Una vez más, un gobierno estadounidense amenaza un ataque militar en el Medio Oriente. Una vez más, voces del Partido Republicano tratan de vender la idea de una amenaza inminente, sobreestimando el poder de su país. El senador Tom Cotton dice que un ataque hacia Irán sería sencillo, que se trataría del primer “golpe y el último golpe”. Fácil.

Irán no es un país angelito. Es una nación dominada por fundamentalistas religiosos, con una democracia limitada que produce elecciones cuestionadas por su propia población. El país es criticado por su trato hacia las minorías religiosas y sexuales y hacia las mujeres. No es solamente que deban andar tapadas por la calle: Human Rights Watch ha criticado que las mujeres casadas deben conseguir el permiso de sus maridos para trabajar o conseguir pasaportes. Y, desde luego, Irán ha participado directa o indirectamente en conflictos con Irak, Arabia Saudita, Yemen, Gaza, Siria y Líbano, además del apoyo que ha dado a numerosos grupos terroristas, incluyendo el que ejecutó el bombardeo de la AMIA en Buenos Aires.

Los iraníes, que cuentan con altos niveles de educación, una importante clase media, y una larga y noble cultura, se merecen otro tipo de gobierno, y el mundo sería más pacífico si así lo fuera. Pero el fin no siempre justifica los medios, especialmente si el fin está lejos de estar garantizado. El mundo ya conoce los trágicos efectos de los diversos experimentos estadounidenses de cambio de régimen. No sería una exageración sostener que muchos de los grandes problemas globales actuales tienen sus orígenes, o fueron exacerbados, por la invasión de Irak en 2003.

Solo un ejemplo: la guerra en Irak llevó indirectamente a la inestabilidad y luego a la guerra civil en Siria, que produjo cinco millones de refugiados, muchos de los cuales comenzaron a llegar a las costas europeas, creando pánico y una sobrerreacción entre la población local, muchos de los cuales terminaron votando por partidos nacionalistas y populistas. ¿Hubiéramos tenido a un Brexit o un Orban si todo eso no hubiese ocurrido? No sabemos. Pero desde luego, ayudó mucho.

Y en el caso de Irak, el presidente Bush estaba trabajando en conjunto con un congreso iraquí en exilio, había logrado una coalición de aliados internacionales, incluyendo Australia, España y el Reino Unido, tenía la aprobación de la opinión pública y el Congreso e incluso de importantes figuras de oposición como Hillary Clinton (que años más tarde pagaría un alto costo por su error).

Hoy, ninguna de esas condiciones existe, y los delitos puntuales a los cuales EE.UU. apunta como justificación de su aumentada presencia militar en el golfo Pérsico son cuestionados (los sauditas culpan a Irán por el ataque a dos buques petroleros, pero ¿quién sabe?). El consejero de Seguridad Nacional estadounidense, John Bolton, habla de “una amenaza creíble”, pero ¿quién le cree a Bolton?

Y ese es el punto. ¿Quién le cree a Estados Unidos? Vivimos en una época donde el país más militar y económicamente importante (por ahora) del planeta ha perdido casi toda su credibilidad. Barack Obama intentó reconstruir la imagen de EE.UU. en la comunidad de las naciones, y tuvo algo de éxito. Con Trump eso se ha esfumado. No solamente ha adoptado posturas más agresivas, como, por ejemplo, en el caso iraní, sino que su política exterior ha sido diseñada para deshacer o destruir las herramientas básicas que ha utilizado EE.UU. como poder hegemónico –las instituciones de la Pax Americana–. Las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, la OTAN, la Organización Internacional del Comercio y una serie de reglas, tratados y acuerdos respecto el comercio internacional, la migración, el medioambiente y el control de armamentos, todos representan para Trump limitaciones al poder estadounidense (o, lo que es peor, a su poder personal).

Trump lo tiene al revés: las acciones actuales de su gobierno significan un encogimiento de poder, no su fortalecimiento. Según la encuesta PEW, en 2018 la mayoría de la población de los países europeos tradicionalmente aliados con EE.UU. tiene una opinión desfavorable de ese país, y mundialmente solamente un 27% de la población tiene confianza en el presidente estadounidense (un 64% confiaba en el presidente Obama).

Políticamente, esas cifras no le importan a Donald Trump. Su reelección no depende de la opinión de los franceses o españoles. Pero incluso George W. Bush comprendía que, antes de emprender una acción militar como la que se está sugiriendo hoy respecto a Irán, es aconsejable tener amigos en el mundo; amigos para las votaciones en la ONU, amigos que ofrezcan bases aéreas para abastecimiento de combustible, amigos que acepten refugiados, amigos que ayuden con el financiamiento o ayuda técnica y política durante una eventual reconstrucción. Bush contó con todo eso, y aún así Irak terminó mal.

Otros poderes pronto llenarán el espacio que Trump deja detrás. ¿Cómo se verán los organismos internacionales dominados por China o Rusia? El gran encogimiento del poder estadounidense es un desafío para las democracias liberales que van quedando. Y la actual crisis con Irán es un problema también para EE.UU., que aprenderá, como dijo Churchill, que lo único peor que tener aliados es no tenerlos.