• 6 marzo, 2009

 

Si lo “diferente” del sistema cubano es que produce un gobernante en 50 años, que luego cede el poder a su hermano, con prensa única y prisioneros de conciencia, entonces la presidenta necesita repensar sus conceptos políticos. Por Alfie Ulloa


El viaje presidencial a Cuba resultó la crónica de un error anunciado. Una vergüenza para la presidenta, un retroceso para la imagen de Chile y un deterioro en su capacidad diplomática. Una ofensa a los empresarios usados de coartada
y una bofetada a quienes soñamos con una Cuba democrática. También, un impasse que debilitó a Raúl. Sólo benefició a las fuerzas más retrogradas en Cuba y, de paso, al clamor boliviano por el mar.


Aquí, y por otros medios, se le advirtió a la presidenta de los riesgos. El viaje no respondía a ninguno de los objetivos de política exterior del país y, por lo mismo, no valía la pena. El mayor riesgo: enfrascarse en una expedición a la más antigua dictadura de la región. Reconociendo que el viaje podía servir a la democratización cubana se le recomendó aclarar sus objetivos para sopesar los beneficios esperados con los riesgos visibles. Pero pudieron más el empeño presidencial y la inexperiencia diplomática de Palacio.


Si antes era obvio que era un viaje personal y nostálgico, ahora es imposible negarlo. La presidenta quería una foto con Fidel, un trofeo para su pared. Por eso no convencen las declaraciones posteriores restando importancia a sus palabras o clasificando el asunto como “visita de cortesía al ex gobernante”. Si es sólo un señor jubilado al que debemos ignorar, ¿por qué tanta algarabía, gasto y empeño en sacarse.la foto?


Es cuestión de comparar las declaraciones luego de la reunión. Primero todo era felicidad. Los presidentes de Panamá y Ecuador no pudieron fotografiarse con Fidel; Bachelet, sí. Más aún, la reunión Bachelet-Castro duró 90 minutos; mientras Kitchner-Castro, apenas 40 minutos. ¡Chile es especial! Y los mensajes, joviales, aunque vacíos: conversación de “altura” sobre problemas de “interés para Chile y Cuba”. Y luego, el fiasco. Ya no era el bochorno de ver a la presidenta trotando urgida a una cita a ciegas. O que él reconociera que tenía mínimo interés en reunirse con ella. Ahora el primer punto de la agenda exterior chilena (sus problemas limítrofes al norte) estaba en juego. No más diplomacia improvisada, era el tiempo de Foxley. El tiempo de declaraciones duras, aunque inútiles. Fidel hizo, como acostumbra hacer cuando sus interlocutores valen poco para sus intereses, una movida mediática que le puso en las portadas y dejó al resto en ridículo. Y de paso, eliminó la discusión de fondo que debería ocuparnos, la represión política que impera en Cuba.


Que la izquierda extraparlamentaria se haya reunido en Cuba a discutir la exclusión de sus partidos en Chile demuestra un nivel de hipocresía peligroso. Reclamar derechos políticos allí donde la Constitución consagra la exclusividad de un único partido es una bajeza. Que la presidenta agradezca a la “Revolución Cubana” y no al pueblo cubano por acoger a los exiliados chilenos es otro error histórico. Pero que la presidenta defina Cuba como una “democracia diferente” es inaceptable. Si lo diferente es que su sistema político produce un gobernante en 50 años, que luego cede el poder a su hermano, una prensa única y prisioneros de conciencia, entonces la presidenta necesita repensar sus conceptos políticos.

Si la isla fuera democrática, alguien de la comitiva chilena se habría reunido con representantes de otras tendencias políticas. Pero todas las solicitudes (humanitarias y políticas) que llegaron a la embajada en La Habana fueron ignoradas. Se ignoró a Hilda Molina, que lleva quince años tratando de salir del país, tras pasar de ser diputada y eminente neurocirujana (fundadora del Centro Internacional de Restauración Neurológica que la presidenta visitó para firmar un convenio) a critica del gobierno y, por ende, una traidora; a las de la Damas de Blanco, madres de los prisioneros políticos; y a Vladimiro Roca, presidente del Partido Social Demócrata (proscrito) y representante de la concertación (la palabra viene al caso) de partidos opositores.


Lo que más impresiona del viaje y marca una línea respecto de los mandatos previos son la liviandad con que se usa la investidura presidencial y la indiferencia al impacto de sus acciones. Lo otro es el secretismo, digno de la clandestinidad en una era de desconfi anza mutua. La presidenta Bachelet hablará cinco idiomas, pero comunica muy poco. Si no fuera por Fidel no sabríamos de qué se habló en aquella reunión. Atrás queda la claridad de Estado que hizo de Chile un referente internacional al enfrentar públicamente a Bush en su afán de invadir Iraq y a Castro por su violación a los derechos humanos. Pareciera que la facultad presidencial en política exterior funciona únicamente cuando el presidente tiene visión de Estado.