Mi primera lectura de Philippe Claudel fue La nieta del señor Linh y, claro, abuelo reciente de una niña preciosa, la disfruté, aunque debo reconocer que se trata de una obra menor. Me gustaron su lenguaje simple, que llega a veces a la ingenuidad, y también la ternura del señor Linh, así como su peculiar amistad con un hombre prácticamente desconocido. Como mar de fondo, la guerra (supuestamente, Vietnam contra los franceses). Por Luis Larraín

  • 15 diciembre, 2011

Por Luis Larraín

Mi primera lectura de Philippe Claudel fue La nieta del señor Linh y, claro, abuelo reciente de una niña preciosa, la disfruté, aunque debo reconocer que se trata de una obra menor. Me gustaron su lenguaje simple, que llega a veces a la ingenuidad, y también la ternura del señor Linh, así como su peculiar amistad con un hombre prácticamente desconocido. Como mar de fondo, la guerra (supuestamente, Vietnam contra los franceses).

Pero El informe de Brodeck es ya una cosa distinta.

Del mismo modo que en La nieta del señor Linh está la virtud de los hombres simples, sin pretensiones, en El informe de Brodeck hay algo de sabiduría de hombres sencillos mezclada con brutalidad; y a veces parece tenue la línea que separa una cosa de otra.

La historia terrible del pueblo donde vive Brodeck se va desgajando de a poco y el autor con naturalidad, como sin proponérselo, nos va contando hechos a veces macabros que dan cuenta de los extremos a que pueden llegar los hombres en el trato a sus semejantes cuando ven amenazada su posición.

Brodeck llega un día al pueblo acompañado de Fedorine, la sencilla mujer que lo recogió siendo un niño. Son pobres y se instalan en una pequeña casa abandonada. Crece, estudia y se casa con la bella Emelia, con quien vive una vida tranquila hasta que estalla la guerra.

“Nos hemos convertido en eternas presas”, dice Brodeck cuando habla de los sobrevivientes de los campos de concentración, donde pasó un par de años sometido a las peores brutalidades. Luego sabremos por qué llegó allí.

Terminada la guerra, Brodeck vuelve al pueblo para encontrar a su mujer, víctima también de la brutalidad, quien sigue viviendo con la fiel Fedorine y una pequeña hija, Poupchette, que se transforma en la niña adorada de Brodeck.

Y un día cualquiera, un personaje extraño aparece por el pueblo. La llegada del Anderer a esa alejada localidad representará en esta historia el miedo a lo desconocido y la aversión a lo distinto. El Anderer usa la pintura como instrumento para retratar a los hombres y a sus actos y crea gran expectación entre los lugareños cada vez que aparece con su especial atuendo, muy elegante y poco apropiado para el lugar, acompañado de un caballo y un burro. Los niños lo siguen y todo el mundo se pregunta qué hace en el pueblo, qué busca.

La naturaleza, el calor, la humedad, actúan como catalizadores de los comportamientos primitivos de estos hombres de la tierra e incluso se esgrimen como excusas para la brutalidad de sus actuaciones.

Toda la vida del pueblo en que reside Brodeck está marcada con el fondo de la guerra, que destruye y destapa en palabras del Anderer.

“Con naturalidad, el autor nos va contando hechos a veces macabros que dan cuenta de los extremos a que pueden llegar los hombres en el trato a sus semejantes cuando ven amenazada su posición”.

La novela empieza a tomar un ritmo más vertiginoso a partir de la incomodidad de los lugareños con la presencia del Anderer, que llega a su máximo nivel cuando realiza una exposición de sus cuadros a la que asiste prácticamente todo el pueblo. Allí, en las pinturas del forastero, pueden reconocerse varios personajes del pueblo.

La escritura de Claudel fluye con facilidad y su protagonista nos regala reflexiones profundas, como cuando dice que “hay horas en que todo es de una belleza insoportable, que sólo subraya la fealdad de nuestra condición” o afirma que “la estupidez es una enfermedad que casa bien con el miedo”. Ellas reflejan una suerte de resignación de Brodeck a lo que sucede en el pueblo, difícil de comprender sin atender a su pasado en los campos de concentración, donde decidió ser un sobreviviente y por lo tanto aceptar la degradación y la humillación.

Philippe Claudel ganó el Premio Goncourt de literatura, el más prestigiado de las letras francesas, con esta novela, que es una novela sobre el miedo y la brutalidad, el miedo a lo desconocido y la brutalidad de los hombres. Es original, profunda, tiene personajes interesantes y la verdad es que vale la pena leerla.