• 8 abril, 2011



Una mujer católica me preguntó si los abusos serían el presagio del fin de la Iglesia. Un no creyente me lo aseguró. A ambos les respondí: no estamos en presencia del fin de la Iglesia. La Iglesia tiene futuro.


Una mujer católica me preguntaba angustiada si los abusos producidos por algunos sacerdotes no serían el presagio del fin de la Iglesia que ama porque le ha entregado lo más valioso que tiene: la fe. Un no creyente me lo aseguraba: este es el fin de la Iglesia. A ambos les respondí: no estamos en presencia del fin de la Iglesia. La Iglesia tiene futuro. ¿Por qué?

1. Porque Jesucristo nos dijo que, si bien es cierto que el trigo y la cizaña crecerían juntos, El estará en medio de nosotros hasta el fin de los tiempos, y su presencia la sentimos día a día cuando nos congregamos en su nombre.

2. Porque nos anima una convicción: la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo y es El quien la conduce. Sin El nada podemos hacer. Un hermoso salmo nos recuerda: “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas”.

3. Porque la Iglesia reitera con claridad y sin ambigüedades que no hay espacio en el sacerdocio para quienes abusan de menores.

4. Porque la Iglesia ha sancionado a aquellos consagrados que han sido hallados culpables de abusos de cualquier índole.

5. Porque, a pesar de que no hay nada más personal que el mérito y la culpa, la Iglesia toda a través de sus pastores, empezando por el Santo Padre, ha pedido perdón en nombre de todos a quienes fueron víctimas de abuso y ha reconocido los errores y equivocaciones en el modo como ha procedido en casos tan graves y urgentes. Petición de perdón a la cual me sumo, como parte de la Iglesia que soy.

6. Porque ha dicho que los consagrados somos ciudadanos y, por lo tanto, sujetos a las leyes del país, de las que no podemos marginarnos. La Iglesia ha invitado a declarar en los tribunales a quienes tengan antecedentes que aportar en la búsqueda de la verdad. Somos conscientes de que sin verdad no hay justicia, y sin justicia no hay perdón.

7. Porque la Iglesia está avanzando en las medidas que correspondan para prevenir abusos de cualquier índole en todos los lugares donde podrían darse a nivel eclesial, y ha comprendido con mayor intensidad el dolor de las víctimas y su necesidad de ser escuchadas, acompañadas, investigadas sus denuncias, que se busque la verdad y se haga justicia.

8. Porque, a pesar del pecado del hombre, la búsqueda de Dios es y será un elemento constitutivo de la condición humana y estamos convencidos de que la respuesta a esa sed de Dios la entrega Jesucristo, quien nos promete un agua que saciará toda nuestra sed y un pan que es su Cuerpo, que quita el pecado del mundo porque es pan de vida. Sí, seguimos reconociendo en Cristo nuestro Camino, la Verdad y la Vida. Tal vez en el dolor con más fuerza que nunca.

9. Porque la misión a la que invitó el Señor Jesucristo a los primeros apóstoles sigue vigente hoy con la misma intensidad. No podemos renunciar a ella si queremos ser fieles a nuestra condición de discípulos: anunciar el Evangelio, llamar a la conversión, promover el perdón y la misericordia, la oración y la vida eucarística y atender a los más necesitados como signo del amor de Dios, así como buscar incansablemente la fraternidad entre las personas.

10. Porque el trabajo de miles de sacerdotes, muy queridos y respetados, junto a diáconos, religiosos y religiosas, laicos y laicas, sigue día a día de modo silencioso y eficaz en las parroquias, capillas, colegios, movimientos, universidades, cárceles, hospitales y obras de caridad que gozan de gran simpatía y admiración por parte del país entero. Una presencia que se ha visto especialmente valorada en momentos de aflicción y dolor personal, familiar, comunitario y nacional.

11. Porque, tristes, humillados y avergonzados por estos acontecimientos, no hemos quedado indiferentes y sabemos que nos tienen que llevar a revisar nuestra modo de ejercer la autoridad al interior de la Iglesia, ser más humildes y sencillos y volver a reconocernos verdaderamente como servidores, como siervos de la Viña del Señor.

12. Porque nos mueve la esperanza de que acontezca este maravilloso episodio de un escrito de Borges que conmueve. Se trata de la historia de Caín y Abel, que se encuentran en el tiempo eterno de Dios: “Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.

Abel contestó:

-¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.

-Ahora sé que en verdad me has perdonado –dijo Caín–, porque olvidar es perdonar”. Agrega Gianfranco Ravassi, el autor del notable libro ¿Qué es el hombre?, comentando este hermoso texto del literato argentino: sólo con el perdón todo comienza desde el principio y es nuevo.

13. Invito a todos los católicos en estos momentos tristes y aciagos a que recen intensamente por la Iglesia, de la cual estamos agradecidos. La oración hace milagros. Si el Señor sanó a los enfermos, resucitó a Lázaro, perdonó a la mujer adúltera, pidámosle que sane las heridas que hoy sangran en su Iglesia. Seamos persistentes en la oración movida por la fe: si fuese como un grano de mostaza, movería montañas.

14. Este domingo en la Santa Misa, con más humildad e intensidad que nunca, pongámonos de pie y digamos: creo en Dios Padre…