• 14 diciembre, 2007

 

¿Qué es lo que no da para más? ¿La indisciplina, la falta de renovación ideológica, el doble discurso o la pérdida de sintonía con el Chile real?

 

Más que problemas disciplinarios presentes en todos los partidos políticos, más que problemas de liderazgo respecto de los cuales también todos tienen tejado de vidrio, lo que en realidad acusa el conflicto interno de la Democracia Cristiana es un vacío mayor que está relacionado tanto con la épica partidista como con las ideas y personas. No es casualidad que la crisis haya estallado apenas semanas después que la DC realizara un congreso ideológico –la verdad es que apenas daba para programático– del cual hasta el propio senador Adolfo Zaldívar salió con la sensación de haber instalado y transmitido a la posición oficial de la colectividad sus desencuentros con el modelo económico. Tampoco es una anécdota que las mismas figuras que satanizaron en patota durante ese congreso el lucro en la educación hayan participado, sólo días después de ese aquelarre fáctico, en el cándido rito de celebración del acuerdo educacional entre gobierno y oposición que –oh sorpresa– ignora ese veto y vuelve a reconocer la legitimidad de los retornos privados en esta actividad. Si uno se dejara llevar por estas señales entendería poco. Pero la verdad es que ignorándolas entendería aún menos.

La DC está pagando básicamente dos costos. Uno, el que interroga sobre la vigencia de su proyecto histórico, es muy serio. El otro, que remite a su incapacidad para equilibrar sus posiciones mayoritarias y minoritarias en un todo más o menos coherente, es de orden puramente operativo y circunstancial. La combinación de ambos factores sin embargo es muy peligrosa y pone al partido ante dilemas difíciles y que sobrepasan con mucho la decisión que adopte el tribunal supremo de la colectividad de expulsar o no al senador díscolo.

A la DC le fue bien con Aylwin y con Frei, pero en ambos períodos tuvo que tragarse su retórica comunitarista, aceptar el capitalismo y deponer sus desconfianzas a las lógicas del mercado. Le comenzó a ir mal cuando, frente al nombre de Ricardo Lagos en 1998, no dio con ninguna figura capaz de hacerle el peso y continuó descapitalizándose el año 2004, cuando Soledad Alvear ni siquiera logró llegar a la primaria donde debía disputarle el liderazgo a Michelle Bachelet. Sin mayor protagonismo pero en cualquier caso bien acomodada a las poltronas del poder, con todo lo que eso puede significar en materia de complicidades y ventajas, a partir de entonces la DC se convirtió en escenario de una sorda pugna interna que, junto con debilitar sus estructuras como partido, también fue desdibujando su perfil político y sus líneas de acción.

Cuando Soledad Alvear suspende la militancia de Zaldívar y solicita su expulsión del partido dice que la situación ya no da para más. En muchos sentidos, está en lo cierto, no obstante que experiencias como la del PPD sugieren que puede llegar mucho más abajo, hasta sin pagar a lo mejor grandes costos electorales, gracias en buena medida al sistema binominal. Pero lo que en realidad ella está señalando cuando dice que las cosas no dan para más es que la gran cuestión –quién será el próximo presidente, quién será el candidato o candidata de la Concertación– es un dilema de ahora o nunca. Y Alvear, que no está mal evaluada en las encuestas, cree que la elegida ha de ser ella y ha de serlo ahora. Antes estas cosas se presentaban sin eufemismo. Ahora, en cambio, se disfrazan de celo disciplinario.

Si lo que está ocurriendo en la DC tiene importancia no es porque sea, dicen, el principal partido político chileno, sino también porque en cierto modo se está convirtiendo en un laboratorio de anticipación y prueba de lo que podría ocurrir con el sistema de partidos en Chile. Son muchas las preguntas que surgen en función de esta crisis. ¿Pueden los partidos políticos renunciar así como así a sus sueños e ideales fundacionales –que es lo que hizo la DC desde la restauración democrática en adelante– para transformarse sólo en maquinarias de poder y en agencias calificadas de empleos en el sector público? ¿Qué quiere decir la DC al expresar su voluntad de transformarse en el partido de la clase media? ¿Cuál clase media, la antigua que se educaba en el liceo, la nueva que cree básicamente en la tarjeta de crédito o la que está liderando el cambio cultural de los últimos años? ¿Qué van a hacer los partidos para manejar el fenómeno de la disidencia y la realidad de sus facciones? ¿Cuán monolíticos tienen que ser? ¿Qué posibilidades tienen de elaborar y transmitir un relato convincente y conmovedor de los rumbos que ha seguido el país y de los que deberá tomar para no seguir marcando el paso? Yendo más al hueso, los partidos hoy ¿son parte del problema o parte de la solución para el Chile de los próximos años?