Si el objetivo es repasar algunos de los hitos que marcaron el año, pocas opciones resultan más estimulantes que una conversación con el autor de El peso de la noche. En esta entrevista el ganador del Premio Cervantes cuestiona la política cultural de la Concertación: “Se tira mucha plata, pero sin reflexión”. Y dispara contra la crítica y los nostálgicos del allendismo.

  • 10 abril, 2008

 

Si el objetivo es repasar algunos de los hitos que marcaron el año, pocas opciones resultan más estimulantes que una conversación con el autor de El peso de la noche. En esta entrevista el ganador del Premio Cervantes cuestiona la política cultural de la Concertación: “Se tira mucha plata, pero sin reflexión”. Y dispara contra la crítica y los nostálgicos del allendismo. Por Marcelo Soto.

Cada ciudad, sobre todo las que tienen alguna tradición literaria, va construyendo con el tiempo un imaginario narrativo, una especie de república de las letras, habitada por personajes y autores que se transforman en referentes. En el Santiago de hoy, con su cuestionado sistema de transporte y tacos y bocinazos a toda hora, una presencia ineludible es la de Jorge Edwards, quien vive desde siempre en el centro, en el conocido edificio “El Buque”, frente al cerro Santa Lucía.

Cuando el autor de Las máscaras está en la capital no es difícil verlo por el sector, sentado en algún café de Lastarria o caminando en dirección a una sala de cine. Se diría que ha llegado a formar parte del paisaje urbano, al igual que el florista de la esquina o el librero de viejo de calle Merced.

 

Santiaguino de toda la vida –nació en una vieja casona familiar en Alameda con Dieciocho–, Edwards nos recibe en su departamento una tarde de lunes, cálida y bulliciosa. Ofrece café y se pone cómodo, dispuesto a abordar una agenda amplia. Cómo no, el tema de partida es el que obsesiona a los habitantes de esta maltratada urbe, la locomoción pública.

“A mí el Transantiago no me ha afectado nada”, dice, con franqueza. “Al contrario, le ha quitado ruido al barrio. Al comienzo lo celebraba mucho, pero después me empecé a dar cuenta que la empleada llegaba más tarde, se quejaba mucho. Mi primera reacción fue pucha, qué bueno, menos ruido. Y varios vecinos dijeron lo mismo. Pero, claro, es evidente que mucha gente lo ha pasado mal”.

 

-Hablemos de literatura. ¿Piensa que la muerte de Bolaño ha dejado un vacío que todavía pesa?

-Nosotros como chilenos no fuimos capaces de descubrir a Bolaño, a Bolaño lo descubrieron afuera y después recibimos el eco, y lo recibimos de forma completamente beata, con la boca abierta, como siempre recibimos las cosas que vienen pontificadas desde el extranjero. Ahora bien, la muerte de Bolaño no sólo influye en nuestra literatura, sino en la literatura de la lengua española, porque se convirtió en un autor de la lengua, internacional, universal. Hoy todos imitan a Bolaño, todos tratan de ser Bolaño, y ninguno lo consigue. No veo otra cosa entre los nuevos escritores.

-En un momento todos los poetas jóvenes escribían como Nicanor Parra. ¿Es posible que esté sucediendo lo mismo ahora con Bolaño?

-Es cierto, veo una influencia muy fuerte de Bolaño en la juventud. Pero no sé si es una infuencia que viene de una buena lectura de su obra o que deriva ya del mito de Bolaño. Me queda la duda. En todo caso los bolañitos andan por ahí, marcando una presencia fuerte.

-¿Qué le parece el éxito de Alejandro Zambra? Su libro Bonsái fue premiado en España.

-Es interesante lo que ha pasado con Zambra porque Bonsái se ha proyectado, y es una literatura no te diría que difícil, pero bastante diferente, bastante experimental, y que ha llegado a niveles casi populares, a una minoría amplia. Para un autor experimental eso es mucho. Yo diría que Zambra es lo más notorio de las generaciones nuevas.

-Un reciente artículo de Camilo Marks ponía en duda la vigencia de la nueva narrativa chilena de los 90, y postulaba que libros como Mala Onda, de Fuguet y Oír su voz, de Fontaine, no resistirían el paso del tiempo, como pasó con los criollistas.

-No creo que pueda generalizarse tan fácilmente. Considero que una novela como La ciudad anterior de Gonzalo Contreras no ha perdido vigencia. Oír su Enseguida, es una crítica rápida, que a mí no me convence.

-Resulta revelador observar las listas de más vendidos. Precisamente los libros que los críticos destrozan, son los que aparecen en los primeros lugares.

