Tras la muerte de Ray Bradbury y justo cuando se cumplen tres décadas del nacimiento del cyberpunk, conviene preguntarse cómo es el mapa de la literatura de ciencia ficción actual. Hablamos de los herederos de Blade runner y de William Gibson, pero también de la paradoja de escribir narrativa de anticipación cuando el presente ha superado las fantasías futuristas. Por francisco ortega

  • 20 junio, 2012

Tras la muerte de Ray Bradbury y justo cuando se cumplen tres décadas del nacimiento del cyberpunk, conviene preguntarse cómo es el mapa de la literatura de ciencia ficción actual. Hablamos de los herederos de Blade runner y de William Gibson, pero también de la paradoja de escribir narrativa de anticipación cuando el presente ha superado las fantasías futuristas. Por francisco ortega

Tras la muerte de Ray Bradbury y justo cuando se cumplen tres décadas del nacimiento del cyberpunk, conviene preguntarse cómo es el mapa de la literatura de ciencia ficción actual. Hablamos de los herederos de Blade runner y de William Gibson, pero también de la paradoja de escribir narrativa de anticipación cuando el presente ha superado las fantasías futuristas. Por francisco ortega

El 25 de junio de 1982 se estrenó Blade runner, película de ciencia ficción inspirada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. El filme instauró el cyberpunk como estética narrativa: futuros ultra tecnológicos, el individuo enfrentado a la máquina, lo digital fusionado con lo humano, lo urbano llevado al exceso. La ciencia ficción ya no volvería a viajar al espacio: el nuevo escenario estaba en un disco duro y en un neologismo llamado realidad virtual que también en junio de 1982 imponía un joven escritor canadiense llamado William Gibson en las páginas de un volumen de cuentos titulado Quemando Cromo.

Confesaría Gibson que la felicidad de su primer libro se vio opacada al ver Blade runner, película que se parecía mucho a la novela que estaba escribiendo, una extensión de sus cuentos, mezclando género negro con “computadores, tecnología y anticipación electrónica”. Pero la depresión duró poco: al año publicaría un libro que cambiaría la literatura de ciencia ficción (y la literatura popular): Neuromante, la historia de un hacker contratado por la mafia para descifrar un complot empresarial. El protagonista descubre que todos los computadores del planeta han unido sus “conciencias” para crear una nueva forma de inteligencia artificial llamada Matrix. Si, igual que la exitosa película de 1999 dirigida por los hermanos Washowski.

Gibson y Blade runner crearon el cyberpunk y –como suele pasar– el impulso inicial de la nueva corriente dio lugar a pocas joyas y a mucho bodrio. Y también, a cuestionables derivados: steampunk (retrofuturismo), splatterpunk (ficción y horror), teslapunk (tecnología alternativa creada por Nikola Tesla), etc. Con todo, lo cierto es que Gibson nunca tuvo un heredero formal hasta que en 1992 el californiano Neal Stephenson publicó Snow crash. Al contrario que Gibson, Stephenson opta por usar la historia pasada y presente para construir una gran crónica –con mucho humor y parodia– de la era cibernética.

Padres de un movimiento que hace rato vive sus estertores, tanto el canadiense como el norteamericano traspasaron la literatura de género para convertirse en dos de los referentes culturales más potentes de los últimos treinta años. No sólo inventaron una especie: se aburrieron de ella y eligieron matarla. De ambos, fue Stephenson el que supo explicarse de mejor manera. “¿Para qué escribir del futuro cuando vivimos en él, cómo podemos vislumbrar nuevas tecnologías si éstas van más rápido que la imaginación?”, declaró el año pasado a la revista Wired, a raíz del debut de su última obra, un mamotreto de 1056 páginas titulado REAMDE.

¿Ha muerto la ciencia ficción?
“Twitter permite hacer hoy, en 140 caracteres, más que lo que mis personajes lograban en el ciberespacio”, dijo William Gibson en 2010 durante la presentación de Historia cero (Umbriel), su última novela, cuya edición en español está disponible en librerías locales. Un thriller de suspenso que de futurista tiene nada y en la que los vaqueros de la consola y los samurai virtuales han sido reemplazados por diseñadores gráficos, cazadores de tendencia y adolescentes que con un par de tuiteos pueden destruir a una persona. De no ser porque quien firma la novela es el padre de la ciencia ficción moderna, el volumen podría estar perfectamente en una categoría cercana a la no ficción, algo así como ciencia de no-ficción, neologismo que Neal Stephenson acuñó para su novela Criptonomicon.

“El cyberpunk ha muerto, la ciencia ficción también”, hiperventila Stephenson en cada entrevista dada a raíz de REAMDE. Es parte de su campaña, diseñada por sus agentes, pero también tiene harto de verdad respecto de la parada del autor frente a la literatura que lo hizo famoso. Si el cyberpunk está muerto, ¿qué viene después? ¿Cuáles son los nombres que heredan el trono de este par, hacia dónde van las nuevas visiones del futuro, si es que las hay?

