¿Qué hay detrás del alto nivel de estrés de los chilenos? Para nuestra columnista, no sólo las consecuencias del alza en el costo de la vida o una competitividad que a veces se vuelve excesiva. Lo que nos falta es construir una sociedad a escala humana. Por Cristina Bitar

Hace unas semanas se publicó una investigación acerca de la realidad del estrés en nuestro país, de la Universidad Adolfo Ibáñez. Las conclusiones no fueron muy alentadoras: uno de cada cuatro chilenos tiene un alto grado de estrés. En el informe aparecen ciertos patrones que nos deberían preocupar aún más como sociedad: mientras que sólo el 14% del grupo ABC1 presenta un alto nivel de estrés, en los sectores socioeconómicos D y E esta cifra se duplica a un 30%. Es decir, el grupo más vulnerable a las alzas de precios y al desempleo, y con menos recursos para enfrentar la crisis económica actual, es el más afectado por la tensión y el agobio.

En Chile se ha aumentado significativamente el gasto social en los últimos años, pero esto no se ha traducido en que los niveles de angustia de los más pobres se reduzcan.

Además, las personas con mayores niveles de estrés son las dueñas de casa, no los gerentes de grandes empresas, ni los políticos. Un 41,7% de ellas se siente extremadamente tensionada. Si esto se cruza con el punto anterior, podemos decir que las encargadas del hogar con menores niveles de ingreso son muy probablemente personas estresadas y poco satisfechas con sus vidas. Esto es dramático cuando son estas mujeres las que usualmente actúan como pilares de los hogares, administrando los recursos (que se hacen cada vez más escasos) y apoyando a sus hijos en su educación. Esto no sólo les hace mal a ellas, sino al país, en su conjunto.

Hay una diversidad de causas de esta situación a la que hemos llegado. Algunas, obvias, y otras no tanto.

Por un lado, están aquellas situaciones contingentes que evidentemente afectan la salud mental de los chilenos. Los temas que más nos preocupan, según el estudio, son las constantes alzas del costo de vida, la inseguridad ciudadana y las deudas. Todos estos son problemas que deben ser enfrentados y considerados en políticas públicas más eficientes. Estas temáticas no sólo producen un daño por sí mismas, sino que además nos generan, como país, tensión y falta de tranquilidad. Así, la mochila de responsabilidades de los que planifican y ejecutan políticas públicas se debería hacer más pesada, al considerar que entra en juego la salud mental de los chilenos, base de cualquier deseo de desarrollo acompañado de mejoras en calidad de vida.

En este sentido, políticas enfocadas a reducir los altos niveles de inflación, disminuir la delincuencia y favorecer el ahorro son claves. Pero lo fundamental es una política de salud mental efectiva y al alcance de todos los chilenos.

Sin embargo, el factor que considero más importante para haber llegado a las cifras antes planteadas tiene que ver con variables de mucho más largo plazo, más profundas y difíciles de modificar.

En el grupo ABC1 probablemente asociado al problema del estrés hay un problema de valores. Un exceso de lo que podríamos llamar “exitismo” que nos lleva a vivir en función del estatus y de bienes materiales, cuya consecución y mantención termina provocando agobio. Los bienes, que deberían ser fuente de libertad y, por lo tanto, de seguridad, se han transformado en un verdadero yugo que nos atormenta día a día. Probablemente nos haría mucha falta recordar la frase de San Francisco: “deseo poco, Señor, y lo poco que deseo, lo deseo poco”.

Distinta es la situación de otros estratos sociales, para quienes la necesidad económica no tiene que ver con un problema de apariencias sino verdaderamente de sobrevivencia. El desarrollo de una sociedad de mercado, en que prima la libertad trae, sin embargo, asociado un costo en materia de inseguridad social. Alta rotación en el empleo, alto costo de la salud, sobrevida larga en que las personas no tienen los recursos para mantener un nivel de existencia digna, educación cara. Es una sociedad competitiva y difícil para aquellos que no han tenido acceso a las herramientas necesarias.

El resumen es que necesitamos construir una sociedad a escala más humana, en que el trabajo y el colegio estén a menos de veinte minutos de la casa; en que el problema económico sea sólo un medio que se requiere resolver para vivir, pero que no es la respuesta al problema de la felicidad, y en que se revaloriza la familia como centro de un sistema de valores y prioridades muy distinto del que hemos estado construyendo en una sociedad que ha migrado hacia un materialismo y niveles de competencia que no nos hacen mejores ni más felices.