Justo cuando se le creía perdido en un infierno de películas atroces, Nicolas Cage asoma la cabeza y vuelve con la brutal y lisérgica Mandy. En principio, parece más de lo mismo, pero hay unas cuantas cosas que flotan a salvo en ese mar de violencia.

  • 26 septiembre, 2018

Si tengo ganas de recrear El grito de Munch con mi cara, puedo hacerlo”. Tratándose de Nicolas Cage –uno de los sujetos más sobreactuados del cine moderno–, lo menos que puede hacer uno es darle la razón: verlo gritar como loco, con los ojos desorbitados y la boca abierta al máximo se ha vuelto un lugar común, y te hace olvidar que en su tiempo el tipo ganó un Oscar a mejor actor y se codeaba con los grandes, entre ellos, su tío Francis Coppola, el director de Apocalipsis Ahora. 

Hoy, su negocio funciona con otra lógica. La del volumen. Nick Cage actúa en lo que le pongan por delante. Policiales. Terror. Sobre todo suspenso. A un ritmo de cuatro películas al año, y a veces cinco, casi todo en lo que su cara aparece pasa directo al VOD (video on demand), el tipo de material al que solo se le pone play cuando ya no queda nada decente para ver. 

Algunos dicen que el actor cayó en este agujero negro a mediados de la década pasada, cuando Impuestos Internos se le echó encima y no le quedó otra que comenzar a filmar como loco, pero es cosa de mirar su carrera con algo de cuidado para darse cuenta de que ese gen excéntrico siempre estuvo ahí (ver recuadro), que por cada Hechizo de luna (1987), Leaving Las Vegas (1996) y Adaptation (2002), hay cinco o diez papeles donde la bestia interior queda suelta y sin control, contenida solo por la pantalla; siempre en pos de la sobrecarga y la sobredosis. Es por eso mismo que Mandy –una de las siete películas que estrenará este año– le debe haber parecido como caída del cielo.

 

 

El toque Panos

Descrita al pasar, Mandy suena tan bruta y exagerada como cualquier otra “película de Nick Cage”. Después de que su novia es raptada, drogada y quemada viva por el desquiciado líder de un culto religioso, su pareja –un silencioso e introspectivo leñador– buscará vengarse de la forma más cruenta posible, hasta que no quede cabeza pegada al cuerpo del asesino y su pandilla de místicos seguidores. 

En lo que al actor respecta, nada nuevo bajo el sol; pero toda la supuesta gracia e inventiva del filme no radican en él, sino en el segundo protagonista de esta historia: Panos Cosmatos. El realizador. Tal como Cage, Panos es un hijo de Hollywood, solo que no creció rodeado de Marlon Brando, Al Pacino y el resto de la realeza cinematográfica ligada a El padrino, sino en un entorno bastante más modesto: el tipo es hijo de George P. Cosmatos, un cineasta del montón que tras unos cuantos éxitos en Europa, acabó por dirigir a un Sylvester Stallone repleto de esteroides en Rambo II (1985) y Cobra (1986). Cosmatos murió de cáncer en 2005 y estaría totalmente olvidado si no fuera porque, a principios de los 90, llegó como reemplazo de última hora a dirigir Tombstone, un notable western que 25 años más tarde, aún sigue generando ganancias; las suficientes como para que el hijo usara los cheques residuales de las ventas del DVD para financiar su propio debut en el cine, uno que al contrario de las rutinarias películas de su viejo, hace lo posible por no pasar desapercibido: Beyond the Black Rainbow (2010) es la historia de un científico que rapta, droga y tortura a una chica para conducir extrañísimos experimentos, que Panos filma de la forma más sicodélica, recargada y vistosa posible. 

En Mandy usa la misma estrategia, pero con el volumen aumentado. Toda la película es presa de esa tonalidad y dejo alucinatorio, desde los créditos iniciales –musicalizados al ritmo de Starless, el clásico prog rock de King Crimson– hasta el prolongado baño de sangre ejecutado por Cage a lo largo y lo ancho de la pantalla. No es que la trama llegue a un punto en que pierda conexión con la realidad: ese punto de contacto nunca se produce, porque desde el comienzo mismo del relato, todos los personajes parecen sumergidos en sus respectivos trips, sea motivados por el fanatismo, la sed de violencia o el consumo de sustancias. La conciencia más alterada, de hecho, es la de la propia Mandy (Andrea Riseborough), una empleada de tienda que, de tanto leer novelas de fantasía heroica –repletas de campeones, hechiceros, hadas y encantamientos varios–, acaba por figurarse un mundo donde romance y tragedia devienen en absolutos. Y Cosmatos la deja ser: toda la primera mitad del filme, desde que ella comienza a presentir el desastre hasta que los captores consuman el sacrificio, está filmada con los rojos, púrpuras y azules más desquiciados e intensos en la era del cine digital: la orgía de color no da tregua para el espectador, al extremo en que uno empieza a tener dificultades para seguir la trama y se orienta más por las cambiantes tonalidades que por los diálogos. 

¿Funciona el truco? Depende. Cosmatos no es ni por si acaso un artista del color en la tradición de Nicholas Ray o Michael Powell, pero sí ha visto las suficientes películas como para entender la forma en que las tonalidades afectan el ánimo de la audiencia. En ese sentido, Mandy está más cerca del efectismo de Suspiria (1977) y The Neon Demon (2015), de Nicolas Winding Refn, que de la sofisticación de Rebelde sin causa y Las zapatillas rojas. Mandy no pretende deleitar los sentidos, sino que va directo a la yugular. Y ahí es donde necesita de Nicolas Cage.

Místicos y mutantes

Relegado al rol de sufriente testigo del rapto y asesinato de su mujer, durante una hora de metraje, esa bestia llamada “Nick Cage” –tal como la conocemos (y la soportamos)– recién emerge en la segunda mitad del filme. Casi todas las imágenes de marketing y publicidad de la cinta provienen de esta sección. Cage ensangrentado. Cage empuñando una inmensa espada fundida por él mismo. Cage moliendo a sus adversarios y ejecutando la madre de todas las revanchas contra motociclistas mutantes y traficantes místicos, sacados de portadas de álbumes de rock satánico. Como si toda la bronca acumulada por filmar una mala película tras otra encontrase una perfecta válvula de escape en estos apretados minutos de carnicería cinematográfica.

Suena bien, pero pensar en esos términos sería estirar el chicle. No es que, de pronto, Nicolas Cage haya encontrado el vehículo para reencontrarse con su público y redimirse de década y media de facturar mugre. Hace rato que el tipo se reconcilió con sus límites y ya tiene otras cinco películas alineadas para el año que viene. La verdadera gracia en todo el exceso desatado por Mandy reside en algo mucho más modesto y hasta simple: ese monstruo vengador que se despierta en el –hasta entonces– tranquilo y apacible leñador, no es más que otra proyección de las fantasiosas lecturas de la protagonista secuestrada. El campeón que viene a librarla de sus agresores. Alguien dispuesto, si es que ello fuera posible, a arrebatarla del mismísimo abrazo de la muerte. El viaje de este héroe no se dirige a las “épicas cumbres” del triunfo masculino, sino más bien es una lenta, sangrienta y apasionada inmersión en el trasmundo de fantasía, deseo y tinieblas que devoró a su pareja y que ahora se lo traga –amorosa y trágicamente– a él. Sangre, romance y locura. Con razón Nick adora a Mandy. Está hecha a su medida.