• 25 octubre, 2018

Nunca me ha interesado el futuro, ni creo en profecías. Los agoreros me dan risa, en el mejor de los casos. Temo que tras la urgencia por dilucidar lo que viene está escondida la necesidad de enterrar el pasado y de borrar el presente. Con los años me doy cuenta de que mi escasa atención por el futuro se debe a la influencia de lecturas antiguas y escépticas en plena adolescencia. Y otro tanto hizo mi afición por la música y el arte punk, con su desprecio radical ante las promesas de un porvenir mejor.

Sé que mi indiferencia ha sido un error grave, un acto de ignorancia. El futuro no es el paraíso ni una proyección de anhelos y sueños. No, el futuro es una convención social que sirve para obtener dinero y organizar la vida en torno a lo que se gana y se paga. La economía vive de expectativas, de eventualidades que podrían alterar lo que viene en escenarios de inversión. El futuro real es financiero. Están los que ganan intereses mensuales y apuestan en la bolsa; y están los que pagan deudas programadas y seguros por si mueren antes de haber cancelado. 

Es curioso que el futuro sea un ejercicio de la imaginación individual y, a la vez, un concepto que sirve para construir una sociedad a base de ideologías. Es una palabra difícil porque está llena de connotaciones. Cuando se habla del futuro en los medios de comunicación, la palabra implica responsabilidad y una concepción del tiempo apocalíptica. Los expertos advierten de avances que modificarán nuestras vidas. Lo dicen con una seguridad absoluta: la inteligencia artificial es una revolución, el desarrollo de la medicina y la tecnología nos harán distintos. Dibujan un mundo demencial que está cerca, en el que la mayoría no tendrá trabajo. El clima será insoportable y las posibilidades de crisis constantes se narran como indudables. El dolor de una pérdida estaría acotado gracias a la posibilidad de clonar a los seres queridos. Y la sexualidad estaría solucionada: androides prometen sentir, hablar y moverse mejor que los humanos. Además, serían de nuestra propiedad, con lo cual las complicaciones del deseo quedarían destruidas. El ego mandaría y siempre tendría una solución a sus dramas. 

Por supuesto, muchos de estos vaticinios son patrañas que buscan captar la atención a través del miedo. Quieren que nos ocupemos del futuro de inmediato, gastando en salud y en convenios para la vejez, que suele ser retratada como una etapa cruel de la vida. La muerte quieta no está considerada en estos cálculos, tampoco las posibilidades de que la suerte nos deje tranquilos. 

Las utopías y las religiones involucran promesas de futuro, de ahí la importancia que le dan los políticos y los creyentes a este concepto en sus liturgias y actos. Creen que su paso por la Tierra no es en vano. Sufren de la pulsión de salvar a los otros sin preguntarles si quieren esa ayuda. Imponen sus nirvanas, sus verdades y estilos de vida. Esos futuros están cancelados aunque les duela a muchos. El crítico Mark Fisher expuso esta situación con indudable lucidez en su libro Los fantasmas de mi vida. Ya no tenemos un futuro común. El capitalismo disolvió esa posibilidad. Cada uno se las arregla como puede. La tarea de habituarse a un mundo donde lo que más compartimos es el dinero, erosiona la vida en comunidad de forma letal. A veces lleva a la violencia. Ese es un futuro posible que poco se publicita. En su libro Rastros de carmín, el ensayista Greil Marcus analiza la historia de la negación del futuro. Entre las observaciones que se pueden desprender de esta lectura, hay una que me quedó dando vueltas: la creatividad es una reacción expansiva que opera sin distinciones temporales rígidas. El futuro es quirúrgico y frío, y en ese sentido, esteriliza las pasiones por explorar. Es una amenaza que se difunde a diario. Está lejos de ser un estímulo, excepto para los autores de ciencia ficción barata. El pasado, en cambio, es fructífero. Permite ser interpretado. Quizá es preciso detenernos a considerar si deseamos o no seguir comulgando con este relato que nos arrastra y nos exige una manera de vivir en cuotas.