Sembrar la desconfianza y cargar de sospechas el clima político con tal de menoscabar a los oponentes equivale a pegarse un tiro en los pies. Un precio demasiado alto para el calibre de los retos que tiene el país.POR ROBERTO SAPAG

En las últimas semanas, y a medida que se han ido conociendo desagregadamente los datos levantados por la última encuesta Casen de fines de 2011, las aguas del mundo político se han dividido y han dejado en distintas orillas al gobierno y un grupo de ex autoridades y dirigentes que se han inclinado por una lectura negativa de lo hecho por sus adversarios en materia de reducción de la pobreza y de la desigualdad entre los grupos de mayor y menor poder adquisitivo del país.
Más allá de lo contraproducente que pueda ser para la menguada reputación de la clase política salpicar de cuestionamientos la evidencia entregada (no la metodología, que muchos concuerdan se puede perfeccionar), el mayor error de la estrategia del descrédito mutuo es que refuerza que hoy no habría disposición de identificar temas en los cuales, más allá de las legítimas diferencias, el interés colectivo exige un trabajo mancomunado o al menos no cargado de desconfianza y odiosidad.
De lo contrario, lo que quedará en la retina de los ciudadanos luego de estas semanas de debate es que ayer y hoy se han entregado bonos no con criterios bien inspirados, sino que con el único fin de distorsionar los resultados de una encuesta. O que todos concuerdan en que el umbral de pobreza que contempla la Casen no es el apropiado, pero que nadie está dispuesto a corregirlo por miedo al costo político que supondría un alza en las estadísticas.
Así, por la vía de leer la realidad sólo con desconfianza, no sólo no se avanza, sino que se debilita la valoración del proceso que en poco más de veinte años ha permitido al país pasar de índices de pobreza superiores al 40% a niveles del 14%-15%. Quienes hoy salpican de malas intenciones el proceder de sus contrapartes, no hacen sino corroer la adhesión a la fórmula basada en crecimiento económico y políticas sociales que ambas partes saben está a la base de los avances obtenidos.
Así como los individuos pueden salir y volver a la pobreza, los países también pueden abandonar las fórmulas eficaces para lograr mayor bienestar de los ciudadanos. Los líderes políticos lo saben bien, porque la evidencia internacional tiene más de un ejemplo de países que se han estancado o derechamente retrocedido producto de un deterioro en el clima político. La natural tentación de rivalizar con los oponentes, como ocurre en años electorales, no debiera derivar en debilitar mecanismos que han funcionado de la forma en que lo revelan las cifras para el caso de Chile.
Lo anterior es especialmente relevante porque el camino que aún resta por recorrer es importante. Por años hemos oído que la meta de lograr un ingreso per cápita en el límite inferior del de las naciones desarrolladas está cada vez más cerca, y probablemente es así. Pero no hay que perderse, ya que ese hito no equivale a alcanzar el desarrollo. En rigor representa un logro cuantitativo relevante pero acotado, que da inicio a otro desafío aún mayor, como es comenzar a acumular capital humano y infraestructura que permita mantener y amplificar el bienestar a todos los ciudadanos del país.