Rodrigo Delaveau
Abogado constitucionalista

El juego democrático funciona muchas veces como un gran computador cuyo sistema operativo (DOS) requiere cada cierto tiempo de actualización, limpieza de virus y, con menos frecuencia, un cambio en los programas. Así, el Senado acaba de aprobar una reforma sustantiva al sistema electoral, reemplazando al binominal por un modelo proporcional corregido.

Como se ha sostenido muchas veces, es raro encontrar sistemas electorales buenos o malos en sí mismos: todos tienen virtudes y defectos. En estricto rigor, todos sirven de peor o mejor manera a determinados fines u objetivos. El sistema binominal hacía una clara opción por la estabilidad política trasladando la discusión de después de la elección –con los costos que ello significa– a antes de ella, lo que obligaba a las fuerzas políticas a ponerse de acuerdo reduciendo la conflictividad.

Desechada la preferencia por la estabilidad, nuevos paradigmas han tomado su lugar, entre ellos la representatividad, respecto de la cual el proyecto crea diversos redistritajes, 47 nuevos puestos de parlamentarios, y rediseña completamente las dinámicas electorales. Frente a este escenario, es posible llamar la atención en varios aspectos.

En primer lugar, existe una abierta contradicción entre el aparente discurso descentralizador o regionalizador –punto al que, al parecer, todos tenían conciencia de profundizar, incluso a nivel constitucional– y el diseño final materializado en el proyecto. En efecto, la proporción de parlamentarios por la Región Metropolitana aumentará considerablemente. Se dirá entonces que “Santiago tiene más población”, pero bien es sabido que la variante población no es la única por representar en un sistema democrático, ya que una de las esencias del mismo es dar adecuada cabida y respecto a las minorías, entre las cuales la más significativa es, sin duda, quienes no viven en la capital. Con eso se profundiza aún más la asimetría electoral –no poblacional– de las regiones, donde efectivamente algunas valdrán jurídicamente más que otras.

Una segunda interrogante se refiere a la nueva oportunidad perdida para materializar, de una vez por todas, el sabio principio constitucional que garantiza siempre la plena igualdad entre los independientes y los miembros de partidos políticos, tanto en la presentación de candidaturas como en su participación en los procesos electorales, al tenor del artículo 18 de la Carta Fundamental. Lo anterior, dado que los partidos podrán siempre presentar un candidato más que el total de vacantes que se necesita llenar. Ni siquiera discutamos la fórmula para reemplazar parlamentarios.

Pero, probablemente, la variable menos analizada es que ahora las barreras de entrada para los candidatos desafiantes serán mucho mayores. En efecto, si consideramos que los nuevos aspirantes a un sitial parlamentario tienen el mismo tope de gastos de campaña que los incumbentes –tope que probablemente será rebajado– y que tampoco pueden darse a conocer, por ejemplo, iniciando su campaña con algo de anterioridad, difícilmente resultarán electos.

Al respecto, llama la atención que la opinión pública se desgaste inútilmente en esporádicas campañas en contra de la reelección de autoridades –que, resulta muchísimo menos dañina en parlamentarios que en alcaldes, dado el aparato de poder y dependencia de los ciudadanos que genera– donde en realidad el problema se encuentra en las barreras de entrada que encuentra cualquier candidato que quiera desafiar a quien ya ostenta el cargo en la actualidad, aun dentro de un determinado partido. A lo anterior debemos sumar que las primarias, antes alabadas como instrumento efectivamente democratizador, hoy no sólo aparecen limitadas sino inútiles, dada la conformación de lista que presenta el modelo electoral.

Así, más que un traje a la medida para un determinado sector político, el nuevo sistema electoral podría constituir en un sistema operativo diseñado para incumbentes, transformándose en un modelo gatopardeano, donde todo cambia precisamente para no cambiar jamás. Finalmente, el que sufre es el sistema democrático, que pierde agilidad y capacidad de renovación, lo que la ciudadanía no tardará en confundir con “problemas del modelo”.

Eric Schmidt, presidente por 10 años de Google y gran conocedor de la tecnología, decía que Washington D.C. era una máquina perfecta… de protección a los incumbentes. Es de esperar que la nueva apuesta de modelo electoral no sea un software que impida su actualización, o se tranque, ya que tarde o temprano los usuarios, cansados de apretar Reset, podrían terminar reemplazando el hardware completo por obsoleto.•••