Las personas que tienen más, sufren menos esta emoción. Ese es el diagnóstico del antropólogo Daniel Sznycer, quien ha estudiado la sicología de la vergüenza desde la óptica darwiniana. Si usted es de los que se sonrojan con frecuencia, sepa por qué le pasa.
Por Angélica Bulnes; fotos, Verónica Ortiz.

  • 22 septiembre, 2011

 

Las personas que tienen más, sufren menos esta emoción. Ese es el diagnóstico del antropólogo Daniel Sznycer, quien ha estudiado la sicología de la vergüenza desde la óptica darwiniana. Si usted es de los que se sonrojan con frecuencia, sepa por qué le pasa. Por Angélica Bulnes; fotos, Verónica Ortiz.

No es sólo un sentimiento desagradable que ataca en segundos, deja la cara colorada y la mirada directa hacia el suelo. Es algo tangible, que casi se puede tocar. La vergüenza es “un pedazo de cerebro, un trozo de tejido neuronal que está organizado por el proceso de selección natural para coordinar respuestas conductuales, fisiológicas y cognitivas, para hacer frente a la devaluación de los demás”, explica el antropólogo Daniel Sznycer.

Un pedazo de nuestras cabezas que a ratos nos transforma en unos seres tímidos, apocados y hasta sumisos. Hay personas que se van para adentro, mientras otras disimulan demostrando mucha personalidad para que nadie se dé cuenta de que están avergonzadas; pero todos la sienten, aunque haya algunos que la sufren mucho más que otros. Sznycer se ha dedicado a investigar por qué sentimos vergüenza y para qué sirve –si es que sirve para algo– desde la perspectiva evolucionaria, que plantea que muchas de las actitudes y sentimientos humanos no son aprendidos a lo largo de la vida ni responden a factores culturales, sino que se han ido desarrollando en el proceso de la evolución humana para permitir adaptarnos y sobrevivir.

Según la tesis que ha desarrollado este argentino –que hoy cursa un post doctorado en el Centro de Sicología Evolucionaria de la Universidad de California, Santa Bárbara–, la vergüenza es un mecanismo adaptativo que busca impedir, o al menos minimizar, los costos de que se conozca información nuestra que nos desacredita frente a los demás y que puede llevarlos a no querer asociarse con nosotros. “Si tú te mandas una embarrada, los demás bajan el dial que tienen sobre ti y tienen menos ganas de cooperar contigo. Cuando eso ocurre, te da vergüenza. Entonces, la sicología de la vergüenza se conecta con la evaluación que hacen de ti y con el honor”, explica el experto, quien estuvo en Chile hace algunas semanas invitado por la Fundación Ciencia y Evolución y el Centro de Estudios Públicos.

-¿Por qué se relaciona con el honor?
-Tiene que ver con algo histórico. Durante la mayor parte de la evolución no había una policía que defendiera la ley, el orden y los recursos del individuo. Entonces, la capacidad de proteger lo tuyo estaba determinada por tener una reputación que indicara que ibas a defenderlo fuertemente, sin dejar que te pasaran por encima. Ancestralmente, la reputación tienen un valor clave, porque es información en la mente de los demás acerca de cuánto peso tienes. Si ese peso es bajo, hay implicancias reproductivas y de vida o muerte.

-¿Cómo se diferencia la vergüenza de la culpa?
– Culpa y vergüenza son dos cosas distintas, y aunque en general van de la mano, también puede haber vergüenza sin culpa. Mi hipótesis es que aquí hay dos problemas ancestrales. Uno, hacer algo que ante los ojos de los demás produce devaluación y en eso puede haber una multitud de causas, como tener una infección, no ser fuerte, ser promiscuo, etc. Otra cosa distinta es poner poco peso en el bienestar del otro. Las personas tienen distintos puntos de equilibrio sobre cuán bueno es para ellas sacrificar su bienestar personal por el del resto. Por eso, cuando tú das a los demás menos de lo que ese equilibrio teórico predice, te da culpa.

