“Vivió 64 años, escribió 20 libros, tuvo dos hijos biológicos y un tercero de crianza”, así arranca el segundo capítulo de Un hombre entre paréntesis. Retrato de Mario Levrero, del escritor argentino Mauro Libertella.

  • 19 agosto, 2019

Jorge Mario Varlotta Levrero (1940-2004) nació y vivió prácticamente toda su vida en Montevideo. Se dedicó a escribir, pero posiblemente nunca imaginó que alcanzaría el estatus de culto. En vida apenas pudo subsistir económicamente, y cómo lo logró resulta un misterio. Fueron varios los editores que se fascinaron con su escritura, pero el éxito arrollador que presagiaron, nunca llegó. Sí ahora, a 15 años de su muerte, con la reedición de La novela luminosa (2005), una obra que corona el ejercicio que comenzó en El discurso vacío (1996). También sus otros diarios y novelas policiales han ido sumando nuevos lectores, encantados con la mística desordenada, mañosa, libre de pretensiones y cargada de humor negro que caracteriza al uruguayo. Dan ganas de haber tomado alguno de los talleres literarios que dio durante sus últimos años, solo para observarlo, para conocerlo. Eso hace Libertella en su libro publicado por Ediciones UDP y editado por Leila Guerriero, conocer a Levrero a través de conversaciones con algunos de sus más cercanos y también de lo que encontró en las 75 cajas que dejó el escritor.

-¿Cuál fue tu primera aproximación a Levrero?

-Entré a Levrero por Dejen todo en mis manos (1998), que es una especie de policial sin muertos, un relato breve y encantador, cargado de ese humor un poco melancólico que asociamos con lo uruguayo. Luego reboté con algunos textos más delirantes, y en cierto momento una editorial argentina publicó El discurso vacío y su lectura fue determinante. ¿Cómo podía existir algo así? ¿Qué tipo de artefacto era ese? Creo que El discurso vacío me convirtió al levrerismo de modo irremediable.

– ¿Cómo te explicas que La novela luminosa sea al mismo tiempo tan doméstica como inmensa?

-Creo que esa tensión entre lo doméstico y lo monumental la hace única. Si fuese un libro de 150 páginas, nunca alcanzaría el efecto hipnótico, incluso por momentos insoportable, que tiene. Los días se repiten, por momentos todo es idéntico a sí mismo, y sin embargo bajo la superficie de ese río quieto suceden mil cosas, pequeños dramas de alcoba, el relato de una neurosis, la disección extrema de una subjetividad. Es una experiencia de inmersión, como bucear en el fondo del mar, y eso solo se logra con la combinación de dos elementos que siempre creímos antagónicos: lo íntimo (que se asocia a lo chiquito) y lo gigante.

-¿Qué hay en las mañas de Levrero, y en su relato de estas, que hacen que uno simpatice?

-Creo que nos sentimos siempre más cerca del antihéroe que del ganador. Hay una empatía natural con esos personajes. Levrero es una especie de antihéroe de la literatura: nunca le importó demasiado vender libros, ni presentarse a concursos, ni participar en coloquios o ferias del libro. En época de Twitter, Facebook y otras formas de la autopromoción, eso es muy seductor. También están ¡as mañas, las fobias, toda esa acumulación de imposibilidades que lo vuelven muy querible, aunque finalmente esas fobias lo hayan terminado cercando. Lo increíble es que, sobre todo en La novela luminosa, él escribe de todas esas mañas, pero nunca lo hace de manera graciosa. No es como Woody Allen. Hay algo un poco dramático ahí, y sin embargo eso, que finalmente es una persona sufriendo, genera simpatía. De esa complejidad humana e intelectual están hechos los grandes textos de Levrero.

-¿Qué crees que pensaría Levrero de tu libro?

