Vendió su compañía en 50 millones de dólares al magnate estadounidense cuando aún era un joven treintañero. Tras esto, se convirtió en vicepresidente de Microsoft, donde llegó a manejar 10 billones de dólares. De Gates aprendió que hacer dinero no es suficiente, si no se genera un impacto social. Hoy, Will Poole se dedica a eso: hacer negocios impulsando cambios en Asia, África y Latinoamérica. En Chile ha comprometido a varios family offices.

  • 25 octubre, 2018

Fue uno de los cientos de emprendedores que se instalaron en Silicon Valley a comienzos de los 90 con el sueño de levantar alguna iniciativa exitosa. Creó dos empresas antes de pegarle el palo al gato. La tercera, e-Shop, fue pionera en el mundo: era una aplicación para el comercio digital, que entonces solo ocupaban unos pocos. Pero Bill Gates puso los ojos en ella y la compró por US$ 50 millones de dólares, cuando Will Poole (57), un techie graduado de la Universidad de Brown, entonces batallaba para sobrevivir en el duro mundo del startup, apoyado por su mujer, que durante años fue el sostén económico de su familia.   

Tras vender su firma, que se convirtió en el servidor comercial de Microsoft, Gates lo llevó a trabajar con él: lo instaló en el departamento de negocios de la compañía tecnológica, en momentos que la firma peleaba codo a codo con la gigante Netscape, que terminó desapareciendo. Llegó a ser vicepresidente de Microsoft y encabezó Windows Internacional, un negocio de 10 billones de dólares y 3.000 empleados que dependían de él. En sus 13 años en la gigante del software, fue la persona que inició los esfuerzos para enfocar el negocio hacia las necesidades de mercados emergentes, en donde muchos de sus ciudadanos no tenían los recursos económicos para comprar PCs, ni acceso a Internet. 

“Fue fascinante trabajar en una compañía que crecía vertiginosamente, pero el punto más importante fue que Bill Gates inspiró a muchos, incluido a mí, a que hay que tener un buen y gran propósito, además de hacer dinero. Eso cambió mi visión de la vida”, afirma Poole, quien de visita en Chile, realiza ya su tercera ronda con empresarios y family offices en el país. 

En el corazón de Microsoft, el departamento que Poole dirigió en esos años se dedicó a buscar la manera de hacer más asequible el negocio de Gates a distintas partes del planeta. Por ejemplo, impulsó que los teclados incluyeran nuevos idiomas y dialectos. Y crearon computadores para los internet cafés, para que más personas pudieran acceder a servicios que hasta ese minuto los mantenían excluidos. “Me di cuenta de que desde la perspectiva tecnológica el mundo era muy injusto, y que yo personalmente podía hacer algo para cambiar eso y encontrar la manera de hacer crecer nuestro negocio, solucionando los problemas para la gente de clase media y baja en el mundo de la tecnología”, recalca Poole, creador de Unitus, una empresa que invierte en proyectos en la India; y de Capria, una compañía financiera que ha levantado 250 millones de dólares entre los 16 fondos que maneja, y de aquí a un año pretende aumentar a 24, y manejar un monto tres veces mayor: 750 millones de dólares.

 

Las enseñanzas de Gates

En 2008, un año después de que Bill Gates dejara la primera línea de Microsoft para dedicarse de lleno a la filantropía, Will Poole decidió dejar la firma tecnológica con una idea clara: buscar un negocio que siguiera la línea que el fundador de la tecnológica le había transmitido. En simple, levantar una compañía que pudiera provocar un cambio social significativo en mercados emergentes. Fue cuando se asoció con Dave Richards, a quien había conocido en un juicio de libre competencia, cuando él representó a Microsoft, y su socio, a Real Networks, momento en el cual estuvieron en bandos opuestos, aunque hicieron buenas migas y decidieron apostar juntos por India. 

Poole, un hombre de clase media alta –su padre fue un economista de la Universidad de Chicago, reconocido académico que buscó oportunidades laborales en distintos lugares de Estados Unidos, y su madre, una mujer activa en el mundo de las ONG–, fue desde niño un fanático de la tecnología, que aún recuerda uno de sus más preciados regalos de esa época: un dispositivo electrónico para descubrir cómo desarrollar productos tecnológicos, incluidas instrucciones para hacer radio. Así, rápidamente, se transformó en programador.  

Instalado en Seattle, viajó a India con su socio, donde captó que había un billón de personas en ese país viviendo con unos pocos dólares al día, que había allí buenos emprendedores, que existía una infraestructura decente, reglas legales bastante claras y muchas personas con interés en invertir, pero poquísimos empresarios apostando por emprendimientos en su etapa inicial. Decidieron llenar ese vacío e invertir en capital semilla, considerando que un elemento estratégico en cualquier negocio era la escala, e India cumplía con creces ese requerimiento. Además, aún recordaba las enseñanzas de su mentor: apostar en mercados donde se puede hacer algo beneficioso y relevante para todos, algo que, según Poole, es una tendencia que llegó para quedarse, “influenciada por la ‘generación millennial’, a los que sí les importa en qué iniciativas se invierte su plata, porque tienen un sentido de responsabilidad con la sociedad, cosa que hasta hace pocos años no sucedía”.  

