• 24 julio, 2008

 

Los círculos de poder de Hugo Chávez se deterioran, como consecuencia –entre otras cosas- de los propios errores del presidente venezolano. Por ejemplo, su defensa inicial a grupos terroristas como las FARC.

 

El 1 de marzo de 2008 podría recordarse como el día en que el sol comenzó a ponerse en el “Imperio Bolivariano”. Temprano esa mañana, el líder narcoterrorista Luis Edgar Devia, alias Raúl Reyes, murió con motivo de un ataque de las fuerzas armadas colombianas a un campamento de la guerrilla en la frontera con Ecuador. El incidente inició una tormenta de fuego que podría incluso consumir al imprudente y corrupto presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Meses antes, en enero, los discípulos de Chávez aplaudieron efusivamente en la asamblea nacional de Venezuela cuando su máximo líder concedió el estado legítimo de “beligerantes” a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y al más pequeño Ejército de Liberación Nacional (ELN), y los reconoció como parte del movimiento bolivariano.

Chávez estaba tan indignado con que el gobierno colombiano hubiera matado a su “compinche” terrorista, que se lanzó él mismo y a su país en una guerra que no podían ganar. Ordenó a sus militares que desplegaran tanques para cerrar la frontera, clausurando el comercio con Colombia, paso que es vital para ambos países. Es probable que el teniente coronel Chávez sea el único líder militar en la historia que haya atacado a sus propios medios de suministro.

A los pocos días, las autoridades colombianas comenzaron a liberar los primeros de miles de computadores dañados en el ataque, que contenían documentos que implicaban a Chávez, a oficiales del gobierno ecuatoriano y a otras personalidades en el apoyo a las FARC. La oposición interna, el Frente Patriótico del demócrata Oswaldo Álvarez Paz, denunció la alianza de Chávez con las FARC como una traición contra Venezuela y un alto comisionado de la respetada organización INTERPOL autenticó que los documentos de Reyes implicaban a Chávez en el apoyo a las FARC.

En junio, el gobierno de Estados Unidos sancionó formalmente a un importante diplomático venezolano por amparar al grupo terrorista Hezbolá. Es bien claro que las autoridades estadounidenses están revisando cuidadosamente las cooperaciones entre el campamento de Chávez y las FARC.

La espectacular liberación de tres contratistas colombianos, de la política colombiana Ingrid Betancourt y de otros once rehenes fue un gran golpe a la campaña bolivariana internacional de Chávez. Incluso antes del rescate de Betancourt, Chávez emitió un humillante rechazo a las FARC, llamando al grupo a liberar a sus rehenes y a dejar las armas incondicionalmente. “En este momento en Latinoamérica, un movimiento guerrillero está fuera de lugar”, aconsejó Chávez. Y lo han forzado a lograr la paz con Uribe.

En casa, Chávez ha tenido que recurrir a tecnicismos para impedir la competencia de populares figuras de la oposición en las próximas elecciones regionales y locales. A pesar de utilizar las políticas públicas del Estado para imponer su absoluto control sobre las cortes, asamblea nacional y la comisión electoral, la escasez de alimentos, el crimen desenfrenado y una asombrosa corrupción lo han llevado a niveles cada vez más impopulares e inestables.

Tanto los militares que apoyan a Chávez como los que lo apoyan dentro de su propio movimiento bolivariano se preguntan actualmente si su imprudente e inmoral apoyo a los terroristas los conducirá a una acusación de Estados Unidos o a una guerra que no pueden ganar. En pocas palabras, el hombre que pretender ser la representación del eterno Simón Bolívar parece estarse quedando sin tiempo.


El autor, un funcionario de la administración de George W. Bush, es becario visitante del American Enterprise Institute en Washington y director del estudio jurídico Tew Cardenas LLP en Miami, que representa a gobiernos extranjeros y empresas privadas.