Se despliegan ante mí varias revistas “Mundo Diners” de los noventa. Eran de tal calidad visual y editorial que, en su tiempo, decidí guardarlas y me han acompañado en sucesivas mudanzas, de Viña a Würzburg, de allá hasta Santiago. Persistí en la porfiada actitud –como de reojo, en todos esos momentos en los que tuve que hacer los despachos y embalajes– de introducirlas en algún rincón, junto a los libros de Derecho y Filosofía, y ponerlas, como se ponen las novelas que nos acompañaron en épocas que queremos recordar, una y otra vez, en las cajas.
Las revistas son una manera eficaz de llevar con nosotros el pasado. La amplitud de mirada que su formato las obliga a mantener, nos permite dar con aspectos variopintos que conforman una delicada totalidad, un ambiente. Una foto de Michelle Pfeiffer joven y una breve loa a la actriz, una entrevista a José Donoso y una crítica de cine de Héctor Soto, la publicidad de un Walkman, una crónica de Fuguet sobre Diane Keaton, no hallan en otra parte su lugar de encuentro. Y en esa precaria y extraña unidad de lo disperso, como que la época se nos queda, nos adviene de maneras parecidas a la de un viejo perfume o una antigua canción.
Lo cierto es que esa época, la de las revistas impresas, parece estar llegando a su fin.
El tiempo de la revista Capital fue el tiempo de la Transición y la crisis de ese orden. Probablemente, fue una época más carnalmente consumista que los noventa, en los que el consumo tenía un aura, se hallaba todavía más simbólicamente ligado al dramático esfuerzo por escapar, en virtud de la marca, al origen, y gozaba de legitimidad.
La Capital tuvo, por dos décadas y media, la capacidad de desplegar una apertura componiendo el disperso y cambiante lugar. “Línea editorial”, le dicen a esa aptitud. Pero es también algo distinto, un cierto gusto y goce en dar cuenta de lo que acontece. Se acumularon columnas, otra vez, de Héctor Soto, después de Cristóbal Bellolio, Matías Rivas; entrevistas: a Alfredo Jocelyn-Holt, a Lech Walesa, a Fuguet, Marcelo Cicali, Mario Desbordes. Todo eso junto a una cuidada publicidad de automóviles, noticias de los estudios de abogado más resonantes de Santiago, notas sobre empresas novedosas o simplemente grandes, cine, barrios, restaurantes, vinos.
Esos cajones virtuales sobre los que se paran hoy los predicadores de pocos caracteres; la batahola, el ruido sin ton ni son, se han terminado imponiendo. La crisis de la prensa escrita es el reflejo de un momento de cambio de época, el “ocaso de la patria”, la “decadencia de Occidente”.
La figura es llamativa: la multiplicidad arrasa sobre los esfuerzos, aún los tenues, por componerla. El zumbido arrollador de las redes sociales pasa por encima de las líneas editoriales; el clamor informe de la masa sobre los intentos de llevar la diversidad a una cierta unidad. Entonces, esas frágiles totalidades que conforman los grupos de periodistas que ponen la cara o la firma, y que le permiten a la multiplicidad adquirir alguna forma y la posibilidad de ser la base de algo –una interpretación, una narración compartida, una patria–, entran en crisis.
La crisis se caracteriza precisamente por esto: el viejo orden colapsa, sin que aún logremos atisbar lo que vendrá. La forma deviene caos, sin que se avizoren los formatos del futuro. O tal vez sí.
La “estrella de la muerte” es el formato más ordenado posible. Las redes sociales con sus dispositivos de inteligencia artificial, a la vez que son avispero ensordecedor, se parecen mucho a esa unidad férrea donde la pluralidad es marginada. El financiamiento de los medios era un asunto que considerar. Pero resultaba posible todavía elevar la cuestión y los medios con firma estaban obligados a responder.
Ni los partidos polítidos, ni la Iglesia, ni los sindicatos, ni las organizaciones de última hora son capaces de articular vitalmente la existencia social, el pueblo, la experiencia religiosa. Hasta las marcas han perdido su aura. La inclinación a lo informe, al ruido sin melodía, se acentúa.
Esos nostálgicos, los historiadores del futuro, probablemente regresarán sobre las tenues unidades de lo múltiple que fueron las revistas: la Capital, la Mundo, la Rock & Pop, la Paula, la Zona de Contacto. El paso de la Edad Media a la Modernidad ilustrada estuvo marcado por el ocaso de las catedrales, donde se unían la pintura, los inciensos, la doctrina, la arquitectura, los cantos, hasta la actuación. Nunca más, ni con la obra total de Wagner, tuvo Occidente algo similar. En el paso desde la Modernidad tardía a lo que no sabemos qué vendrá, uno de los momentos característicos será el de la desaparición de esos lugares de encuentro que fueron las revistas en papel.