Por: Quintín, desde Buenos Aires* El domingo a la noche, después de seis horas de silencio, el Gobierno argentino aceptó comunicar la derrota electoral. Una vez más, un derecho de los ciudadanos quedó supeditado a la gracia presidencial. Tardó seis horas en concederla. Desde el extranjero, el gobierno de Cristina Kirchner se puede ver como […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Quintín, desde Buenos Aires*

despertar

El domingo a la noche, después de seis horas de silencio, el Gobierno argentino aceptó comunicar la derrota electoral. Una vez más, un derecho de los ciudadanos quedó supeditado a la gracia presidencial. Tardó seis horas en concederla.

Desde el extranjero, el gobierno de Cristina Kirchner se puede ver como una formidable combinación de incompetencia y agresividad, un neopopulismo latinoamericano más radicalizado en la declamación que en los actos. Un país con varias provincias semifeudales, que tuvo el mil por ciento de inflación desde 2003, en el que pese a las buenas condiciones internacionales la economía se estancó, dejó de generar empleo, apeló a restricciones aduaneras absurdas, perdió mercados, consolidó los índices de pobreza en sus niveles más altos, no mostró signos de progreso en infraestructura, salud ni educación, transformó el superávit energético en déficit, permitió un avance significativo del narcotráfico y el delito en general, no parece un ejemplo digno de despertar adhesiones ni pasiones. Menos cuando la corrupción de la que son sospechosos la familia presidencial y sus funcionarios se desarrolla al amparo de una justicia al servicio del Poder Ejecutivo.

Pero vivir bajo el kirchnerismo fue especialmente doloroso porque, además de los votos para mantenerse en el poder, sus partidarios desafiaron el sentido común y le imprimieron una nota oscura a la convivencia. Hace un tiempo, me encontré en una librería con un crítico de rock que escribe para el diario Página/12 desde mucho antes de que éste pasara a ser uno de los tantos órganos de prensa del oficialismo. Recordaba al crítico como un tipo afable, sólo preocupado por conseguir marihuana y chicas, pero lo encontré convertido en un devoto enamorado de Cristina, que llora cuando la ve por televisión y no entiende que a una estadista tan genial se la compare siquiera con personajes malvados y mediocres como Angela Merkel o Barack Obama. Lamentablemente, no es el único de su especie. Muchos comparten con él su delirio admirativo, coinciden en cada punto del discurso oficial, apoyan fervorosamente el alineamiento argentino con Venezuela, China y Rusia, la persecución a los productores agropecuarios, el cepo a las importaciones y exportaciones, el discurso permanente contra esos todopoderosos enemigos imaginarios que son los medios de prensa (casi todos controlados por el Gobierno), la acción imperialista de EE.UU. (ausente en la diplomacia del sur del continente) y “las corporaciones” (en un medio empresarial complaciente por el Gobierno). Todos los días, un programa llamado 678 se ocupa de señalar esta línea en el canal público de televisión, además de difamar a opositores, amenazar a disidentes e insultar a los periodistas independientes. Ese mismo canal emite todos los partidos de fútbol de primera división (cuyo torneo ha aumentado arbitrariamente a 30 equipos) y sus transmisiones no tienen publicidad privada, sino la misma propaganda goebbelsiana de 678.

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Vivir bajo el kirchnerismo resultó cada vez más ominoso, más angustiante. Cualquier hecho cotidiano tiene una impronta política, el sello de una administración dispuesta a controlarlo todo y a todo sacarle un rédito político. El último ministro de Economía kirchnerista es el vociferante Axel Kicillof, un profesor que solía enseñar la superioridad de la economía soviética y atribuía su fracaso a que la URSS no disponía de la capacidad informática como para regular cada detalle de la vida económica. Cristina Kirchner puso el funcionamiento del país en sus manos: los precios, los intercambios comerciales, la administración de las empresas estatales, la moneda, el comercio exterior. Kicillof vació al Banco Central de recursos, revirtió la balanza comercial, contribuyó a la derrota con sus medidas y aportó lo suyo a la irritación general provocada por el exceso de cadenas de televisión diarias y obligatorias a cargo de su jefa. Pero el secreto del kirchnerismo fue que, hasta su derrumbe del domingo, logró naturalizar todos sus abusos: lo que alguna vez provocó escándalo pasó a ser normal, como la falsificación de estadísticas, la falta de datos sobre la administración, el fraude electoral, los fallos judiciales digitados desde la Casa Rosada, hasta la muerte del fiscal Nisman que se atrevió a desafiar al poder. Esa naturalidad para aceptar el abuso terminó permeando los medios artísticos e intelectuales, el periodismo, las redes sociales y, en última instancia, la vida cotidiana, desarrollada bajo un silencio incómodo, en el que el descontento quedó sepultado debajo de la mejor construcción de la propaganda K: el mito de la propia invencibilidad.