-¿Y cómo explica tu teoría que las personas sientan “vergüenza ajena”, un sentimiento muy desarrollado entre los chilenos?
-Puede haber varias respuestas. Una es que haya schadenfreude, un término alemán que significa felicidad por la desgracia ajena: una emoción que existe, aunque no sea agradable admitirlo. También es posible que ésta sea el resultado de la capacidad de sentir vergüenza unida a nuestra capacidad de simulación: la mente tiene la capacidad de simular conductas para planificar la acción y no cometer errores en el mundo real. Así como los aviones se testean en los túneles de aire de las maquetas para evitar el costo de hacerlo con aviones de verdad, la mente hace lo mismo. Entonces, lo que pasa en esa circunstancia es que, como estás viendo a alguien en una conducta desgraciada, simulas su conducta y te da vergüenza a ti. Una tercera opción tiene que ver con una faceta de moralización: comentar con tus amigas qué vergüenza este tipo, es una manera de reclutar un consenso entre tus aliados y diferenciarte, intentando decir nosotros no somos así. Pero ahí es una vergüenza ajena medio tramposa porque, más que nada, estás moralizando sobre el otro.

Tener poco que ofrecer

-Tener vergüenza generalmente se ve como una debilidad, y la timidez es entendida como un problema. Pero tú propones que es un mecanismo defensivo que finalmente contribuye a nuestra existencia. ¿No es contradictorio?
-Como la gente prefiere a las personas animadas que a las tímidas y calladas, hay teóricos que ponen en duda que la vergüenza sea una emoción funcionalmente bien diseñada. Pero aunque es cierto que la inhibición conductual no es popular, la pregunta es cuál es la capacidad de dar beneficios o de negociación que tiene ese individuo tímido y vergonzoso.

-¿Te refieres a qué estaría haciendo si no estuviera avergonzado?
-Claro. Como decía Groucho Marx, más vale que los demás crean que eres tonto que abrir la boca y confirmarlo. Hay poca información, pero la hipótesis –y hay alguna evidencia que lo confirma– es que los individuos menos atractivos son más tímidos. Entonces, la predicción es que eres tímido si tienes poco para ofrecer. Si bien la timidez no es muy deseable, la pregunta es en relación a qué, y cuáles son los factores que la persona trae a la mesa para negociar: si se toman en cuenta factores como cuántos amigos tienes, cuán atractivo y fuerte eres y qué habilidades tienes, puede ser que la timidez sea un arma defensiva importante.

-¿Y qué tan eficaz es la vergüenza? ¿Ayuda realmente a minimizar el descrédito?
-Hay evidencia de que si Juan, por ejemplo, se manda una embarrada, la gente responde mejor cuando él produce este síndrome de apaciguamiento, de sumisión corporal y sonrojamiento asociado a la vergüenza, que cuando desafía y dice lo hago y qué. La vergüenza produce más tolerancia y sentimientos más benevolentes hacia la personas que cuando no se presenta.

El pronóstico de la vergüenza

-¿Cómo se explica en este contexto la existencia del sinvergüenza?
¿El que se manda embarradas y se sonríe? Aparece en la medida en que uno tiene alto estatus y capacidad de otorgar beneficios o imponer costos. Un rey, por ejemplo, puede hacer cosas que a un tipo común tal vez le darían vergüenza. Es la misma lógica que explica que un tipo pobre o físicamente pequeño tenga mucha vergüenza: si subes tu capacidad de negociación más y más, puedes contrarrestar la devaluación de los demás fácilmente. Si tienes a los otros a punta de látigo, significa que no tienen mucho efecto en ti, por lo cual da manga ancha para hacer cosas sin vergüenza.

-La vergüenza (o sin vergüenza) está ligada al poder…
-No lo diría así, sino que el poder pone un umbral muy alto para la vergüenza. Imagínate un déspota que tiene el poder absoluto sobre los destinos de la población. Cuanto más te acercas a ese poder total –que nunca existe completamente–, menos temes las repercusiones de lo que haces en la mirada de los demás. Es como si no tuvieras a nadie monitoreándote y entonces el sinvergüenzismo sí pasa por tener más poder. El poder te permite inhibir la devaluación de los demás: “no me vas a devaluar porque si lo haces yo te pego, o te quito beneficios, o, sencillamente, no te dejo que me evalúes”.

-¿Y qué demuestran tus estudios al respecto?
-La hipótesis es que cuanto más arriba estás en tu comunidad, menos proclive a la vergüenza eres. En los estudios, la gente que se presenta como más atractiva, o las personas que tienen más conexiones sociales o que tienen más iniciativa, reportan menos vergüenza.

