Días antes de la renuncia de Pablo Longueira, a propósito de la discusión del cambio del sistema electoral binominal, ya se empezaba a evidenciar la profundidad de la crisis de la derecha. Los resultados de las elecciones municipales del año pasado presagiaron malas noticias. Las primarias confirmaron los oscuros augurios. Las dificultades del “sector” […]

  • 26 julio, 2013

 

Días antes de la renuncia de Pablo Longueira, a propósito de la discusión del cambio del sistema electoral binominal, ya se empezaba a evidenciar la profundidad de la crisis de la derecha. Los resultados de las elecciones municipales del año pasado presagiaron malas noticias. Las primarias confirmaron los oscuros augurios. Las dificultades del “sector” habían dejado de ser simplemente problemas de egos o disputas de liderazgos, para transformarse en un amplio pantano político, estratégico y cultural. Con convicciones dudosas respecto de su futuro, sufriendo una competencia inclemente entre sus líderes y anclada en una lógica defensiva, a la derecha le han pasado cosas en los últimos años que no ha sabido procesar. Hoy, enfrentada a esta elección presidencial imposible, el problema de la derecha no es sólo electoral, es de perspectivas de futuro. Y que ocurra al final de un gobierno propio, hace más severa la situación.

En el terreno político, la ausencia de liderazgos compartidos entre los dos partidos, los malos modales, las disputas que se transforman en guerras totales, la falta de apego a los acuerdos, son una tónica. El deterioro de la amistad cívica, que comenzó con la dura y violenta división de fines de los 80, desde donde surgieron la UDI y RN, pasando por el quiebre de la patrulla juvenil y aterrizando hace poco con la bajada de Laurence Golborne, se ha profundizado al punto de dejar huellas permanentes. Algunos intelectuales acotan que esta conducta es el reflejo del ideario individualista (o patronal dirían otros) que impacta en la conducta de los líderes. ¿Será así?

La Concertación no ha sido un convento de monjes en lo que se refiere al tratamiento de sus conflictos. Pero éstos nunca arribaron a una intensidad tal que pusiera severamente en riesgo el proyecto común.

En estos días, la contradicción vital de Büchi, los “aprietes” de Piñera a Matthei en el episodio Kioto, tendrían consecuencias catastróficas. La misma crisis personal de Longueira es respetable y propia de la condición humana, pero cuando lo privado influye demasiado en lo público, quedan demasiadas preguntas por hacerse. Se evidencia la falta de un elemental sentido colectivo que debería impedir ese alto costo de los asuntos particulares en los dilemas políticos.
El desacuerdo sobre las reglas institucionales, donde ni siquiera al interior de la derecha hay convicción sobre el sistema electoral, favorece las miradas alternativas. El voto voluntario se ha transformado en un infierno, porque el esquema UDI Popular funcionaba exitosamente en un contexto de obligatoriedad del voto, donde los electores humildes concurrían a las urnas por la exigencia legal. Ahora, a juzgar por las últimas municipales, votan sólo los ciudadanos politizados y con convicciones temáticas. Y ése no es un buen escenario para la centro derecha.

En otro frente esencial, el caso Karadima puso cuesta abajo la influencia cultural de la Iglesia conservadora, del mismo modo que las redes sociales han debilitado el poder de los medios de comunicación tradicionales. Enfrentados a la realidad del surgimiento de fuertes comunidades que demandan derechos –homosexuales, indígenas, estudiantes, etc.–, esta derecha moral, integrista, se encuentra desafiada y sin respuestas frente a un mundo que cambia a la velocidad de un click.

La derecha también ha debido pagar un precio por su relación estrecha con el mundo empresarial y las denuncias que éste ha enfrentado: colusión, abusos sobre los consumidores, pequeños accionistas y ahorrantes. De alguna manera, más que el cuestionamiento global al modelo, lo que ha ocurrido es que distintos eventos han desencadenado un fuerte reclamo acerca de cómo funciona nuestro capitalismo para las personas en su vida cotidiana. De alguna manera, ese reclamo toca a la derecha que ha sido el principal defensor de esta forma de organizar la economía.

La idea de un Estado pequeño es cada día más antagonizada frente a una población que demanda más bienes públicos y más prestaciones garantizadas. En educación, pensiones, salud, medio ambiente o seguridad pública, las exigencias ciudadanas no paran y disputan la noción de las soluciones privadas a los problemas públicos. Y eso toca en la médula del pensamiento político de la derecha realmente existente, aquélla que adormeció a los chilenos en los dos debates Allamand-Longueira, el cual brilló sólo por infinitos destellos de autocomplacencia.

Así, la renovación de la derecha no tiene únicamente que ver con superar las habituales prácticas antagónicas y odiosas de sus liderazgos, sino también tiene que hacerse cargo de temas culturales y programáticos mayores. De un nuevo Chile. Eso no es poco. Le tocó a la izquierda socialista a fines de los 80. Pero la oportunidad de una derrota electoral severa, como creo se les viene en noviembre, es una buena ocasión para darle una vuelta de tuerca a esta situación en la cual, tras su primer gobierno en 50 años, saldrán no sólo perdedores, sino también divididos y desconcertados. •••