Una encuesta acaba de ubicarlo entre los 20 mejores tenores de la historia, y su más reciente disco solista confirma que, en la actualidad, nadie domina el repertorio belcantista para su cuerda como el peruano Juan Diego Flórez. Por Joel Poblete.

  • 5 mayo, 2008

 

Una encuesta acaba de ubicarlo entre los 20 mejores tenores de la historia, y su más reciente disco solista confirma que, en la actualidad, nadie domina el repertorio belcantista para su cuerda como el peruano Juan Diego Flórez. Por Joel Poblete.

 

 

 

Hace algunas semanas, una de tantas encuestas que cada cierto tiempo surgen para escoger a “los mejores” en los más diversos ámbitos musicales se encargó de agitar las aguas en el mundo de la lírica. Un jurado de 16 críticos especializados en ópera convocados por la revista BBC Music Magazine había elegido a los 20 mejores tenores de la historia, en una lista encabezada por el infaltable Plácido Domingo, y que incluía ilustres e ineludibles presencias –Caruso, Pavarotti, Björling, Gigli, entre otros–, pero también polémicas omisiones y algunas sorpresas: entre las quejas más repetidas en blogs, foros y sitios web se cuestionaba la presencia de artistas como Peter Pears, Peter Schreier y Anthony Rolfe Johnson (todos notables, por cierto, pero quizá no tan imprescindibles a nivel histórico), mientras tenores como Del Monaco, Carreras y el recientemente fallecido Di Stefano, por nombrar a algunos, brillaban por su ausencia.

Además, se criticaba que la lista “mezclaba peras con manzanas”, sin considerar que hay distintas categorías de tenores según sus repertorios, por lo que puede parecer antojadizo mezclar a un intérprete especializado en óperas barrocas y Mozart, como Rolfe Johnson, con un wagneriano como Wolfgang Windgassen. Muchos operáticos no tardaron en poner el grito en el cielo al ver el orden de los lugares: ¿es mejor Domingo que Caruso? Y sobre todo, ¿se puede aceptar que grandes como Alfredo Kraus y Franco Corelli aparezcan por debajo del tenor sensación del bel canto internacional en los últimos años, el peruano Juan Diego Flórez?

Dejando de lado estos rencores de melómanos, es perfectamente lícito cuestionar la presencia de Flórez en la lista si se considera a quienes quedaron fuera o por debajo suyo; pero, de todos modos, no puede desconocerse el impacto que ha alcanzado su fulminante carrera en apenas una década, que con sólo 35 años lo tiene convertido en el tenor más solicitado por los grandes teatros para el repertorio de bel canto (Bellini, Donizetti y especialmente Rossini). Junto al otro tenor latino superstar del momento, el mexicano Rolando Villazón, Flórez ha abierto una nueva senda, superando en muchos aspectos los méritos vocales y estilísticos de los tan publicitados tenores latinoamericanos de la década anterior –el mexicano Ramón Vargas y los argentinos José Cura y Marcelo Alvarez–; eso sí, la memoria es frágil, y siempre se tiende a elogiar lo más reciente, lo que puede explicar que la actual efervescencia por el intérprete peruano haga olvidar a ilustres colegas que lo superaban en su repertorio, ya sea por el extraordinario dominio técnico (el estadounidense Rockwell Blake, que cantó
muchas veces en nuestro Teatro Municipal) o la belleza y calidez del timbre (Francisco Araiza).

Pero de todos modos, el enorme talento de Flórez es legítimo e incuestionable. Y una nueva demostración la brinda en su quinto disco con el sello Decca –tras el inevitable álbum “latino” que grabó hace dos años–, Arias for Rubini, en el que cantando escenas y arias de siete óperas en las que brillara en el siglo XIX el célebre tenor Giovanni Battista Rubini (y dirigido por un ex titular de la Filarmónica de Santiago, Roberto Abbado), vuelve a lucir su sorprendente facilidad para los agudos y sobreagudos, su habilidad en la coloratura (la capacidad de cantar fragmentos ligeros con fl uidez y agilidad) y el timbre suave y dulce que lo caracterizan. Más allá de si merecía o no estar en la dichosa lista británica, basta con escucharlo en la gloriosa escena de doce minutos del Guillermo Tell de Rossini que cierra la grabación, coronada con una exultante versión de la difícil cabaletta, para confi rmar que, al menos por ahora, Flórez no tiene rivales, y de seguro la historia de la lírica ya le tiene asignado un lugar de privilegio.