En la línea del esfuerzo filantrópico de Gates, durante cinco años, Poole dedicó la mitad de su tiempo a Social Venture Partners, hasta que le dio vida a Unitus Ventures, firma de capital de riesgo líder en India: analizaron 5.000 empresas durante cinco años y pusieron fichas en 23, todas enfocadas en educación, salud e inclusión financiera, de las cuales nueve han sido exitosas. Una de ellas es Cuemath, una iniciativa educacional que reconoció que los colegios en India no estaban impartiendo una enseñanza de calidad, para lo cual su creador confeccionó un libro para enseñar y capacitar a madres que no trabajaban para convertirlas en profesoras de niños de entre dos y ocho años. Empezó con 50 mamás, y ahora tiene a 1.500 mujeres que enseñan a 10 mil estudiantes por año. 

Lo que para Unitus significó una inversión inicial de 200 mil dólares, dos años más tarde, obtuvo un retorno 10 veces mayor, gracias a la venta de un porcentaje a Google. Luego, en 2017, Secouya compró parte de su paquete, y su retorno fue de 22 veces. Hoy siguen participando con un 7% de ese negocio. Una señal que muestra que caminan por buen carril: Gates no solo invirtió en ese primer fondo de 23 millones de dólares, sino que también lo hizo en el segundo, cuando Unitus levantó 40 millones de dólares en India. El magnate, poco acostumbrado a visibilizar las iniciativas en las que invierte, le permitió a Poole hacer público su apoyo, para estimular la participación en sus empresas a otros grandes empresarios. Además, los promueve como buen ejemplo de soluciones de mercado para problemas sociales. Así fue cómo reclutaron a Paul Allen, cofundador de Microsoft –quien murió la semana pasada–, Jim Sorenson y el magnate indio Mohandas Pai como inversores de sus negocios. 

 

Su foco en Chile 

Chile le cambió la vida a Will Poole cuando en su rol de ejecutivo de Microsoft, desembarcó en el país en 2003. Su foco: entender la región de Latinoamérica y las necesidades de los países emergentes. Se reunió con diversos empresarios y autoridades chilenos, una experiencia que, dice, “cambió mi vida: fue entonces que comprendí la importancia que la tecnología tenía para las personas, y descubrí que yo podía aportar en esa tarea de abrir espacios”, dice. 

Después de eso viajó a Brasil, México, India y Rusia. Pero tras dejar Microsoft, la región latina estaba fuera del foco de Capria, la empresa que creó en 2015 para apoyar a distintos fondos en Asia y África. Hasta que un día, su partner David Richards fue a dar una charla en la London Business School, la cual llamó la atención de un chileno, que cursaba su MBA en ese plantel académico: Juan Luis Palma, abogado UC, quien estaba interesado en explorar el área de las inversiones con impacto social, y que luego de esa presentación se acercó al ejecutivo con un objetivo claro. “Contarle que en América Latina había muchas necesidades sociales y más capital de lo que la gente pensaba para invertir en ellas”, dice Palma, al mismo tiempo que recalca que en ese mismo momento le ofreció que podía ser él quien desarrollara esa línea de negocios en Chile. 

Una semana después se reunió con Poole en Londres. Luego de un intenso interrogatorio sobre diversas materias, el empresario incorporó a Palma en la compañía, quien hoy desde Seattle opera como director de Capria para Latinoamérica.

Con Poole han estado cuatro veces en Chile. Este último año “evangelizando” sobre inversiones de impacto social, buscando y apoyando fondos de inversión, y reuniéndose con importantes empresarios. Ya tienen comprometidos a varios family offices, y uno de los dueños de Falabella, José Luis del Río, y su hija Catalina ya invirtieron en su fondo. Este año, además, estructuraron un feeder fund, con LarrainVial, a través del cual inversionistas chilenos podrán invertir en Capria. 

En mayo pasado, dos días antes de la cuenta pública, el presidente Sebastián Piñera los recibió en La Moneda. “La idea fue darle ideas concretas para promover la inversión de impacto en Chile y cómo atraer capital extranjero al país”, dice Palma.  

Dentro de los próximos dos años, Capria abrirá oficinas en Chile, desde donde pretenden liderar los negocios de la región. Pero el desafío más inmediato es levantar 20 millones de dólares en el país para apoyar a distintos fondos, cuyo único requisito para Poole es que, además de generar buenas rentabilidades, signifiquen una oportunidad para la gente.