• 15 febrero, 2018

Instituto de Humanidades, UDP

En la derecha no se habla mucho de esto en público. Sin embargo, tiempo atrás escuché a un economista (hoy ministro) haciendo la contraposición entre “la economía” y “la ideología”. Sugería que la derecha debiera dejar atrás la ideología y concentrarse en lo real, la economía. ¡Como si el pensamiento económico –sea de la derecha, el centro o la izquierda– no contuviera y en sobreabundancia ideología! En la actitud del economista de marras se contiene la que podría ser llamada la idea del final de la política como su represión. Ese final consistiría en un estadio de prosperidad material, en el cual la gestión y las discusiones sobre medios terminarían reemplazando a las discusiones sobre fines, que devendrían ya innecesarias.

En la izquierda hay también quienes piensan en un final de la política, aunque de signo inverso: el final de la política como su superación. Esto lo dicen en la izquierda en voz alta y hasta lo dejan por escrito. Aquí el mercado –identificado como un contexto de encarnación del egoísmo– acaba por resultar abolido y se realiza, libres ya los seres humanos de él, una deliberación pública y participativa que acaba redimiendo al individuo. Este puede alcanzar, entonces –dejado atrás el egoísmo–, una identificación con la colectividad. En algún momento, el mercado y la política como conflicto y negociación quedarían en el pasado, y surgiría una ciudadanía fundamentalmente generosa y humanitaria.

Ambas posiciones lucen obviar la condición humana; que, cual decían Plessner o Schmitt, la política es tan inevitable como el dinamismo de la vida.

Cada individuo tiene dos aspectos fundamentales: de la cara hacia afuera, de la cara hacia adentro. De la cara hacia afuera, somos en medio de contextos sociales y comunitarios. En comunidad aprendemos el lenguaje y desarrollamos los afectos. El florecimiento de esa esfera comunitaria y social requiere una consideración cuidadosa de las condiciones bajo las cuales es posible. La desatención debilita no solo una dimensión humana, sino que, también, las capacidades solidarias de la agrupación respectiva. Es lo que ocurre cuando se reduce al ser humano a los límites de la economía, lo que termina importando cerrarse a experiencias de plenitud que solo se alcanzan colaborativamente.

Somos, empero, también de la cara hacia adentro. Cada individuo posee una interioridad única e insondable. En la esfera interior o íntima tienen lugar experiencias afectivas, cognoscitivas y estéticas de las más intensas que puedan vivenciarse. Esa esfera requiere contar con los medios para subsistir frente a las fuerzas que se le puedan oponer. Esto significa, dado el hecho del Estado y la política, contar con recursos económicos que garanticen la independencia del individuo, asentar su espontaneidad en una economía privada robusta. Reducir, en este sentido, al ser humano a los límites de un proceso público-deliberativo, apuntando incluso (bajo la idea de que el mercado es inmoral) a quitarle los medios para contar con recursos económicos suficientes, importa el riesgo de dejarlo sujeto a la lógica político-deliberativa y de soslayar su singularidad.

El reconocimiento de ambas esferas es condición de una política no reduccionista. Ese reconocimiento supone la admisión de una tensión entre las dos facetas identificadas, a saber, la íntima y la pública. Esa tensión es fuente de lo que puede calificarse como un dinamismo insuperable de la política. La política existe en la tensión de los ámbitos público y privado, en el reconocimiento y eventual desconocimiento, en las inclinaciones hacia una u otra de ambas dimensiones identificadas, de la intimidad y la colaboración.

Puesto el hecho de la diversidad de aspectos –público y privado– de lo humano, y de la tensión entre ellos, la preocupación por tender puentes es la exigencia para una política no reduccionista, fanática o violentante, ni a manos del economicismo que podría desbordar desde el nuevo gobierno, ni a las del asambleísmo, que se anida en sectores de la futura oposición.