En su nuevo filme, Mike Leigh llega tan lejos como puede explorando uno de sus temas favoritos: enfrentar la vida sin pareja. Y no se ahorra detalles. Por Christian Ramírez

 

  • 3 junio, 2011

En su nuevo filme, Mike Leigh llega tan lejos como puede explorando uno de sus temas favoritos: enfrentar la vida sin pareja. Y no se ahorra detalles. Por Christian Ramírez

¿Por qué sentarse a ver algo que provoca tristeza? No hay que hacerse los inocentes: a menos que lo usemos como medio de escape, vamos al cine a presenciar el dolor ajeno para conectarlo con el propio y sacar algo de la experiencia. El límite lo pone el espectador, pero eso no quita que realizadores como Fassbinder, Almodóvar o Von Trier hayan construido sus carreras empujando esa barrera siempre un poco más lejos.

Y, claro, también hay tipos como el británico Mike Leigh. Su nuevo filme, Another year (2010) –que llega en DVD y Blu-ray, antes que a las salas- es un capítulo más en una extensa “comedia humana” en la que ha ido registrando prolijamente las transformaciones urbanas y familiares de la Inglaterra de los últimos cuarenta años, con un saldo que suele ser más duro que amable.

En esta ocasión, Leigh dirige sus ojos hacia Tom y Gerry Hepple, un tranquilo matrimonio de sesentones que se encamina a la jubilación, mientras todo lo que se mueve a su alrededor pareciera sostenerse sobre una delgada capa de hielo: la soltería de Joe, su único hijo; las excentricidades de sus conocidos; el fantasma de la enfermedad y la muerte en amigos y parientes, hasta llegar a lo que finalmente es el centro de esta historia: la soledad de quienes se acercan a la muerte sin pareja, sin afecto.

Sin bien Leigh, que en febrero cumplió 68 años, ha transitado numerosas veces por este vecindario –desde la devastadora Bleak moments (1972) a la celebrada Secretos y mentiras (1996)-, nunca se había detenido a observarlo con tanta empatía. Tal vez lo hizo porque en esta oportunidad los aludidos pertenecen a su propia generación: los hijos de la Inglaterra de los años 60. O quizás fue la consecuencia lógica de su película anterior, Happy-go-lucky (2008) que era impulsada por la fuerza vital de Poppy, una soltera de treinta y tantos que encaraba su destino con un invencible y casi patológico optimismo.

En su lugar, Another year nos ofrece una frágil criatura, Mary, antigua amiga de Gerry, cuyas visitas a la armoniosa casa de los Hepple –una en cada estación del año- van dando estructura a la cinta y rinden certero testimonio de cómo su vida de separada sin hijos va cayéndose a pedazos.

¿Fue Mary alguna vez tan alegre y desbocada como Poppy? ¿La soledad de las distintas personas puede medirse con la misma vara a los 30, a los 40, a los 60 años? Plantado en esta encrucijada, el filme opta por mirar desde fuera. La cámara nunca penetra en la intimidad ni en la vida privada de Mary (a cargo de la formidable Lesley Manville) y su amargura sólo se observa desde la perspectiva de Tom y Gerry, cada vez más incómodos, conscientes de que la espiral de dolor que la afecta tarde o temprano los alcanzará a ellos.

Muchas veces se le echa en cara a Leigh su vocación por retratar el sufrimiento ajeno, por detenerse en la amargura y presionar en la herida hasta el fondo, pero en su defensa puede decirse que siempre ha preferido los pequeños gestos a la grandilocuencia: no hay nada en su filmografía que pueda compararse al tremendismo hollywoodense. Que otros se encarguen de eso, porque Leigh se concentra en las penas del día a día. Alguien tiene que hacerlo.

Blu-Ray
Su nombre es Leone
En el interminable retorno de los clásicos, siempre hay un lugar para los westerns de Sergio Leone. Desquiciados, desmesurados y en tamaño XL, los filmes de su trilogía junto a Clint Eastwood ya llegaron al Blu ray, y ahora es el turno de su obra mayor: Erase una vez en el Oeste (1968), musicalizada por Ennio Morricone, con Henry Fonda y Charles Bronson. La cinta es una maravilla de sincronía, aparte de fecunda fuente de inspiración para gente como Tarantino y Luc Besson. Las dos versiones en que se estrenó el filme, la italiana y la estadounidense, vienen empacadas juntas por primera vez.