La última novela del francés Michel Houellebecq (nacido en 1956) es una obra inteligente, de gran sensibilidad y de una calidad literaria que se acerca a la genialidad.

  • 29 marzo, 2012

 

La última novela del francés Michel Houellebecq (nacido en 1956) es una obra inteligente, de gran sensibilidad y de una calidad literaria que se acerca a la genialidad. Por Luis Larraín

En ella, el protagonista, Jed Martin, parece orientar su carrera hacia una permanente búsqueda del significado del arte. La fotografía, la pintura y los videos son las expresiones que, sucesivamente, va eligiendo para entregar al mundo, sin muchos aspavientos ni conciencia de su importancia, el producto de su creación.

Jed tiene una vida solitaria. Sólo ve a su padre y a ocasionales novias, entre las que destaca Olga, una bellísima mujer rusa. También frecuenta a Franz, su agente, con el que establece una relación lo más parecida a la amistad que hay en su vida. Con su padre tiene cierta distancia, pero en algún momento éste le hace revelaciones sobre el pasado, sobre una madre que desapareció muy temprano y sobre su sentido de la vida que acercan a padre e hijo.

Martin va teniendo éxito económico de manera creciente. Houellebecq es un escritor que conoce como pocos los engranajes que mueven el funcionamiento de la sociedad. Es difícil encontrar autores tan certeros para captar las claves del modelo de negocios de diferentes industrias, como el turismo y el comercio sexual, en Plataforma; o el arte, en esta estupenda novela. Es ésta una cualidad muy extraña entre los escritores. (Por cierto Philip Roth, en Pastoral americana, demuestra que hasta en eso -comprender el funcionamiento de una industria- se revela de una inteligencia superior). Es tan preciso Houellebecq en la descripción de las lógicas de negocio, que me hace remitir a Balzac, su compatriota del siglo diecinueve, maestro de las letras francesas y un hombre con un sentido del dinero sorprendente para un novelista.

El gran valor de esta novela es cómo el autor convierte ese conocimiento de las industrias modernas en una sensibilidad especial para captar la esencia de muchas tendencias contemporáneas, como la obsesión por el consumo, por el sexo, por la ostentación del cuerpo. Se erige así como un notable cronista de nuestros días. Houellebecq llega a afirmar que lo que define ante todo al hombre occidental de hoy es el puesto que ocupa en el proceso de producción; no si es padre, hijo o esposo.

Pero, adicionalmente, la novela se constituye en una magistral reflexión acerca del arte y el proceso creativo y la relación entre algunas de sus manifestaciones, como la fotografía o la pintura. ¿Por qué un artista elige la pintura y no la instalación como expresión? Esas son las cuestiones sobre las que nos hace reflexionar esta novela mientras nos cuenta, al mismo tiempo, una historia entretenida.

La madurez de Houellebecq como escritor le permite, esta vez, un prodigio literario: introduce como personaje de su novela al mismísimo Michel Houellebecq y lo hace con fluidez, con distancia narrativa, como si de verdad fuera un personaje con el que el autor no tiene relación alguna. Este nuevo personaje hace posible que las reflexiones acerca del arte visual se extiendan a la literatura. Las conversaciones en este campo de Jed Martin con Houellebecq son inteligentes y profundas y a ratos fascinantes.

El libro da un giro inesperado en la tercera parte, al convertirse en una novela policial. Uno se queda con la sensación de que Jed Martin es una suerte de alter ego de Michel Houellebecq: un artista solitario, que vive para la inspiración y para el arte; cuya obra, parida luego de periodos de intenso desgarro, es una reflexión lúcida sobre nuestra sociedad, sobre su evolución y sus disyuntivas. Sin duda, lo mejor que leí el año 2011.