Cruzados por la historia personal y familiar de la visión que nuestros padres tuvieron de aquel momento –y, por cierto de lo vivido antes y después–, la actual sub 40 es la primera generación liberada de tener una opinión “vivencial”, ya que todo lo que se nos diga, vendrá de terceros. Guardando las proporciones, será […]

  • 23 septiembre, 2013

Cruzados por la historia personal y familiar de la visión que nuestros padres tuvieron de aquel momento –y, por cierto de lo vivido antes y después–, la actual sub 40 es la primera generación liberada de tener una opinión “vivencial”, ya que todo lo que se nos diga, vendrá de terceros. Guardando las proporciones, será la generación “Born in the Fifties” de la Inglaterra de Post Guerra, o la de los nacidos luego de la caída del muro y posterior reunificación alemana. Pero quizás el ejemplo más curioso sea el de Gorbachov. En efecto, fue precisamente el último gobernante soviético el primer secretario del partido comunista en nacer con posterioridad a la revolución bolchevique, sin la carga personal del relato construido por quienes presenciaron ese hecho histórico. Demás está decir la importancia que esta “falta de vivencia personal” trajo a los ciudadanos soviéticos, hoy rusos libres. En Chile, ninguno de los candidatos presidenciales responde aún a esta perspectiva generacional. Ninguno. Todos funcionan –de un modo u otro– bajo el “yo viví…”.

Es precisamente aquí donde puede albergarse una esperanza reconciliadora: la capacidad de distinguir la virtud o el error de determinadas posiciones políticas con independencia de quién la haya defendido, diseñado o implementado. Y es que, en general, tendemos a poner en un mismo saco el mensaje y mensajero, y por eso toda crítica política o intercambio de ideas termina irremediablemente en un insulto a la persona que piensa distinto. Con ello nace una oportunidad única: discutir los temas en su propio mérito.

¿Ejemplos de lo anterior? La capacidad de ver si la libertad económica es buena o mala para el país (con independencia de si la haya instaurado el gobierno militar); si el nacionalizar recursos naturales es eficiente o no para Chile (con independencia de que lo haya materializado la Unidad Popular); si la lucha de clases o el esfuerzo individual son el motor de la historia, etc. De alguna manera, se trata de una generación más libre, que no termina sus discusiones tirando el mantel diciendo “tú apoyaste a Pinochet; y tú a Allende”.

Pero ojo, que aún no tenemos ningún mérito colectivo. Ciertamente, nuestra generación es más cómoda y menos sufrida que la anterior. No por el solo transcurso del tiempo o por arte de magia, seremos capaces de construir un país mejor: ello requiere mucho esfuerzo, trabajo, disciplina y austeridad, de los cuales hemos dado pocas muestras aún. Nos queda demasiado camino por recorrer y tengo serias dudas de cómo enfrentaríamos verdaderas crisis (no de esas autoconvocadas vía Twitter).

Por otro lado, discutir los temas en su mérito, tampoco significa vivir en un permanente debate, ya que en muchas ocasiones no son más que utilería preparada de pirotecnia argumental, que termina oliendo más a encerrona que a intercambio de ideas. A veces, los principios se defienden mejor viviéndolos silenciosamente en los pequeños actos de cada día, que en foros de marfil.

En resumidas cuentas, no se trata de olvidar lo pasado, pero tampoco absolutizar bajo el lente naturalmente obtuso de un documental en que se pretende que estemos todos involucrados. Con la excusa de la “memoria” se corre el riesgo de recargar el sistema, que termina por hacer que el receptor bloquee todo lo que recibe.

No esperen, entonces, que la reconciliación sea una especie de caldo insípido en que se disuelvan izquierdas y derechas, y que nos tomemos de las manos en un eterno abrazo tántrico. Por el contrario, tenemos la oportunidad –y el deber – de mantener y defender nuestras ideas y convicciones, sin tener que incitar al odio, al rencor  o a la descalificación del adversario.

Por esa razón, espero y confío que si leyó estas líneas, sea lo último que lea en torno al tema, por ahora (o quizás hasta los “50 años del golpe”). Si tiene menos de 40 puede que no tenga responsabilidad en lo sucedido, pero definitivamente tiene otra responsabilidad más difícil y bonita: la de construir el país del futuro, el que ya está entre nosotros.