El último libro de Orhan Pamuk es un generoso y a veces impúdico acercamiento a las claves literarias, biográficas y políticas del autor turco.

  • 2 abril, 2009

 

El último libro de Orhan Pamuk es un generoso y a veces impúdico acercamiento a las claves literarias, biográficas y políticas del autor turco. Por Marcelo Soto.

Junto al sudafricano JM Coetzee (ver columna), Orhan Pamuk es uno de los grandes autores premiados por la Academia Sueca en la última década. Ambos comparten, además, el hecho de haber nacido en países que se mueven entre la modernidad y un pasado turbulento, generando quiebres que a su vez desatan olas de violencia y odio social.

Para el lector occidental el mundo de Pamuk puede resultar difícil de traducir a coordenadas conocidas. En este sentido, su último libro, Otros colores –un volumen de crónicas, reflexiones políticas y diarios personales permite acercarse de manera casi impúdica al corazón y la biografía del autor turco.

Para entender su trayectoria vital, resulta especialmente significativo el relato Mi padre, en que Pamuk recrea la relación con una figura tan querida como distante. Un tipo guapo e inteligente, acostumbrado a que las cosas sean fáciles, en contraposición al carácter temeroso del hijo. “Me siento como una bala perdida”, solía decir el padre a Orhan, frase que el escritor odiaba. Heredero de una pequeña fortuna, el patriarca de los Pamuk era un vividor, que pasaba largas temporadas en lugares lejanos, abandonando a la familia. No es aventurado encontrar aquí el origen de la personalidad aproblemada y recelosa del futuro narrador.

 

Tres colores. Orhan Pamuk. Mondadori, 480 páginas. Buenos Aires, 2009.
 

Muchas veces la inseguridad se disfraza de arrogancia y ese pareciera ser el caso de Pamuk, que a lo largo del libro da muestras de una elevada apreciación de sí mismo, que por momentos se vuelve antipática. Ya en el prefacio se compara ligeramente con Walter Benjamin y en un texto escrito tras terminar la novela Me llamo rojo afirma que ha creado un libro “clásico”. Puede que el volumen entero sea un acto de vanidad y que tenga un tufillo a movida editorial para aprovechar la fama del Nobel (al final se incluyen una larga entrevista para The Paris Review y un relato inédito). Sin embargo, en un autor tan generoso y asertivo se perdonan tales excesos.

El libro está lleno de hallazgos y confesiones que serán un festín para los seguidores del novelista. De gran interés son las reflexiones literarias (hay capítulos dedicados a Borges, Vargas Llosa, Rushdie, Camus, Bernhard) y alcanza una rara honestidad cuando habla de sus lecturas favoritas, desde Tristram Shandy a Los hermanos Kamarazov. “Era como si Dostoievski me susurrara al oído cosas privadas sobre la humanidad y la vida que nadie más sabía… sentía que el libro se agitaba dentro de mí y que la vida ya no sería la misma”, dice sobre la primera vez que leyó al escritor ruso.

Por supuesto, no podían faltar las crónicas políticas y en este campo sobresale la dedicada al proceso judicial llevado en su contra por decir en una entrevista que Turquía había matado a un millón de armenios y 30 mil kurdos. Se niega a aceptar el absurdo de la situación, aunque sus amigos le dicen “con una sonrisa, que ahora que el Estado quiere encarcelarme, por fin he logrado convertirme en un auténtico escritor turco”. Vaya broma.

Igualmente revelador es una artículo sobre el terrorismo, a propósito de la caída de las Torres Gemelas. El escritor está en un bar de Estambul mirando la TV cuando aparece la imagen de los rascacielos en llamas. Llora en silencio por una ciudad que ama, mientras otros no ocultan su satisfacción. “En cierto momento sentí el deseo de levantarme y decir que yo había vivido entre aquellos edificios, que había caminado sin un centavo por aquellas calles, que había conocido gente en aquellos bloques, que había pasado tres años de mi vida en aquella ciudad. Pero permanecí en silencio como si estuviera soñando que me sumergía en un silencio aún más profundo”.

Aunque condena enérgicamente cualquier excusa para la violencia, aporta un aspecto generalmente ignorado por las grandes potencias: el sentimiento de orgullo herido de los países del Tercer Mundo, un sentimiento que no puede explicarse en forma racional ni ideológica: “no basta con que Occidente descubra en qué tienda, qué cueva o qué remota ciudad se refugia un terrorista fabricando la próxima bomba ni será suficiente con que se le bombardee ante la mirada del mundo entero; el verdadero desafío consiste en comprender la vida espiritual de unos pueblos pobres, humillados y denigrados que han sido excluidos del club”.