total, pero las personas quieren que el árbol se mueva, porque en una de ésas algo les cae.
Lo que no quiere la calle es mantener el statu quo. Su temor está en que, a pesar del ofertón de reformas, finalmente no pase nada. Temen a la vieja política de los acuerdos, en la que todo cambio terminaba siendo compensado, cuando unos cedían en un tema mientras los otros lo hicieran en otros, resultando que al final todo se netea y sigue igual.
Hay una elite que piensa que hay que hacer todo lo que no se hizo y una que cree que las reformas chocan con una manera de generar acuerdos y estabilidad. Ambas se equivocan. Los que siguen en ese juego –el del susto y las amenazas– están anclados en el pasado.
La calle no quiere ni que se haga lo que no se hizo, ni que se siga haciendo más de lo mismo. Quiere menos defensa de intereses ideológicos o corporativos, y sí más visión de futuro. Espera que la elite tome ciertos riesgos, que se comporte como la mayoría.
Al revisar las encuestas, buena parte de la clase media presume que la reforma tributaria puede afectarla, pero igual la apoya. Es un acto a ojos cerrados. Este segmento está dispuesto a asumir más riesgos, se siente más protegido, no teme a cambiar de trabajo y no descarta tener su propio emprendimiento. Entiende que su éxito está en dar un paso adelante, en no aferrarse a su confort actual; por eso mandaron a sus hijos estudiantes a protestar.
Lo que esperan es que la elite también tome sus propios riesgos; que se adapte y mire con perspectiva de futuro el evidente escenario de reducción de la concentración de ingresos y del poder. ¿Cuál es el sentido de mantener el binominal si la reputación está en el suelo e igual terminarán fuera del juego? ¿No es acaso más lúcido lo que hace Amplitud u Horizontal, llamando a la centroderecha a plantear su propia propuesta para el binominal, y cortar con los “subsidios”?
Y en el plano de lo económico, para qué seguir defendiendo lo que ya es indefendible. Quizás hay que mirar con atención lo que está haciendo Habitat, defendiendo a sus afiliados, al no suscribir el aumento de capital por “Cascadas”, o al anunciar que reembolsará comisiones en caso de que los fondos tengan rentabilidad negativa.
Aferrarse a lo que ya cambió, es quedarse en el pasado. Ante la reforma tributaria, por qué no “aprovechar” esta coyuntura para negociar temas de fondo y generar compromisos “con visión de futuro”, para resolver, por ejemplo, los  problemas de productividad, de diversificación de la economía y la dramática ausencia de una masa crítica de emprendimientos innovadores.
Los que llegaron al poder tienen que administrar el desajuste institucional que se produjo en los más amplios planos. La ex Concertación estuvo obligada a hacerse cargo del malestar público y de la desconfianza en las instituciones. Hay que preguntarse qué habría pasado, en términos de estabilidad y gobernabilidad, si la Nueva Mayoría no abordara las reformas y éstas no encontraran el canal institucional donde debatirse.
En este cuadro de cambio irreversible, hay oportunidades y amenazas. Beneficios y costos. El peor escenario es atrincherarse, ya que así todos los beneficios y oportunidades se pierden. Pues no sólo se trata de equilibrar la cancha, sino de entender que las reglas ya no son  las mismas. Hay que aprender a jugar con ellas, aunque muchas están por definirse. Salir o no a jugar para influir, that is the question. Lo que la calle quiere es un país más valiente, que tome más riesgos y mire hacia el futuro. •••