Si algo podemos sacar en limpio de las cumbres de la OTAN, Londres y Helsinki, es que la tendencia de aislamiento de Estados Unidos se confirma. Muchos llevan años buscando señales de la caída del imperio estadounidense, pero por lo visto, desde que asumió Trump, el imperio no se derrumba, sino que sus dueños simplemente se cansaron. Se quieren jubilar y retirar del mundo. El efecto es el mismo: el fin de la Pax Americana.

Nadie sabe con certeza por qué. De hecho, ni siquiera el pueblo estadounidense está seguro de lo que quiere. Según las encuestas Pew, hace cinco años la idea de escapar de todo asunto internacional era aprobada por una mayoría aplastante, como consecuencia de la guerra de Irak. Pero hoy, una mayoría entiende que Estados Unidos tiene un rol importante que jugar (aunque existe una diferencia marcada entre demócratas y republicanos al respecto y los últimos aún rechazan el papel internacional).
¿Qué motiva entonces a la nueva administración a alejarse de los aliados tradicionales como el Reino Unido, o bloques de poder como la OTAN, que trate a la Unión Europea como un “enemigo”, y a la vez acercarse a parias autoritarios como Rusia?

Hay quienes creen que hay una queja real y sólida respecto a los desafíos económicos que enfrenta su país. Efectivamente, el déficit comercial de EE.UU. con China equivale a unos 375 mil millones de dólares. Sin embargo, hoy por hoy, estas cifras no reflejan toda la realidad. Un iPhone, por ejemplo, puede tener componentes diseñados y producidos en EE.UU., Japón, Israel y otros países. Pero como es armado en China, cuenta como una exportación china hacia EE.UU. En otros casos, como el canadiense, Trump simplemente inventa las cifras, imaginándose un déficit comercial que no existe.

Otros creen que el presidente tiene una actitud transaccional donde si no gana, pierde (para él no hay situaciones de win-win). Dicha postura exige, por ejemplo, que Japón, Corea o la OTAN paguen por la protección militar que les otorga EE.UU., a pesar de que dicha protección ha sido parte fundamental de la hegemonía estadounidense en esas regiones).

Otra teoría dice que tiene en mente una especie de plan maestro para reorganizar el sistema internacional. Según el autor Ian Hughes, es posible que Trump vea a Rusia como un poder con el cual se podría crear una nueva alianza blanca y cristiana que le haría contrapeso al mundo islámico y chino. “En esta fantasía es un narciso”, escribe Hughes, “Trump sería el emperador del mundo”.

Y finalmente, y lo que parece aun más evidente después de la reunión entre Trump y Putin, es que el gobierno ruso efectivamente tiene algún tipo de control sobre el presidente de los Estados Unidos; o porque ambos saben el papel real que jugó Rusia en la campaña presidencial, o por alguna información personal comprometedora. Desde luego, pareciera que la mayoría de las acciones tomadas por el líder estadounidense –debilitar la Unión Europea y la OTAN, por ejemplo, o apoyar al Brexit– contribuyen a la erosión de las entidades que le han hecho el contrapeso a Rusia en el tablero internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Todas estas dudas resurgen después de las reuniones de Trump la semana pasada. De poco sirvió el protocolo y la agenda de la cumbre de la OTAN después de que el presidente impusiera el tema que marcó la reunión: aumentar el gasto en defensa. La discusión ya venía precedida por las críticas que EE.UU. lanzó en la reunión del año pasado por no invertir lo suficiente en seguridad militar.
Curiosamente, al hacer el llamado, Trump hace algo que nunca suele hacer: respalda una política de la era Obama. En 2014, el expresidente les pidió a los países de la OTAN aumentar el gasto en defensa para contrarrestar las agresiones rusas y llegar al 2% del PIB por país. Trump ahora llamó a elevar la inversión hasta el 4% del PIB.

Aunque, nuevamente, se navega entre la preocupación real y la fantasía. Trump dijo que los países del bloque han disminuido su gasto en la materia, lo que no es cierto. Si se suman los gastos en defensa entre los países europeos y Canadá, el aumento suma un 9% desde 2016. Y Trump dijo que los que no gastan el 2% le deben dinero a EE.UU.

Finalmente, uno se pregunta si Trump es la enfermedad o el síntoma de algo más profundo. Si bien hay muchos ciudadanos estadounidenses espantados con la dirección que ha tomado, su apoyo en las encuestas no baja. Incluso ha subido un poco. Ese sector no menor de la sociedad busca lo mismo que Trump: disminuir la responsabilidad estadounidense entre los organismos internacionales. Su retiro de varios tratados internacionales, su crítica hacia la ONU, su aparente desdén por la “relación especial” entre EE.UU. y el Reino Unido, su desinterés en que EE.UU. sea un actor relevante en el Medio Oriente, todo confirma, más que un America First, un America Alone. Como ellos, a Trump no le gusta lo multilateral (tener que sacarse fotos con tantos otros líderes no es precisamente su estilo) y no entiende la significancia histórica del sistema internacional construido por EE.UU. durante tres cuartos de siglo. Como consecuencia, hoy EE.UU. se aleja de la estructura que alguna vez dominó. Va en retirada. Está despreocupado. Pero el resto del mundo no tanto.