Acostumbrados a vivir con culpa desde que sus padres y abuelos festejaron la sangrienta derrota del peronismo en el 55, los intelectuales y artistas argentinos vivieron la tentación de la radicalidad y la lucha armada durante los setenta, y volvieron a sentir simpatía por el totalitarismo de izquierda cuarenta años más tarde. La Cámpora, bautizada así en homenaje a quien fuera presidente durante pocos meses en 1973 y compartiera el poder con los montoneros, es una organización integrada por jóvenes de altos salarios en la administración, según un modelo leninista cuyo vértice está en lo alto del gobierno K: la controlan Cristina y su hijo Máximo, junto con Carlos Zannini, un maoísta que es el actual candidato a vicepresidente de Scioli. Éste es un obsecuente que pasó por todas las vertientes del peronismo y al que se tenía por el único hombre del régimen que podía captar votos de fanáticos y moderados. Ése es otro de los mitos que se derrumbó el domingo: la fórmula Scioli-Zannini, acompañada por la de Aníbal Fernández (tal vez el hombre de peor imagen de la política argentina) a gobernador de la Provincia de Buenos Aires, fue el ápice de la omnipotencia de la presidenta y su peor error. A diferencia de sus amigos de la región, Cristina no logró la mayoría parlamentaria como para permitir su reelección indefinida y ése fue su talón de Aquiles.

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No todo el mundo se perjudicó durante el kirchnerismo: entre los beneficiarios del modelo K figuran los científicos, cineastas, escritores, periodistas, que reciben becas y subsidios como parte de una política científica y cultural orientada a la obediencia. Es un sector en el que rige la ley del silencio: no conozco ninguna película argentina opositora en estos años, tampoco ninguna novela. Una declaración contra el Gobierno es casi impensable, mientras que la adhesión oficialista de algún actor o cantante acompañada de invectivas contra “la derecha” tienen lugar semanalmente. Así, la conveniencia se da la mano con la ideología. Los Kirchner pasaron de practicar la usura durante la dictadura militar y apoyar los planes neoliberales del menemismo a ser los campeones de los derechos humanos, el matrimonio igualitario y la persecución a los antiguos represores. Cobrar de un gobierno nacional y popular, a cambio del silencio por la violación de los derechos humanos actuales (de los indígenas, de los presos, de los carenciados, de los que no son amigos de las autoridades) y del abuso institucional, es tranquilizador y hasta ligeramente patriótico.

Cuando me propusieron escribir esta nota, estaba en Buenos Aires y se había cortado la luz. Faltaban pocos días para las elecciones y no era descabellado suponer que se tratara de un sabotaje como los frecuentes paros en el metro orientados a demostrar que el opositor Macri, alcalde de la ciudad, no puede controlarla. Pero posiblemente fuera consecuencia de algo más complicado. La política económica del kirchnerismo se basa en mantener alto el consumo. Para eso, las tarifas de transporte y energía están subsidiadas y se mantienen muy bajas. Así, se venden en cuotas electrodomésticos que hacen colapsar el sistema eléctrico cada vez que la temperatura se aleja de la media.

En la Argentina K se pueden comprar televisores, pero no ahorrar: la vivienda es inaccesible porque no hay crédito, pero quienes tienen ingresos altos pueden comprar dólares en el mercado oficial y venderlos en el paralelo o viajar con ellos. Mientras los ricos gastan en el exterior, se pierden reservas y se impide la importación de insumos industriales para la producción y la exportación. Los subsidios realimentan la inflación y el billete de cien pesos (diez dólares), el de máxima denominación, no paga más de cuatro cafés. Cristina y Kicillof se niegan a imprimir billetes más grandes: sería reconocer que aumentan los precios. A cambio, imprimen nuevas versiones de los existentes, con retratos de Evita y mapas de las Islas Malvinas, porque siempre es cuestión de tener los próceres adecuados. Por eso, se destruyó la estatua de Colón que ocupaba la parte posterior de la casa de gobierno. Y se inauguró, en el antiguo edificio del correo, un centro cultural al que originariamente se pensaba bautizar como “Néstor Kirchner”, pero ahora se llama “Kirchner” a secas. Ya no se homenajea a un ex presidente, sino a su familia entera, que incluye a la cuñada Alicia y al niño Máximo, flamantes gobernadora y diputado. Esta Argentina absurda, kafkiana, es la que sufrió un golpe decisivo el domingo pasado. Era tan sólida que se desvaneció en el aire. •••

*Quintín, seudónimo de Eduardo Antin, nacido en 1951, es un reconocido crítico e intelectual argentino. Fundó la revista El Amante y ha sido director del Festival de Cine de Buenos Aires. Autor del libro Luz y sombra en Cannes. Nueve años en el centro del cine contemporáneo.