Por: High Level Climate Action Champion COP25 y Presidente de TriCiclos

  • 13 mayo, 2020

En las minas de carbón durante muchos años se usaron canarios enjaulados para detectar las emanaciones de gas grisú, metano y monóxido de carbono. Esos gases pueden generar la muerte de las personas (y de los canarios) por explosión o por asfixia, pero los canarios tienen la particularidad de que lo detectan y manifiestan antes. En definitiva, el canario desmayado ya era una alerta suficiente como para abandonar de inmediato la faena, por muy valioso que pareciera el material a extraer. Ante la señal de peligro para la vida, se atendía la evidencia científica (canario desmayado) y se detenía la faena hasta contar con las condiciones de seguridad necesarias. Incluso en esa época se desarrollaron mecanismos para reanimar a los canarios que habían aspirado gases tóxicos.

La minería ha avanzado notablemente en materia de seguridad para quienes trabajan en la faena. Sin embargo, pareciera que no hemos aplicado ese mismo criterio a la manera como enfrentamos el desarrollo. Cada año de sequía, cada huracán devastador, cada mega incendio forestal, cada décima que aumenta la temperatura promedio del planeta, cada especie que se extingue, cada enfermedad que se convierte en pandemia es equivalente a canarios que mueren avisándonos del peligro inminente y, por lo tanto, son señales que deberíamos inmediatamente atender: luego parar, analizar y reformular la estrategia.

Hace pocos días un renombrado epidemiólogo estadounidense dijo que los expertos en enfermedades infecciosas siempre supieron que una pandemia llegaría, sólo no podían asegurar una fecha y una forma. “Es como si vivieras en una isla del Caribe – dijo- Sabes bien que te va a pasar por encima un huracán. Lo único que no sabes es cuándo”.

Es evidente que en este momento la urgencia está centrada en evitar la pérdida de vidas, de salud física y emocional, de trabajos. Pero a la vez necesitamos pensar cómo recuperar esos trabajos acelerando aquellos que contribuyen al desarrollo sustentable, poniendo al centro de la recuperación los trabajos de calidad, que mejoran la salud de las personas y de los ecosistemas. No cabe reactivar más de lo mismo, sin antes identificar aspectos que podríamos reformatear en nuestro modelo de desarrollo y así avanzar hacia un modelo industrial basado en los Objetivos de Desarrollo Sustentables (ODS).

De esta pandemia ya vamos sacando conclusiones claras para el sector empresarial. Por una parte, el mundo científico ha sido tradicionalmente entendido como el generador de conocimiento. Hoy en día hemos visto como también son capaces de proveer tanto las aplicaciones prácticas de dicho conocimiento, como la identificación de los riesgos implícitos en desatender las recomendaciones científicas.

Por otra parte, la sustentabilidad definitivamente ya no es un capricho o un acto filantrópico en lo que se refiere a las inversiones. Grandes actores del sector financiero, como Black Rock, han manifestado cuanto más resilientes está siendo el comportamiento de las inversiones que tienen en su ADN los criterios y manejo basado en ESG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza).

Claramente tenemos una gran oportunidad: los gobiernos, junto al sector privado, deberán generar a la brevedad paquetes de estímulo financiero para dar forma a la agenda económica de los próximos 10 años. En ese sentido podrán ser paquetes económicos que nos protejan o bien que nos expongan a todo tipo de riesgos futuros, algunos de los cuales aún no conocemos, pero muchos de los cuales han estado siendo anunciados por la ciencia hace ya un tiempo. Los planes de estímulos pueden y deben ser una herramienta que nos lleve hacia donde queremos ir, y no nos devuelvan adonde no queremos volver. Es un dilema valórico y práctico.

En una primera fase de la pandemia hemos visto que el COVID19 ha impuesto un rol protagónico a los Estados. Pero en la segunda fase, sólo un acuerdo multiactor nos permitirá dar con la salida: Estado, universidades, sector privado, sociedad civil, medios de comunicación.

En el sector privado podemos favorecer la colaboración entre los actores públicos y privados, alineando los estímulos económicos con el bien común y así ganar eficiencia y eficacia. Si se hacen las inversiones correctas, podremos mejorar la calidad de vida de las personas y construir una “nueva normalidad”, en la cual el bienestar colectivo debe estar en el centro.

El canario se ha vuelto a desmayar. Salgamos de la oscuridad y detengámonos un instante a pensar. Es tiempo de innovar.