• 3 octubre, 2008

 

En uno de sus mejores momentos en lo que va de la campaña presidencial, Barack Obama, entrevistado por el abrasivo Bill O’Reilly, comparó a China con Estados Unidos. “Es verdad: habrá que aumentar los impuestos para los más ricos”, dijo con bonhomía. “Pero fíjate en los Juegos Olímpicos en Pekín. ¡Esa gente está construyendo, amigo! ¡Y nosotros tenemos hasta el sistema de cloacas que se viene abajo! Tenemos que renovar nuestra infraestructura. Y eso, tarde o temprano, hay que pagarlo”.

Fue un momento de puro estilo Obama: cordial, con una clara preocupación por el declinar relativo de su país, pero –al contrario de su rival, John McCain, y de la mayor parte del establishment republicano– ajeno a los llamados a las armas. Para Obama la competencia es real, pero prefiere asumirla como un evento deportivo –una lucha, pero con reglas, y donde el perdedor no necesariamente es aniquilado– antes que como conflicto apocalíptico. Esto vale tanto para la relación con China como para la India, e incluso para Irán, Corea del Norte o Venezuela.

Hasta las elecciones de noviembre no sabremos si este estilo político es el que ha de dominar la Casa Blanca por los próximos años. Pero si Obama gana, será oportuno tener a mano The Post-American World, el libro de Fareed Zakaria que lleva meses en la lista de los más vendidos del New York Times, ya que parece corresponder punto por punto a la visión del candidato demócrata. No lo habría hecho mejor Zakaria si fuera el portavoz del equipo de Obama (que, valga aclararlo, no es el caso).

¿Cuál es la tesis de The Post-American World? Que Estados Unidos, como se repite hace años, ha perdido peso en el mundo y lo seguirá perdiendo. Pero no por decadencia interna sino, simplemente, porque otros están en ascenso: China y la India. La pregunta es cómo adaptarse a la situación, lo cual requiere primero entender qué puede esperar EE.UU. de parte de los nuevos gigantes.

China está embarcada en lo que sus dirigentes llaman ascenso pacífico. Desde 1979, cuando se iniciaron las reformas económicas, la consigna fue crecer sin alarmar. Y, fuera del Tíbet y de Taiwan —problemas que China considera estrictamente  internos—, lo ha logrado. Zakaria argumenta que China ha perfeccionado el arte de ejercer “poder suave” en la región, hasta lograr una proeza psicológica: en 2007 Corea del Sur, Indonesia e incluso Australia declaran tener más confianza en China que en EE.UU. En tiempos en que la política exterior del último se parece demasiado a menudo a una cruzada, China —con sus raíces confucianas, ateas y pragmáticas— parece el más razonable. Otros atributos son menos tranquilizadores: “Es incómodo admitirlo”, escribe Zakaria, “pero el capitalismo dirigido por un gobierno autoritario tiene sus ventajas”.

Por contraste, la India es en varios aspectos caótica, corrupta, sacudida por los vaivenes de una democracia vibrante, con un crecimiento menor, pero más confiable para occidente. La India tiene, además, una ventaja sobre China que a la larga puede resultar decisiva: en su sociedad abierta prospera una vasta clase de técnicos y profesionales cuyo espíritu de innovación, creatividad y capacidad de management asombran. Con un PBI varias veces menor, ha creado en la última década más empresas de alcance internacional que su vecino.

¿Qué actitud debe tomar EE.UU. para conservar la mejor posición posible en este escenario? Liderar mediante alianzas, como primera potencia, pero ya no como superpotencia; y deshacerse del pesimismo que ha dominado el discurso político durante la última década. No obstante el surgimiento de otras economías, en 2008 la parte del PBI mundial debida a Estados Unidos sigue siendo a grandes rasgos la misma que en 1960: alrededor de un 25%. Ninguna otra nación mantuvo nunca durante tanto tiempo tal preeminencia, y ésta tiene recursos para mantenerla.

Un momento en la optimista argumentación de Zakaria parece, si no refutado, al menos envejecido por los acontecimientos en el par de meses desde su publicación. En la página 27 señala que Estados Unidos ha logrado mantener alto crecimiento y tasas de interés bajas sin generar inflación. “Por supuesto”, agrega, “tasas bajas y crédito barato también pueden llevar a actuar con imprudencia, creando burbujas que al final explotan”. Si Zakaria hubiera escrito después de la crisis que derrumbó Wall Street, acabó con Lehman Brothers y forzó el salvataje de Freddie Mac y Fannie Mae, ¿le habría dedicado al tema esa sola frase?