• 26 junio, 2008

La sociedad chilena protagonizó un enorme salto en términos de autonomía en los últimos años. ¿Qué ocurrió, que tanto la política como la economía se quedaron atrás?. Por Héctor Soto.

La cátedra lo supo siempre y también lo supieron los grandes teóricos de la revolución. La política es más rápida que la economía y la economía a su vez más rápida que la cultura entendida como forma de vida. Esto significa que si bien en algunas circunstancias los procesos políticos pueden desencadenarse con enorme rapidez, los cambios económicos son por definición bastante más lentos, aunque nunca tanto como los cambios culturales que, para perfilarse y consolidarse, necesitan siempre un horizonte de tiempo mucho mayor.

En 1923, seis años después del triunfo de la Revolución de Octubre, por ejemplo, Leon Trotsky escribía en su ensayo Sobre la vida cotidiana que “el proletariado ha realizado enormes progresos, si bien es cierto que han sido mucho más importantes en política que en lo relativo a su modo de vida y costumbres”. Para el teórico de la revolución permanente, la conclusión era obvia: “el modo de vida es terriblemente conservador”.

Hasta que aparecimos nosotros, diría más de algún ególatra.

Porque en realidad nuestra experiencia como país en los últimos años ha tenido muy poco que ver con tales dinámicas. La sensación de que la política e incluso la economía se han quedado atrás en relación los cambios culturales que han estado ocurriendo en la sociedad chilena desde –por situarlos en algún momento– fines de los años 90 hasta el día de hoy, no tiene nada de ilusoria ni de subjetiva. A estas alturas, ya es un hecho de la causa. Y tan es así que este reconocimiento puede ayudar a explicar distintos fenómenos recientes, que van desde el acelerado proceso de desprestigio de la política hasta el brusco descenso en la apreciación ciudadana tanto de la Concertación como de la Alianza pasando, entremedio, por la continua desaceleración del crecimiento de nuestra economía.

Frente a un cuerpo social cada vez más consciente de sus derechos ciudadanos, cada vez menos dispuesto a someterse a la disciplina impuesta por las antiguas dirigencias, cada vez más escéptico respecto de las iglesias y despectivo respecto de los partidos, son poquísimas las transformaciones que han experimentado los escenarios de la política y la economía. Atraído por el discreto encanto de la siesta, en ambos planos el país se ha dejado estar; en parte, porque el sistema binominal es un formato extremadamente cómodo para los partidos políticos y sus caciques –los libera de la competencia y de la necesidad de tener que mantener perfecta sintonía con la ciudadanía– y en parte, porque lo que se plantó durante los años 80 y 90 en términos de reformas económicas estructurales seguía rindiendo frutos más o menos jugosos hasta no hace mucho tiempo. En un país menos complaciente, y con autoridades menos obsesionadas con su rating diario o semanal en las encuestas de opinión, las cosas seguramente serían distintas. Entre seguir haciendo grandes transformaciones democratizadoras o modernizadoras y no hacer nada, por cierto que es mucho más fácil esto último. La opción aparece también como menos riesgosa para los liderazgos de segunda o de tercera categoría que hemos tenido en las últimas décadas. No deja de ser revelador que sería muy difícil encontrar alguna brecha entre el sentir mayoritario de la población y las grandes opciones que han hecho suyas las dirigencias gobiernistas u opositoras. Salvo, quizás, el ministro de Hacienda, que está ahí precisamente para atajar goles, aunque no para meterlos, aquí nadie corre el riesgo de poner en juego su pescuezo con iniciativas impopulares. Y ya se sabe en qué terminan los países cuya conducción se deja arrastrar por la ley del menor esfuerzo o por lo que la gente quiere o por lo que el público pide, porque esta obsecuencia al final es la vía más directa al populismo. La liberalidad con que se están repartiendo subsidios y bonos compensatorios o se están pidiendo exenciones tributarias por aquí y por allá, con cargo a los excedentes acumulados en la caja fiscal, revela hasta qué punto no hemos sido muy inmunes a estas tentaciones.

A fines de la década pasada, la sociedad chilena literalmente se pegó un enorme salto en términos de autonomía, mientras el general Pinochet era arrestado en Londres. A partir de entonces, el país entró a una espiral de sucesivas rupturas con l’ancien régime que, entre otros efectos, acabaron con la verticalidad en las relaciones sociales, laborales y de género, terminaron con múltiples eufemismos y obligaron a los medios de comunicación, en muchos casos, a reformularse por completo. Por mucho que la política se las haya ingeniado para sustraerse a este proceso, hoy se comienza a ver con nitidez que en el mismo momento en que se blindaba contra los cambios, bueno, también comenzaba a quedarse atrás. No es casualidad entonces que hoy esté entre las actividades más regazadas y rutinarias del país.