Una muestra en el MAC nos permite apreciar el talento de un artista semi desconocido para el público masivo: Agustín Abarca y sus obras que recrean las especies arbóreas de los bosques chilenos. POR LUISA ULIBARRI.

  • 4 abril, 2008

La búsqueda constante del motivo y del sentido profundo en el arte, parece ser un sayo que sólo le cae a esos creadores anónimos alejados del ruido, del escenario y el triunfo fácil. Agustín Abarca, solitario e intimista contador talquino e inspector de escuelas normales que llegó a ser discípulo de Valenzuela Llanos, Pablo Burchard, Juan Francisco González y Alvarez de Sotomayor, es uno de ellos. Su legado es haber encontrado en el árbol y en el paisaje de los bosques de Victoria y Nahuelbuta, esos motivos que buscó recorriéndolos en diarias travesías sin cámara en mano, al estilo de antes. Pero, con un rollo de tela bajo el brazo, a la espera del ave de la cola dorada y de raíces profundas que sólo él quería encontrar. A Abarca los árboles no se le aparecían envueltos en papel celofán, sino los buscaba con una pasión tan carnal como religiosa, para después reinventarlos en dibujos, óleos, pasteles y acuarelas en una visión sagrada de la naturaleza.

Las 15 obras a carboncillo restauradas en 2005 que ahora exhibe el MAC medio siglo después de la muerte del artista, dan fe de la entrega de un creador que sin jamás ir a Europa, tuvo en los bosques sureños la inspiración del francés Poussin en su Cinco árboles, el sempiterno juego de la luz y la glorificación romántica del paisaje de los británicos Constable y Turner, El árbol rojo de Redon, o quizás hasta Sueños del atardecer, de Magritte.

En las creaciones de todos ellos parece que no pasara nada, pero ocurre todo a través de paisajes silenciosos y susurrantes, que exhiben estremecimientos latentes o dramas encerrados en la bucólica serenidad de la naturaleza. Abarca extraía además cada respiro de los bosques mil veces recorridos, como autorretrato de su personalidad, su historia, y vivía dibujando y pintando su propio diario de vida. Era, en buenas cuentas, el hombre árbol.

“Vi realizadas mis aspiraciones y viví libre en el interior de los bosques dibujando y pintando robles, laureles, mañíos y otros árboles”, comentó una vez, así como se le responsabilizó por “tratar los cuadros en grandes planos, sin conceder importancia al detalle; apagar con magia el color en las sombras y despertarlo en los tonos apastelados del sol mientras en sus bosques permanecían fi eles los colores de la tierra y la rojiza arcilla, el marrón de las cortezas y los múltiples tonos estacionales de las hojas”. Quizás por eso, Abarca cosechó tantos premios en salones, concursos o efemérides entre 1907 y 1950.

Pero lo que la crítica y la academia nunca consiguieron, fue encasillarlo en tendencias, o movimiento alguno. A Abarca lo definieron siempre como un “fenómeno difícil de clasificar”, un artista de “creación nacida plenamente de nuestra latitud, y de genuino aporte vernáculo”. También, como el extraordinario autor de un paisaje que supo deslindar su ofi cio en motivo de quieta poesía, lejos de cualquier canto de sirena, o búsqueda de glorias. En buena hora. Hacía falta traerlo hoy nuevamente a escena.