Durante los noventa y los dos mil, la santísima trinidad del emprendimiento, la innovación y el liderazgo se instaló en el discurso político, económico y cultural. Inundó el mundo público y el privado. Se instauraron premios en su nombre y sendos cursos en las universidades. Tres ideas que se convirtieron en estandartes de una generación hambrienta por crear valor y distinguirse de la competencia. El emprendedor, el innovador y el líder se elevaron como modelos de virtud libremercadista.

Paradójicamente ha sido bajo el mandato de Sebastián Piñera –cuya tribu social adora la mencionada trinidad– cuando ha caído la valoración que tiene la ciudadanía sobre estos conceptos. O al menos, parte de la ciudadanía ruidosa.

En efecto, la idea de emprendimiento está profundamente asociada a la generación individual de riqueza. Y toda generación de riqueza produce cierto grado de desigualdad. Dicho de otro modo, impulsar el emprendimiento es aplaudir el espíritu de diferenciación. Otros dirán que se trata de una abdicación de los deberes del Estado en mejorar las condiciones del pueblo, una especie de “sálvate solo”. En consecuencia se establece una amplia gama de bienes posicionales que reflejan esa diferencia, lo que inevitablemente genera dinámica de segregación. Cuando los movimientos sociales reclaman mayores niveles de inclusión, integración y cohesión social indirectamente le están disparando a los valores matrices del jaguar liberal. El derecho a emprender incorpora tanto la noción de riesgo como la garantía del mérito. La aspiración igualitarista de los últimos años, en cambio, no concibe que las recompensas vitales estén asociadas al riesgo y al mérito sino al simple status de ciudadano.

Por eso se ha dicho que el nuevo relato de la izquierda chilena pasa más por la inclusión que por la meritocracia. Esta última implica que el mejor del curso en un contexto vulnerable se gana el derecho de emigrar de su origen para llegar lo más alto que sus talentos le permitan en la vida. La idea de inclusión, en cambio, descansa sobre una preferencia normativa distinta: que el mejor del curso se quede en su escuela de origen para no dejar atrás a los más débiles que, sin su contribución, quedarían irremediablemente marginados por el sistema. El problema es que todo emprendimiento necesita abandonar el lugar de origen y volar con alas propias, lo que en cierto sentido lo hace incompatible con la lógica de inclusión.

Éste es un debate complejo donde por supuesto caben matices. Lo importante es que el sector empresarial entienda sus fundamentos ideológicos y sus consecuencias prácticas. El héroe de los nuevos tiempos ya no es el joven creativo que con su esfuerzo consigue un capital semilla y después de varios años crea su propia empresa. Es más bien el dirigente social que articula demandas colectivas que usualmente apuntan contra la desigualdad. Si la centroderecha económica quiere seguir apostando por el estereotipo del emprendedor, genuinamente convencida de que se trata del elemento determinante para hacer crecer la economía y apostar al desarrollo, debe salir a dar esta batalla con convicciones ideológicas claras y definidas. No basta con victimizarse frente a las cámaras y alegar inocencia frente al abuso. Se requiere un refuerzo positivo de los fundamentos del emprendimiento. Se requiere volver a evangelizar en nombre de la santísima trinidad.•••