Así rezaba un afiche norteamericano de fines de los 30, con la cara de Stalin. Quiero mostrar que el lema del afiche guarda una capa de significado menos obvia que la del dictador.

  • 2 junio, 2020
Así rezaba un afiche norteamericano de fines de los 30, con la cara de Stalin. Quiero mostrar que el lema del afiche guarda una capa de significado menos obvia que la del dictador.

En la movilización de octubre en Chile hay un motivo legítimo: la exigencia de adecuación de las instituciones y los discursos políticos a los anhelos y pulsiones populares. Hay también, sin embargo, entremezcladas con la movilización, pretensiones de emancipación radical, que abogan por alcanzar un estadio completamente liberado de trabas institucionales; una situación eventualmente “post-institucional”. Quiero examinar la intención en la base de estas pretensiones, que se expresa no sólo en rayados callejeros, sino en textos de parte de los ideólogos del ala extrema de nuestra izquierda.

El ser humano es un ser parlante. En esa medida es político-institucional y lo “post-institucional” sola construcción mental.

El lenguaje es la institución política inicial. Él es la primera institución y base de todas las demás, si por institución entendemos un conjunto de reglas de comportamiento a las que estamos atados, que generan vínculos y prácticas reiteradas, y transforman y organizan las conductas.

No podemos comportarnos entre humanos –con otros, ni respecto de nosotros mismos (en el diálogo interior)– sino en la medida en que nos ceñimos a las reglas lingüísticas. Por el lenguaje, el individuo es arrancado de la inconsciencia. Sin palabras, no hay pensamiento consciente. Por el lenguaje el individuo es, a la vez que extraído de la inconsciencia, introducido en un sistema reglado de signos. Resulta, entonces, sometido a las reglas de un lenguaje que se revela como un ámbito político.

Esas reglas están dotadas de una pretensión vinculante. Esa pretensión de obligar nos deja ante una disyuntiva. O bien nos sometemos al significado de las respectivas palabras y reglas, o bien nos saltamos sus sentidos más estrictos o tradicionales. Esta segunda opción sólo es ejecutable si se articula, a su vez, como una pretensión que erigimos en contra del significado previo de las palabras y reglas. Vale decir, esta opción sólo es ejecutable como la pretensión de imponer un nuevo significado. Se trata de una decisión política: ella entra inmediatamente en el ámbito de la disputa de las decisiones y comprensiones del mundo, en el contexto en el cual se discute y decide sobre el sentido de las palabras y reglas.

Si el lenguaje es institución y, como tal, la condición necesaria de un pensamiento consciente, entonces la idea de una revolución en sentido propio, o es falsa o es la muerte.

La idea de una emancipación radical respecto de las trabas institucionales, de algo así como “una forma de vida humana en que el reconocimiento no requiera la institución” (Atria), de un estadio comunista de plenitud post-institucional, es una mera construcción mental abstracta.

Como el lenguaje es constitutivo de lo humano, la situación comunista ora es una en la que aún hay lenguaje, ora una en la que no. Si hay lenguaje, entonces hay sujeción a reglas generales y disputa sobre el significado de las reglas, o sea, política e instituciones. Si la emancipación revolucionaria fuese completa y de tal guisa que en ella se alcanzase decisivamente lo “post-institucional”, entonces ya no habría lenguaje, ni, en consecuencia, consciencia, ni nada (para nosotros). Para la consciencia humana o lingüística no hay otra forma de concebir un comunismo consumado que como la muerte.