Un volumen de crónicas sobre el Holocausto y el primer libro de un joven narrador. Dos miradas al mal, desde el periodismo y la ficción, ambas demoledoras. POR MARCELO SOTO   Y llega la cuidadora alemana y ve a mi hermano abrazado a mi mamá. ¿Y por qué está abrazado contigo ese niño?, pregunta […]

  • 4 mayo, 2007

 

Un volumen de crónicas sobre el Holocausto y el primer libro de un joven narrador. Dos miradas al mal, desde el periodismo y la ficción, ambas demoledoras. POR MARCELO SOTO

 

Y llega la cuidadora alemana y ve a mi hermano abrazado a mi mamá. ¿Y por qué está abrazado contigo ese niño?, pregunta la cuidadora. Es mi hijo, dice mi mamá. Ven para acá, dice la cuidadora, y saca a mi hermano del corazón de mi madre y se lo llevó a la cámara de gas. Me sacaron a Georgi del corazón, me dijo a mí mi madre llorando. Yo le dije, a mí también mamá, a mi también me lo sacaron”.

Georgi tenía 12 años entonces. Nunca más se supo de él. Quien habla es su hermana Agnes Weber y su relato es parte del libro El asilo contra la opresión. Cinco judíos del Holocausto en Chile, un estremecedor testimonio de sobrevivientes al exterminio nazi que hoy viven en el país. No es un texto fácil ni amable.

Incluye fotografías que enferman el estómago. Tres de los mejores cronistas chilenos de hoy –Roberto Merino, Francisco Mouat y Rafael Gumucio– aportan los relatos más logrados, aunque hacer un comentario literario de un volumen como éste quizá sea banal o frívolo. El asilo contra la opresión –título que nos parece algo chovinista– quema las manos. Una presencia ominosa se cuela por sus páginas. La lectura es terrible, desgarradora: los testimonios aquí recopilados pertenecen a un territorio donde la literatura es imposible. Lo único que queda es el silencio, una página en blanco, un rostro sin palabras. Quizá la pieza más conmovedora sea la de Mouat sobre Américo Grunwald, ex prisionero de Auschwitz. Tras escapar del infierno de Hitler, este hombre religioso se prometió hacer reír a una persona al menos una vez al día. Con Mouat lo logra mientras prueban vino dulce y un paté de ave que él mismo preparó.

Grunwald perdió a su hermana Caterina en los campos nazis. Lo único que queda de ella es una fotografía. -Bonita su hermana -le dice el periodista.

-Muy bonita -contesta él. Y ambos la miran en silencio. En cierto momento el terror se torna indescriptible, tal como le pasaba al coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas. Conrad no nos cuenta qué diablos ve Kurtz, qué escena dantesca lo hace pronunciar la famosa frase “el horror, el horror”. Apenas la alcanzamos a intuir. Lo mismo sucede en el primer libro de Matías Celedón, Trama y urdimbre.

En este breve texto, que no es una novela ni un relato, sino un conjunto de fragmentos, cada uno independiente y a la vez enlazado con el resto, el lector asiste a una pesadilla que no se dice, que no se nombra. Hay un niño, hijo de una costurera, que ha sufrido una terrible desfiguración. Un muchacho cojo lo viola. El padre es un fantasma terrible, mientras un puñado de personajes turbios, nefastos, deambula por una ciudad sin contornos reconocibles. Poco más se puede agregar del argumento. Esta es una novela- resumen a la manera de Bonsái, de Alejandro Zambra, o de algunos textos de Mario Bellatin. También se conecta de cierta forma con aquella tradición de la “monstruosidad”, presente en novelas chilenas como Patas de perro, de Droguett, o El obsceno pájaro de la noche, de Donoso y quizá en algunos relatos de Bolaño.

Para ser una primera obra, sorprende la destreza estilística que muestra Celedón. El libro está dividido en pequeños párrafos, algunos de una frase, que se leen como poemas japoneses. Varios alcanzan una rara perfección. No sobra una coma y tienen una sonoridad hermética, pero seductora.

Incompresiblemente en la solapa del libro se presenta a Celedón como miembro de la generación de Gumucio y Merino, no obstante el autor por estilo y edad –26 años– poco tiene que ver con tales escritores. Como ya dijimos, hay más puntos de conexión con la narrativa de Zambra, pues así como Bonsái es un artifi cio literario de inasible belleza, de la misma forma que esos árboles en miniatura, Trama y urdimbre va conformando un tejido de perturbador atractivo, un mal sueño para armar, como si leyésemos un cuento de Cortázar en un espejo. El libro de Celedón y el volumen de crónicas sobre el Holocausto, aunque uno sea ficción y el otro periodismo, tienen en común precisamente esa mirada espeluznante, indecible, hacia la oscuridad que habita en nuestras casas, en nuestras familias, cuando el horror ya no solo gobierna la noche sino también el día.