• 14 diciembre, 2007

La Democracia Cristiana en el laberinto

¿Cómo entienden el conflicto interno de la Democracia Cristiana sus propios partidarios? ¿Qué posibilidades ven de solución? Responde a continuación el ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.
Por Sergio Espejo Yaksic

Cuenta la mitología griega que Ariadna, hija de los reyes de Creta, fue el personaje clave para salvar la vida de Teseo en el Laberinto del Minotauro. Entregando a éste no sólo una espada sino también una madeja de hilo para marcar el camino, Ariadna permitió al héroe ateniense mantener la orientación y salir con vida del mortal laberinto de Cnosos.

Las actuales dificultades del Partido Demócrata Cristiano me hacen recordar el laberinto y los peligros de perder el ovillo de hilo que permite encontrar el camino de salida. En medio de las acusaciones que hemos escuchado resulta difícil comprender qué es lo que ocurre exactamente. Pero esta desorientación puede hacer presa no sólo del observador, sino también de los dirigentes y militantes del partido, quienes deberán extremar los cuidados para abandonar un laberinto en cuyo interior nada bueno puede esperarse. ¿Qué descubrimos si sostenemos la madeja con fuerza entre nuestras manos? Exploremos algunas ideas.

¡Viva la libertad de conciencia!

Se ha sostenido que la razón por la cual el senador Adolfo Zaldívar ha sido suspendido de su militancia sería el haber votado en conciencia en contra de un proyecto del gobierno que entregaba financiamiento a Transantiago. Agravaría la falta el hecho de haber llegado a un acuerdo en esta materia con los parlamentarios de oposición.

Esa no es la cuestión.

El suspendido senador jugó un importante rol en la lucha por conquistar para todos los chilenos el derecho a expresarse con libertad y de acuerdo a sus convicciones. Lo hizo durante el régimen militar reclamando este derecho también para aquellos con quienes mantenía discrepancias de fondo. Su aporte es reconocido por todos los demócratas cristianos, especialmente por quienes como jóvenes de entonces también fuimos parte de esa lucha.

La libertad de conciencia y el derecho de todo parlamentario de votar en conformidad a ella son parte de la esencia de la democracia.

Esta es, por su naturaleza, el espacio de la persuasión y la negociación. Por lo demás, algunas de las principales reformas que hemos llevado a cabo como país son el resultado de procesos de acuerdo entre el gobierno y la oposición. En base a mi propia experiencia, estoy además convencido que superar las dificultades de Transantiago requerirá de ese acuerdo.

Sin embargo, lo que aquí ha ocurrido es algo distinto. De manera reiterada y sistemática, el senador ha quebrantado lo que podemos denominar como mínimos de convivencia en el partido, en la coalición y en el gobierno. Eso es grave para un partido que tiene la responsabilidad de dar sustento al gobierno, no porque se le haya ocurrido a un grupo de iluminados, sino porque ese es el mandato que recibió de los miles de chilenos que lo han apoyado elección tras elección.

Durante estas semanas de laberinto, he escuchado a muchos cuestionar la forma o la oportunidad con que la decisión de solicitar la expulsión del senador Zaldívar fue tomada por la directiva del PDC. Pero los mismos concuerdan en que más allá de definiciones tácticas o de procedimiento, no es razonable que quien está en desacuerdo tan radicalmente con el proyecto político de un partido siga perteneciendo a éste. Menos aún, si como ha señalado públicamente, sus cuestionamientos se extienden no sólo al terreno de las definiciones políticas sino también al de ética de los líderes partidarios.

El quebrantamiento de estos mínimos de convivencia provoca enorme daño a un partido, de la misma manera en que ello ocurre cuando estos mínimos son vulnerados en un matrimonio, en la relación entre empleadores y trabajadores, o entre profesional y cliente. Lo dice con fuerza Pasternak en Doctor Zhivago: “Hay un límite para todo”.

El Tribunal Supremo del PDC deberá resolver esta cuestión asegurando la protección de una convivencia que fortalezca al partido y a la coalición, y que resulte finalmente beneficiosa para Chile.