-Supongo que no le hubiera gustado. No le interesaban las figuraciones personales, no hizo nada para erigir un mito de sí mismo. No dio muchas entrevistas, no se promocionó. Por lo que me han contado, era alguien más bien pudoroso. Eso es interesante: buena parte de su literatura (la mejor parte, a mi gusto) está escrita en primera persona, es autorreferencial, adopta la forma de un diario. Pero Levrero era el anti-ego, un gran desacralizador. Además, mi libro no es exhaustivo, es apenas una mirada, no tiene la pretensión de ir hasta el fondo como una biografía. Es, finalmente, una interpretación de lo que vi, leí, y escuché. Seguramente él diría que su vida fue de otro modo (no podría no decirlo).

Mauro Libertella nació en 1983 en México, pero creció y vive en Argentina. Novelas publicadas: Mi libro enterrado (2013), El invierno con mi generación (2015) y Un reino demasiado breve (2017).

Lecturas de colección

Conceptos, faros, discursos y recuerdos. Elementos de nuestras vidas, algunos cotidianos y otros más específicos, que cobran nuevos significados a través de la escritura. El editor Felipe Gana y el periodista Guido Macari proponen los siguientes títulos.

Diccionario amoroso del psicoanálisis, Élisabeth Roudinesco. La historiadora y psicoanalista francesa escribió las biografías de dos de los pensadores más influyentes de esta disciplina, Freud y Lacan, y es coautora de un diccionario del psicoanálisis, entre otros libros, dentro de su amplia bibliografía. Aquí, reúne −de forma arbitraria− palabras, ficciones y territorios que define de manera personal, acompañada de referencias literarias y culturales, los aspectos más trascendentes de esta terapia. En 89 entradas, que comienzan “Amor” y terminan con “Zúrich”, Roudinesco realiza, algunas veces en primera persona, otras a través de citas, un viaje “por una de las aventuras más importantes del siglo XX”. 2019, Debate. FG.

Cuaderno de faros, Jazmina Barrera

Existen libros en que sus autores, autoras en estos casos, reúnen lugares y no objetos, son coleccionistas de espacios, los describen y mezclan con sus biografías, y los hacen suyos. Dentro de estos se encuentran los de Mariana Enríquez, con Alguien camina sobre tu tumba, donde se recopilan cementerios, o María Moreno, con Banco a la sombra, que es un muestrario de plazas. Para Jazmina Barrera, el lugar por apropiarse son los faros; a través de ensayos, que van desde la crónica más personal a la más literaria y de ahí a la de viajes, la autora mexicana cuenta la historia de estas torres de luz que dan señal a los navegantes, su relación con la literatura y su propia historia, registrando con claridad y erudición su visita a cada uno de los lugares narrados. 2019, Montacerdos. FG.

El niño alcalde, Marcelo Mellado

Monólogo vociferante y desilusionado, contado por un exdirigente vecinal y sindical devenido en una especie de pastor evangélico, con el que Mellado vuelve a la cancha que domina con precisión y sarcasmo; la de los gobiernos municipales y regionales de la costa de la Quinta Región, su corrupción y caída. Voz en cuello se narran las peripecias y desventuras de esta especie de pastor sin rebaño, que en el intento de enmendar el rumbo de un joven alcalde, termina solo y desencantado, lanzando frases como “quiero proponer la construcción de un monumento al operador político”. Bonus track: también se acaba de reeditar El informe Tapia, novela con la que el escritor chileno terminaba por definir su estilo a principios de los dos mil. 2019, Hueders. FG.

¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, Lorrie Moore

Una mujer se encuentra en un matrimonio que parece destinado al fracaso. Durante un viaje a París, pide un plato con sesos que, como Proust, la lleva a recordar su infancia y adolescencia en una localidad cercana a Nueva York. Así, entra a rememorar un pasado junto a su mejor amiga de esos años. Evoca esa etapa de la vida en que todo se encuentra en su máximo potencial. Se emborracha, fuma y roba. Lo esencial no son las anécdotas, pero sí el tono nostálgico del relato, el cual, de todas maneras, tiene momentos felices y estilizados con sentido del humor. Esta nouvelle, publicada en 1994, fue recientemente reeditada, por lo que la autora estadounidense visitará Argentina y Chile durante el mes de septiembre. 2019, Eterna Cadencia. GM.