Visiones peligrosas
Anderson Lake es uno de los pocos occidentales que ha obtenido permiso de trabajo en Tailandia. Su misión es descubrir la reserva de semillas no modificadas de plantas desaparecidas hace años, que misteriosamente se han conservado en el aislado reino asiático. Esa es la trama de La chica mecánica (disponible en español por Plaza & Janés), de Paolo Bacigalupi, ganadora del premio Hugo –el más importante del género– a mejor novela el 2010. Bacigalupi (40) imagina un mundo futuro donde la alta tecnología ha sido relegada por los cambios climáticos; y la ingeniera genética lleva la delantera no sólo modificando a personas y animales, sino también los alimentos. La genética y la farmacéutica se enfrentan por el control del planeta, y una vacuna puede ser más valiosa que el oro. El autor, nacido en Colorado, EEUU, es una de las voces más potentes de la llamada nueva/nueva ola de la ciencia ficción y ha sabido usar elementos del cyberpunk para crear una anticipación donde lo distópico manda. Más Orwell que Gibson, pero con estética de cómic, La chica mecánica es con justicia una de las mejores novelas de género que se han publicado desde Snow crash.

En las antípodas de Bacigalupi, el inglés China Mieville (39) surge como el autor más social de esta nueva marejada. Marxista y estudioso de las revoluciones de izquierda, Mieville forma parte de la directiva del partido laborista británico y el 2001 fue candidato a la Cámara de los Comunes, elección que aunque perdió lo transformó en protagonista de la renovación de la política inglesa, categoría en la que ayuda mucho ser hoy el más importante escritor de anticipación de su país. Pero ojo, lo de Mieville no es el porvenir, ni siquiera el futuro; su literatura tiene cero asidero científico y mira directamente al pasado, a autores como Michael Moorcook y H.P. Lovecraft, series de televisión como Dr. Who y mucha literatura barata de los años 30. El británico se ha empeñado en rescatar el pulp, en amalgamar géneros y en reírse de la lógica para crear una prosa personalista, muy de de izquierda y llena de ideas anarquistas, algo inusual en esta clase de literatura. Mieville escribe del presente, del 2012, del choque de clases sociales, de tribus urbanas que viven como ratas en las alcantarillas londinenses (El Rey Rata) o de millonarios miembros del partido conservador inglés que roban el cadáver de un calamar gigante del Museo de Londres ya que lo consideran un dios antiguo (el Kraken). “Soy más punkie que cyberpunkie y definitivamente más Charles Dickens que William Gibson”, acotó el autor en una larga entrevista a la revista Time en 2010.

Metro 2033 ha vendido más de un millón de ejemplares en Rusia y catapultado a su autor, un nerd de 38 años llamado Dimitri Glukovsky, a la categoría de superestrella, comparándosele con Bret Easton Ellis. Post cyberpunk, post soviético y post todo, Metro 2033 es un pastiche ultraviolento ambientado veinte años después de que el último avión despegara de la Tierra, cuando el mundo está devastado y lo que queda de humanidad habita bajo la superficie, como las tribus urbanas creadas por Glukovsky que han hecho de los viejos túneles del metro moscovita su hábitat. La novela fue publicada –sin los dos capítulos finales– en 2007 en Internet (en http://www.m-e-t-r-o.ru/) y luego, tras conseguir 2 millones de descargas, editada en formato tradicional. A la fecha lleva dos secuelas, un videojuego y desde el 2010 se anuncia la película.

El norteamericano Ted Chiang, el coreano Ken Liu y el inglés Ian Watson, todos menores de 40, son una triada de nombres a los que hay que ponerles mucha atención. Desde 2005 vienen publicando novelas que recogen la estética cyberpunk, pero sin megacorporaciones ni gadgets tecnológicos, para llevarla a esferas más intimas, como la familia. En este “neocyberpunk” no importan las guerras virtuales ni las ciudades infinitas, sino qué ocurre con una pareja cuando termina una relación en un mundo tan hiperconectado. O cómo se desestabiliza la economía de una familia tras un accidente electromagnético que manda todo a cero y descompone sus instrumentos electrónicos, convirtiéndolas en parias de la sociedad sólo por el hecho de haber perdido su derecho a hacer clic y conectarse.

Han pasado tres décadas desde que los androides dejaron de soñar con ovejas eléctricas y han cambiado muchas cosas, quizá demasiadas. Los navegantes del ciberespacio se tomaron la narrativa, el mundo actual le ganó la carrera a la anticipación, pero algo permanece: el futuro sigue siendo una promesa –o una pesadilla– aunque ahora, para bien o para mal, se parezca demasiado al presente.