¿Y para esto son los partidos?

El conflicto interno que hoy vive el Partido Demócrata Cristiano no es un hecho aislado en el escenario político. En el PPD hace pocos meses se ha producido una escisión. Hace unos días un senador abandonó Renovación Nacional. En ambas coaliciones los ánimos se encienden periódicamente y declaraciones altisonantes parecen anunciar un quiebre o el fin del partido afectado.

No me parece que estos fenómenos, por sí mismos, constituyan motivo de gran preocupación. Sin embargo, inquietan en la medida en que ellos constituyen síntomas de otros males.

Los partidos políticos cumplen el rol de la madeja de hilo de Ariadna. En medio del laberinto desafiante que es la vida de un país, ellos debieran orientar y proponer caminos que permitan avanzar exitosamente.

La incomodidad que provocan los conflictos descritos radica en que ellos sólo revelan una disputa fría por el poder, con escasa atención a las exigencias del laberinto. ¿Qué relación tienen estas pendencias con la fragilidad de las vidas de miles de chilenos cuyo bienestar –la educación de sus hijos, su salud, su previsión– depende exclusivamente de que conserven su empleo? ¿Cómo nos ayudan a entender los desafíos que para nuestra identidad como comunidad nacional impone la globalización? ¿De qué manera estimulan nuestra creatividad para promover el emprendimiento, estimular la creación de riqueza y a la vez construir cohesión social y equidad?

La madeja queda olvidada en un recodo del laberinto y con ella nuestra posibilidad de encontrar la salida que buscamos con urgencia.

No se trata de predicar la candidez. Como bien nos recuerda con realismo Maquiavelo, “hay una distancia tan grande del modo como se vive al modo como deberíamos vivir, que aquel que reputa por real y verdadero lo que sin duda debería serlo, y no lo es por desgracia, corre a una ruina segura e inevitable”.

La lucha por el poder es parte de la política. Quien aspira a participar de esta actividad debe estar preparado para intervenir en esa lucha y hacerlo con efectividad. Sin embargo, la política desprovista de ideas y despojada de su aspiración al bien común es sólo el reducto de los personalismos, el egoísmo y las miradas miopes. Es vivir en el laberinto sin tener el hilo de Ariadna.

Esa política y esos partidos no son los que Chile necesita y ciertamente no es esa la vocación de la Democracia Cristiana.

¿Quién dijo que todo está perdido?

La Democracia Cristiana puede sobreponerse a esta situación crítica. La capacidad y ascendiente público de Soledad Alvear se destaca muy notablemente entre los presidentes de partido. La seriedad y experiencia de Frei y Foxley, el liderazgo joven de Patricio Walker en la Cámara de Diputados, de Laura Albornoz en Sernam, de Undurraga y Orrego en Maipú y Peñalolén, son sólo algunas expresiones de esa potencialidad.

Pero el desafío no se supera con la decisión que tome el Tribunal Supremo en relación al senador Zaldívar. La tarea consiste en volver a situar al PDC como una fuerza dinamizadora al interior de la sociedad chilena.

Ello requerirá audacia para reconocer que la política se juega mucho más fuera que dentro del aparato público. Que la administración del Estado es una dimensión importante, pero no puede constituir el principal foco de atención de un partido. Especialmente en un país donde cada vez son menos los habitantes que consideran que su bienestar y el de sus familias depende del Estado.

Audacia para imaginar nuevas dinámicas de concertación público-privada que expandan la autonomía, las oportunidades y la calidad de vida de los chilenos. Audacia para dejar atrás prejuicios que inmovilizan y que obstaculizan el crecimiento, así como para atreverse a promover fórmulas que construyan cohesión social y favorezcan la inclusión.

Porque en política, como en la vida, la capacidad de aprender de los errores y fracasos importa tanto o más que la capacidad de explotar los éxitos. En este aprendizaje y en las respuestas que dé a las exigencias señaladas, se juega la posibilidad de supervivencia fértil de la Democracia Cristiana.