¡Qué vergüenza! “Las librerías están cerrando, están acogotadas, yo no retiro un peso de Altamira desde hace más de un año. ¡Ni un peso! Hay que ser un héroe para dedicarse a este tipo de empresas”. Sucede que hay una proliferación de escritores, hombres y mujeres por todos lados, la Carla Guelfenbein, el Pablo Simonetti, a los que hay que esperar. Hay que ver si estos tipos se van a encauzar, hay que leer siempre la segunda novela y después la tercera. Lo que está claro es que ya no hay autores con la ambición literaria de un Cortázar, de un Vargas Llosa. Lo que predomina, en cambio, es una concepción bastante comercial de la literatura. Hasta a uno le pasa, porque el mercado literario te empuja. A veces tengo la impresión que los escritores dedican menos tiempo a escribir y a leer que a promocionarse. Están en todas, en las ferias, firmando libros, saliendo en fotos. Las informaciones culturales de los diarios deberían estar en economía y negocios, no en páginas de cultura, porque hablan de cuánto vendió, cuánto le pagaron. Lo que yo sugiero es que cada escritor nuevo forme inmediatamente una sociedad anónima, que lance acciones a la bolsa, igual que Colo Colo. Entonces compras acciones de la Guelfenbein, 20 acciones de Fuguet, porque no estás muy convencido si va para arriba o para abajo. Yo podría ofrecerme en ese caso como consejero de inversiones.

-Una de las noticias más polémicas fue la idea del maletín literario, lanzada sorpresivamente por Bachelet el 21 de mayo. Nadie la esperaba. ¿Qué le parece tal iniciativa, que podría costar unos 11 millones de dólares?

-Me parece una cosa fantástica (ironiza). Fíjate que las bibliotecas no tienen presupuesto para comprar libros, en este país los museos no compran obras. Un estudio decía que los museos españoles en la medida que compran pinturas, esas pinturas y esos artistas suben su precio en el mercado. Entonces es un círculo virtuoso. Pero, aquí, las bibliotecas y los museos no tienen plata, y en cambio hacemos esta cosa espectacular, populachenta. Yo la encuentra barata, barata como idea.

-¿Teme que esos libros terminen vendiéndose en la calle?

-No sé cómo van a terminar, no soy profeta. Pero la idea es de poco vuelo. Aquí lo que hay que estimular es la existencia de bibliotecas, porque si los libros son caros, con mayor razón hay que tener bibliotecas fácilmente accesibles. Y enseguida hay que apoyar a la industria cultural. Las librerías están cerrando, están acogotadas, yo no retiro un peso de Altamira desde hace más de un año. ¡Ni un peso! He tenido que prestarle plata a la librería que es mía. Hay que ser un héroe para dedicarse a este tipo de empresas. Al mismo tiempo todas las editoriales están pidiendo plata al Fondo del Libro, de lo contrario no pueden sobrevivir.

 

Algunos editores dicen que el tema del IVA no es la causa del alto precio de los libros, sino una excusa.

-Hay bastantes editores que piensan así. El IVA hace que los libros se vendan 19 por ciento más caro, eso nadie lo puede discutir, y no deja de ser. Pero lo que propongo es que la plata que produce el IVA al Estado, se use para fomentar la lectura, eso sería lo más lógico. Te digo algo. El otro día estuve buscando en mi biblioteca y me encontré con una cantidad de libros franceses, españoles, ingleses, que yo compré en las librerías de Santiago en los años 50 y 60, y por ejemplo cosas notables de Malraux, Gide, y ahora no llega nada y resulta que Chile es más rico. Esa es una contradicción notable, somos más ricos pero somos más pobres. Un rasgo que se acentúa cada año. En líneas generales la política cultural tira mucha plata, pero es una política poco pensada, poco reflexiva.

 

 

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El regreso del perfecto idiota latinoamericano

 

 

 

Si la literatura fuese, como el tenis, un asunto de ranking, de elaboración de top ten, se podría decir que Edwards es uno de los mejores columnistas de la lengua española de hoy. Sus crónicas de La Segunda son, para usar una expresión edwardiana, un agrado y en ellas no le hace el quite a los temas de actualidad. No por nada el escritor tuvo una larga carrera diplomática –con su bullado paso por Cuba, descrito en Persona non grata– y sigue con interés los confl ictos del continente. De hecho, unos días antes de que comenzara la última Cumbre Iberoamericana, Edwards pronosticó en su columna que el tema de la cita, la cohesión social, iba a ser discutido por Chávez. Como se sabe, lo primero que hizo el presidente venezolano, apenas pisó suelo chileno, fue criticar el lema elegido por Bachelet, provocando el desconcierto de la diplomacia local. “Si uno pone como ideal de América latina la cohesión social, está claro que Chávez y Castro van a decir que la cohesión social es una traición. Para ellos lo que cabe es la revolución social, no la cohesión. Proponer la cohesión social es proponer una política de progreso gradual, y eso es lo contrario de la política revolucionaria”.

-La Cumbre estuvo marcada por la famosa frase “por qué no te callas”. Más allá de que uno comparta la molestia del rey, ¿podría decirse que fue un error diplomático?

