Junto con las ineludibles reediciones discográficas y homenajes, el centenario del nacimiento del legendario director Herbert von Karajan ha sido la excusa para reflotar los elogios, pero también las severas críticas en torno suyo. Afortunadamente, lo que prevalece es su inmensa estatura como músico. Por Joel Poblete.

  • 30 mayo, 2008

Junto con las ineludibles reediciones discográficas y homenajes, el centenario del nacimiento del legendario director Herbert von Karajan ha sido la excusa para reflotar los elogios, pero también las severas críticas en torno suyo. Afortunadamente, lo que prevalece es su inmensa estatura como músico. Por Joel Poblete.

Las simpatías nazistas, el carácter egocéntrico y dictatorial, las a menudo antojadizas versiones de algunas de las obras que abordó en su repertorio, sus afanes de hombre renacentista al encargarse de discutibles puestas en escena de las óperas que dirigía musicalmente, sus avasalladoras maniobras discográfi cas o desde la Filarmónica de Berlín y la cúpula del Festival de Salzburgo… los dardos que apuntan al célebre Herbert von Karajan son tan contundentes e incluso indiscutibles como las alabanzas que lo han convertido en quizá la figura más emblemática de la dirección orquestal contemporánea. Para bien y para mal, por supuesto. Y todo eso ha vuelto a ventilarse a nivel mundial en los últimos meses con el tan publicitado centenario del nacimiento del artista austriaco, una de las efemérides musicales más relevantes de este 2008.

Como era de esperar, las reediciones de su emblemático sello Deutsche Grammophon y los homenajes públicos que este aniversario ha traído no han dejado de estar teñidos por las críticas de algunos expertos. Y tal vez el más despiadado y tajante fue, cómo no, el temido y polémico crítico británico Norman Lebrecht, especializado en derrumbar prestigios, quien en un artículo difundido por distintos medios internacionales despachó una serie de sentencias implacables, acusando a Karajan de reaccionario, por excluir la música contemporánea atonal y limitar la diversidad de estilos de interpretación. Algunas de sus perlas: “No conocía la lealtad, excepto hacia sí mismo” (…) “Su amor a la música se limitaba a su forma de hacer música” (…) “Celebrar ahora su vida, con ocasión de su centenario, representa un último esfuerzo a la desesperada, por parte de una industria discográfica moribunda, para sacar provecho de un león muerto desde hace mucho tiempo”. (…) “Fue un director inteligente, con talento para hacer que una orquesta se adaptara a su sonido personal, una capacidad que explotó con fines inmorales”. Lebrecht concluye diciendo que este aniversario es el momento perfecto para enterrar su legado: “Karajan está muerto. La música está mucho mejor sin él”.

Aunque todo esto suena extremo y terrible, lo triste es que el severo crítico dice unas cuantas verdades, en particular cuando pensamos que casi 20 años después de su muerte, el paradigma de director que encarnó Karajan –altivo, distante, tiránico y megalómano–, que tan negativamente pudo infl uir en las generaciones que vinieron, parece estar superado. Por otro lado, quizás en verdad no se trató de la batuta más perfecta y decisiva de la historia, como durante mucho tiempo se lo vendió publicitariamente, pero es necesario ser justos y establecer que de todos modos fue uno de los más grandes, y muchas de sus interpretaciones son auténticos hitos de la música contemporánea. OK, cuando se aventuraba en terrenos ajenos pudo ser una gran desilusión y ofrecer conceptos estilísticos errados –Vivaldi, por ejemplo–, pero sus grabaciones nos permiten comprobar una serie de aciertos enormes: los registros de obras sinfónicas y óperas de Beethoven, Mozart, Puccini, Verdi, Wagner, Richard Strauss, Ravel, Tchaikovsky, Brahms o Sibelius, entre muchos otros, permanecen ahí, monumentales, exultantes, conmovedoras e imborrables, por encima de cualquier polémica. Si hay que juzgar al hombre, que la historia se encargue; si hay que apreciar al músico, el legado discográfico está ahí para disipar cualquier duda. Los melómanos, como siempre, tienen el veredicto final.