Mientras algunos de su contemporáneos caen en desgracia, las películas del autor de La naranja mecánica se las arreglan para permanecer dentro del canon. Una lujosa edición de sus obras (casi) completas llega a fines de mes para dar testimonio de su porfiada vigencia. Por Christian Ramírez

  • 20 mayo, 2011

Mientras algunos de su contemporáneos caen en desgracia, las películas del autor de La naranja mecánica se las arreglan para permanecer dentro del canon. Una lujosa edición de sus obras (casi) completas llega a fines de mes para dar testimonio de su porfiada vigencia. Por Christian Ramírez

¿En qué momento una película se convierte en clásico? Si me hubieran preguntado esto a fines del siglo pasado –en los albores del hoy casi obsoleto formato DVD- la respuesta sería una sola: cuando es capaz de reflejar a plenitud la época en que fue realizada. También, cuando se convierte en una ventana, en un crisol que ilumina la forma en que contemplamos nuestro presente.

La respuesta actual, en los días de las descargas y el 3D, es harto menos romántica: un clásico de cine es aquel capaz de regresar en múltiples ediciones sin que su mercado potencial se sature.

El ciudadano Kane, que por estos mismos días cumple venerables 70 años, sería el perfecto exponente del viejo concepto, porque -pese a su tremenda importancia cultural- sus ventas simplemente no alcanzan para justificar una edición que reemplace a la de hace diez años, de modo que en 2011 no habrá publicación de aniversario de la cinta de Orson Welles. ¿Un clásico en lenta retirada? Quizás.

Al revés: para este 31 de mayo está planificada la aparición de la atractiva Stanley Kubrick Limited Collection, un paquete que contiene nueve filmes del director y que en rigor se trata de la tercera edición de sus obras “casi” completas en apenas 11 años. Tal cual. ¿No será demasiado?

La moda K

Es oportuno preguntarse en qué momento Kubrick se sacralizó de tal manera y si las ventas de sus cintas digitalizadas son tan generosas como para explicar el fenómeno de las continuas reediciones. Porque al momento de su muerte el panorama era todo lo contrario. Cuando el director de Nacido para matar falleció a principios de marzo de 1999, a sus 70 años, su legado cinematográfico estaba bajo severa cuestión. No había estrenado nada en más de una década, se había pasado dos años y medio rodando y posproduciendo en total secreto Ojos bien cerrados, al punto que nadie sabía entonces si estaba realmente terminada (lo estaba, sin embargo). Y si bien la Academia le había otorgado un premio honorario a su carrera, los estudios que poseían su catálogo no estaban muy dispuestos a celebrarlo. En 1998 la MGM ni siquiera se molestó en restaurar copias de 2001 para celebrar los treinta años del filme.

Claro, su muerte -vista por muchos como prematura- cambió las apuestas: el viejo realizador se había ido en pleno auge del DVD; medio mundo ahora quería entrar en contacto con sus películas tal como él las había concebido y el efecto no se hizo esperar. En 2001 apareció la primera Stanley Kubrick Collection, directamente supervisada por los herederos. Una enorme caja que contenía todos los filmes controlados por Warner Bros. (fuera quedaban Killer’s kiss, The killing, Paths of glory, Espartaco y Dr. Insólito), pero que en su triunfal apuro cometió un pequeño desliz: usó las versiones que Kubrick había preparado para la televisión y que rápidamente quedaron sobrepasadas con la llegada de las pantallas planas.

No importa. Era la excusa perfecta para venderlas otra vez, de modo que en 2007 la Kubrick Collection volvió a cabalgar, esta vez complementada con la aparición de los primeros blu ray del director, sólo que dos títulos claves no llegaron: Lolita (1962) y Barry Lyndon (1975). Obvio, eran los que menores ventas tenían.

Corte a 2011: el “error” ha sido reparado; en la caja ahora van integradas Espartaco y Dr. Insólito y un bonito libro ilustrado. Pero cabe una duda: ¿qué estarán dejando fuera para la cuarta edición?

Clásicos remozados

El caso bien puede compararse al de otros iconos del cine, que regresan por sus fueros cada vez que un nuevo formato hace su debut. Haya sido en Betamax, VHS, Laserdisc o HDDVD, las películas de John Wayne y Clint Eastwood, los filmes de Bond; así como Casablanca, Lo que el viento se llevó y El mago de Oz siempre están allí para cruzar la meta antes que los otros, listas para reformatearse.

Por estos días la lista se completa con títulos más recientes como El padrino o Taxi driver, justo en el momento en que decenas de DVDs de cintas legendarias salen de circulación para no volver, porque los estudios no quieren gastar en reimpresiones. Literalmente, el mercado les está quitando la certificación.

Así las cosas, difícil que ello le ocurra en el mediano plazo a los filmes de Kubrick: basta mirar la pureza de las imágenes contenidas en los blu ray para advertir hasta qué punto responden a nuestra primera definición de un clásico. A su manera, películas como 2001 y La naranja mecánica afectaron de forma indeleble nuestra noción de modernidad arquitectónica; hoy podemos mirar El resplandor y ver claramente en su interior un brutal retrato de las patologías sociales de la Norteamérica de posguerra; ir hasta Espartaco y observar el extraño espectáculo de una superproducción de izquierdas instalada en plena guerra fría; llegar de golpe a Ojos bien cerrados y dar testimonio de combates conyugales que se han prolongado en occidente por más de un siglo.

Y la guinda de la torta se llama Barry Lyndon, el filme que Kubrick extrajo desde las cenizas de su monumental e inacabado proyecto sobre Napoléon –que debería haber rodado en 1970-, y que hoy por hoy debe ser uno de los retratos cinematográficos más acabados acerca de la condición humana, sus pequeños logros e inacabable catálogo de miserias.

Así que para algo, al menos, ha servido la persistente reedición de sus obras en la era digital. Mientras Fellini, Bergman y Truffaut –por nombrar a los más famosos entre sus contemporáneos- han ido convirtiéndose en artículos de diccionario y gusto de unos pocos, el porfiado Stanley todavía es un autor popular y, por ahora, digno de reeditarse. Una y otra vez.