-Sí, es un exabrupto ajeno a las normas de protocolo, pero tampoco puedes aguantar a un gallo que está diciéndote a ti, en tu cara, que tu país es una mierda, que el anterior gobernante es un nazi. La respuesta del rey fue una reacción muy natural. Hay una cosa esencial, que es el fondo de la pregunta que hace Juan Carlos. Yo diría que el socialismo real, el marxismo leninismo llevado a la práctica en Europa, Asia, etc. se caracterizó por un espíritu de continua agresión y confrontación. Es decir, en vez de encontrar en la sociedad los elementos posibles de colaboración, se abusó siempre de un lenguaje virulento, de la lucha total. Y se hizo una sociedad enormemente autoritaria, represiva, por consiguiente, una cosa llevó a la otra. Parecía que con el fin de la guerra fría, se podría superar, se podría llegar a sociedades más de consenso, de una democracia más participativa, más auténtica. Y de repente Chávez, y después lo sigue Morales, lo sigue Correa, vuelve a la política de la confrontación, con el imperialismo yanqui como explicación de todos los males. Yo creo que estamos aburridos de esas cosas, es una vuelta a una idea que ya se gastó. Igualmente es un deseo típico de los latinoamericanos comenzar de nuevo de cero, porque los comienzos fundacionales abundan en América latina en la cultura, en la política, en la poesía, en todo. Me parece una inmadurez nuestra y me recuerda esa frase terrible del viejo Baroja, viejo mañoso, pero listo, que dijo que América del Sur era el continente tonto. Yo a veces pienso que algo de razón tenía Baroja.

-¿A la cancillería, le ha faltado coraje para enfrentarse a Chávez?

-Una cosa curiosa es que nosotros dentro de todo ofrecemos un modelo bastante equilibrado y que ha tenido éxito, pero no sabemos ser líderes. Tenemos un complejo de inferioridad que quizá tiene su origen en nuestro tamaño como país.

-El propio Foxley ha insistido en esta revista que Chile no es un modelo.

-Pero Chile consiguió una cosa importante. En los 70 había una derecha que se había hecho fascista, una izquierda radicalizada y un centro que había desaparecido. Chile consiguió salir de esa situación para crear una alianza bastante práctica de centroizquierda que es la Concertación y si bien nada funciona a la perfección en la vida real, ha funcionado más o menos. Y si eso no es modelo, qué es. Somos más chicos que Brasil y México, pero tenemos una capacidad de resolver los problemas políticos internos mejor que ellos. Y eso viene en Chile del siglo XIX. Brasil que era un imperio, admiraba mucho a la república de Chile por su estabilidad, su seriedad, su sentido del derecho. Pero ahora tenemos un complejo y no nos atrevemos a ser líderes.

-Y el lenguaje populista que se creía superado parece tentar todavía a algunos parlamentarios.

-En la Concertación hay muchos nostálgicos del allendismo, y de repente hasta dirigentes que son por familia de derecha como Zaldívar salen con unos discursos contrarios al modelo económico. Uno se pregunta qué coherencia tiene.

¿Usted es optimista respecto a Cuba, tras la enfermedad de Fidel Castro?

-Yo recibo mucha información sobre Cuba, cubano que pasa por aquí me viene a ver, lo mismo en España, a raíz de Persona non grata. Pero no soy un experto. Cuando se produjo la enfermedad de Fidel, el poder pasó a su hermano Raúl, y eso es una transición aunque se niegue. Temperamentalmente y en muchos sentidos Raúl es muy diferente a Fidel. Raúl es prudente, racional, en cambio Fidel es un exaltado, un tipo que tiene un ego del porte de una catedral. Fidel se enferma en un momento crítico en la economía. Raúl ha tenido diferencias importantes con Fidel este año. Temas como la forma de votar en Naciones Unidas, o cómo enfrentar la crisis de la educación en la isla, han generado diferencias entre los hermanos y hay una disputa interna fuerte. Incluso algunos políticos cubanos que estaban caídos en desgracia con Fidel, porque mostraban actitudes de negociación frente a Estados Unidos, han vuelto al primer plano. Han sido rescatados por Raúl Castro de su aislamiento. Eso es un cambio.

 

 

 

El estalinismo cubano

 

 

 

El próximo libro de Jorge Edwards, aunque no figure como autor, retoma uno de los temas que ha marcado su carrera como escritor y diplomático: Pablo Neruda. Se trata de una recopilación de la correspondencia entre ambos, que se encontraba repartida entre la Universidad de Princeton y la Fundación Neruda. Pese a que el libro será publicado a principios de 2008 por su actual casa editora, Alfaguara, el escritor no ha quedado satisfecho. “Yo hice un prólogo, pero el compilador del libro es una especie de activista, que está obsesionado con el tema y le ha puesto millones de notas que en general no aportan nada”.

Con todo, Edwards destaca que el volumen entrega “varios Nerudas”. “Una lectura es que a Neruda no le gustaban los cubanos para nada. Sobre los escritores cubanos que suscribieron la famosa carta en su contra, dice que firmaron ante la voz del amo, y el amo es Fidel. Neruda dice que Castro es el autor intelectual de la carta y que fue consecuencia del culto a la personalidad hacia Fidel. Un término que se aplicaba al estalinismo y Neruda lo aplica a Cuba, muchos años después de Stalin”.