• 21 abril, 2011



Tiendo a ser optimista respecto de que los sólidos cimientos sobre los que se ha consolidado la economía peruana no podrán ni querrán ser eliminados de la noche a la mañana.


El pasado domingo 10 de abril se realizaron las elecciones presidenciales en Perú. Los resultados dieron como puntero a Ollanta Humala, quien será enfrentado por Keiko Fujimori en una segunda vuelta. Este resultado revela muchas cosas: falta de institucionalidad en los partidos políticos, exceso de ambición por parte de los sectores “conservadores” y que los discursos tradicionales están cada vez más alejados de la ciudadanía. Pero, sobre todo, la jornada de ese domingo dejó al descubierto que el crecimiento económico no es lo mismo que el desarrollo y que, por lo tanto, la teoría del chorreo no existe.

La elite peruana el lunes amaneció cabizbaja, preocupada, como sin entender qué había ocurrido. Por su parte, el pueblo se había hecho escuchar y la democracia demostraba una vez más que cuando la ciudadanía quiere un cambio, es capaz de lograrlo. Las dos caras de un mismo hecho, las dos combinaciones de las mismas letras: mientras para algunos las votaciones obtenidas por Ollanta y Keiko simbolizan que el Perú está OK, para otros revela más bien que entró en un estado de KO.

El actual premio Nobel de literatura se refería a estos candidatos como el cáncer y el sida. Hoy, con este duelo en ciernes, prefiere decir que aquí se puede producir “el suicidio o un milagro”. Las palabras de Vargas Llosa me hicieron recordar –guardando las proporciones–, aquella frase de George Soros del año 2002, en las que señalaba que Brasil estaba obligado a elegir a José Serra o a sumergirse en el caos si el victorioso resultaba Lula da Silva. En Chile, para la elección del año 2000 también se decía que Lagos iba a paralizar el país y que la inversión caería.

Los datos revelaron que en Chile ello no ocurrió. De hecho, el lunes siguiente a la primera y a la segunda vuelta, los mercados abrieron al alza. Pero no fue así en el caso de Brasil en 2002 –el Bovespa cayó 6% y luego subió un 15%–, ni en el de la reciente elección en Perú, donde la bolsa cayó un 3% el lunes 11 de abril.

En la mayoría de los casos en América latina, los mercados reaccionan a los procesos electorales. Lo anterior demuestra que los inversionistas parecieran ser mucho más distantes al riesgo de lo que normalmente son al momento de tomar decisiones en sus respectivas industrias. ¿Significa esto que toman decisiones emocionales sobre la base de temores irracionales ante los cambios políticos?

Perú está en un dilema: ¿OK o KO? Los medios de comunicación, las empresas y la sociedad civil tienen un rol que cumplir. Un país polarizado durante los próximos meses no le conviene a nadie, enrarece el ambiente social y pone trabas al actuar de fuerzas centrípetas propias de una elección presidencial en que sólo gana uno. Un sector empresarial reaccionario, dedicado a bloquear, amenazar y augurar las penas del infierno en caso de salir electo uno u otro candidato impedirá a estos últimos moverse hacia el centro y tender puentes hacia sectores más moderados de la sociedad, incluidos los mismos empresarios. Al fin y al cabo, uno de ellos terminará siendo elegido.

Fujimori y Humala están lejos de ser Lula y tiendo a creer que tampoco son Chávez ni Fujimori padre. Los hechos demostrarán si estamos frente a discursos más moderados para ganar votos o frente a un cambio real que deja atrás la radicalidad y las ambiciones personales para construir un Perú mejor. Tiendo a ser optimista respecto de que los sólidos cimientos sobre los que se ha consolidado la economía peruana no podrán ni querrán ser eliminados de la noche a la mañana. Los grandes desafíos están en seguir la senda del crecimiento y en fortalecer las instituciones. Porque claro está que la ciudadanía le ha exigido a Perú cambios profundos para poder fortalecer su democracia y avanzar hacia mayores niveles de desarrollo. De lo contrario, será cosa de tiempo para que llegue un presidente populista y nacionalista que no sólo lo parezca, sino que lo sea.