La Concertación mantuvo la fe en el progreso a punta de paciencia y hasta de sacrificio. Y paz social hubo. La oposición de entonces reconocía esto último con humildad y lo consignaba como el mejor logro de sus adversarios políticos. Tanto así que siempre entendió la estabilidad social como su mayor desafío. Las dificultades de Piñera y las movilizaciones son, en ese sentido, una crónica anunciada.

El Presidente exacerbó las expectativas, prometió sin pausa y con ello destrozó la noción de largo plazo. Fue inmediatismo puro. Brotó la impaciencia por los poros de miles de chilenos. Hoy, este ciclo republicano de cuatro años comienza a cerrarse. En marzo, tendremos un nuevo gobierno y desde ya se puede decir que las expectativas superan la realidad de lo posible. Supuestamente, y así lo ratificaron los nueve candidatos presidenciales, ha llegado la hora de los ciudadanos. Y éstos cobrarán la palabra. Desde el día uno.

De ganar Bachelet, el mejor modo de regular expectativas es que reinstale una promesa de futuro. Esto permitiría recuperar la confianza y la paciencia de las personas, sobre la base de que puede haber un sentido colectivo superior a los intereses individuales e inmediatos. Se trata de instalar una visión país digna de perseguir, porque en esa visión caben todos.

La gobernabilidad es mucho más que la capacidad de resolver los conflictos de forma pacífica y dentro del marco jurídico vigente. Como decía Boeninger, ella se expresa en la capacidad de una sociedad para gobernarse a sí misma, logrando estabilidad política, progreso económico y paz social, a partir de un aprendizaje del pasado y extrayendo pistas que nos orienten al futuro. Si seguimos al ingeniero de la transición, para Bachelet esto implicaría la urgencia de restaurar una visión de país perdida o encontrar una nueva. En definitiva, encontrar un lugar al que los ciudadanos nos sintamos impelidos emocionalmente de llegar.

Hoy es un tiempo en que las personas anhelan más autonomía y, por lo tanto, ese factor puede ser un sello distintivo y darle sentido al próximo gobierno. Por lo demás, es hacia allá donde quiere avanzar la sociedad chilena. La paz social se vislumbra en la medida que las personas logren percibir que ya no dependen de otros; particularmente –y en sentido simbólico– de la política o de los empresarios. Las personas requieren quitarle a la elite el poder que se le traspasó durante los últimos 20 años para que ésta cumpliera con la tarea de darle gobernabilidad al país. Pero ese tipo de gobernabilidad ya no vale: si es necesario mover el arbolito, las personas lo van a mover, incluso a costa de hacer colapsar la gobernabilidad. Para ellas, no hay nada que perder.

La capacidad de gobernabilidad se ha debilitado, precisamente, porque la gente ha perdido la confianza en sus capacidades o porque cree que se han reducido las oportunidades que la sociedad le ofrece para salir adelante. En este marco, la educación es entendida por la ciudadanía como el vehículo que permite mayor independencia y que la puede llevar más lejos. Es la gran tarea de futuro, y es aquí donde la Alianza y Piñera se equivocaron al responder de manera insuficiente a las demandas educacionales, más aun cuando ha sido este sector el que ha levantado la bandera del esfuerzo personal y la meritocracia. ¿Son posibles ambos con la propuesta de educación que hicieron? No. Y así, ingobernabilidad tuvieron.

Según las encuestas, la propuesta de Bachelet en educación está bastante alineada a lo que la ciudadanía desea mayoritariamente. Pero su implementación está planteada de forma gradual. ¿Tendrán paciencia los estudiantes?

Así las cosas, la gobernabilidad requerirá traspasar a los estudiantes, y a los ciudadanos en general, una cuota importante de corresponsabilidad. Es decir, llevar a las personas al  diálogo, a la participación y a la paciencia… para así ir cimentando condiciones para que tomen un control más real de sus vidas, y de ese modo hacer posible el anhelo de mayor gobernabilidad.  •••