-Es una emoción bien miserable, la sienten más los que tienen menos.
-Efectivamente, castiga más al que tiene menos.

-Distinto de la culpa, que uno pensaría que afecta más al que tiene más.
-Claro, afecta más al que dejó de ayudar. Esta relación de la que tú hablas es verdad cuando haces un análisis a lo largo de varios individuos: el que tiene más tiene menos vergüenza.

-De acuerdo a tu tesis, la vergüenza nació para hacer frente a desafíos ancestrales que son distintos a los actuales. ¿Cuán funcional es hoy en el mundo contemporáneo?
-Es difícil saber. June Tangney dice que como la vergüenza se asocia al dominio y la sumisión, es válida en el mundo ancestral donde se negocia con fuerza y no en el moderno, donde la moralidad viene dada por el compartir y la cooperación.

-¿Y tú qué crees?
-Es verdad que en estas sociedades occidentales con mercado, producción e intercambio, la evaluación de los humanos viene en buena medida dada por la capacidad de producir beneficios más que por quién es el más fuerte. Pero en otros sectores, o en otras sociedades, ser más fuerte o la posibilidad de negociar imponiendo costos sigue ocurriendo. Y mucho.

Vergüenza intercultural

Si hay culturas más vergonzosas que otras también ha sido objeto de estudio. Recientemente, Daniel Sznycer participó en una investigación que hace comparaciones entre Estados Unidos, el Reino Unido y Japón. Los resultados demuestran que la vergüenza aparece en todos los países estudiados y que si bien hay causas culturalmente específicas que la gatillan, hay otras situaciones que son universalmente vergonzosas.

-¿Qué tipo de acciones causan vergüenza en todas las culturas?

-Por ejemplo, que los demás descubran que uno ha sido poco generoso, especialmente cuando la necesidad de los demás es alta.
Además, en las tres culturas estudiadas las personas sienten más vergüenza frente a los extraños que ante personas conocidas cuando pasan cosas como, por ejemplo, tropezarse.

-¿Qué ocurre en esos casos en que una persona cambia de ciudad o país y se desinhibe al estar rodeada de extraños?
-Cuando estamos lejos de nuestro ambiente nativo, las personas de quienes dependemos no pueden monitorear nuestra conducta. Por lo tanto, la probabilidad de ser devaluado por esas personas y, consecuentemente, la vergüenza disminuyen. Esto es especialmente cierto cuando el nuevo ambiente facilita el anonimato. De hecho, hay evidencia experimental de que cuanto menos eres observado, menos cooperas con los demás. También puede haber menos vergüenza en un nuevo ambiente producto del desconocimiento de los valores o de las normas de la nueva población.

-Pero en tu estudio también aparecen diferencias, como que los japoneses son más vergonzosos que las otras culturas estudiadas, ¿o no?
-Frente a los amigos sí, no frente a los desconocidos. Los datos muestran que en Japón hay más intensidad de vergüenza frente a los amigos que en los países anglosajones. Eso ocurre en las sociedades en que la gente considera que hay más dificultad para establecer nuevas relaciones.

 

Darwin y las ciencias sociales
Fue la Fundación Ciencia y Evolución en conjunto con el CEP quienes trajeron a Daniel Sznycer a hablar sobre la vergüenza. El economista Harald Beyer, integrante de ambas organizaciones, explica que lo que les interesa es “es entender mejor el comportamiento humano en distintas situaciones. Creo que es útil para perfeccionar el diseño de políticas públicas, y siempre me ha parecido que los modelos tradicionales de las ciencias sociales son insuficientes para comprenderlo. En Chile la perspectiva evolucionaria prácticamente no se encuentra en los departamentos de ciencias sociales, y me gustaría sembrar algunas semillas y que gente joven se entusiasmara con ella”. En esa misma línea, el próximo invitado que traerán a Chile es Robin Dunbar, director del Instituto de Antropología Evolutiva y Cognitiva de la Universidad de Oxford. El estudia la arqueología del cerebro social y es autor del número de Dunbar, que postula que de nuestra capacidad cognitiva nos permite establecer relaciones sociales estables con un máximo de 150 personas.