• 2 abril, 2009

Adelanto de elecciones, movilizaciones sociales, nuevos riesgos financieros. Las noticias provenientes de Argentina son confusas e inquietantes. Para aclarar el panorama, viene bien un análisis desde allende los Andes.

El matrimonio Kirchner enfrenta una situación realmente compleja e inédita en los seis años que lleva en el poder: se profundiza la crisis económica, avanzan las fuerzas de la oposición, el conjunto de la sociedad se encuentra atemorizado por una ola de inseguridad que no tiene antecedentes y, para peor, el sector agropecuario se encuentra otra vez en pie de guerra.

La incertidumbre reinante se ha trasladado a los mercados: el valor de los bonos se ha derrumbado, tocando un piso que sugiere una virtual cesación de pagos, mientras los ahorristas deshacen sus posiciones en pesos y dolarizan sus activos. En realidad, no se trata de un fenómeno nuevo, pues en los últimos dos años han salido aproximadamente unos 30 billones de dólares del sistema financiero, generando una fuerte presión sobre el tipo de cambio. El gobierno reaccionó imponiendo un conjunto de medidas administrativas para restringir la demanda, que se han combinado con presiones informales hacia las principales empresas y operadores. Esta estrategia de “represión cambiaria limitada” no ha tenido efectos significativos; por el contrario, alimentó la desconfianza.

De este modo, la otrora sólida coalición que combinaba fragmentos políticos muy diversos (peronistas, radicales, sectores de izquierda e incluso políticos hasta no hace mucho pertenecientes a partidos de centro derecha) se ha venido desgajando progresivamente: Néstor Kirchner es ahora el líder del viejo Partido Justicialista y apuesta a retener el apoyo de los votantes clásicos de ese espacio político; fundamentalmente, los habitantes de los suburbios más empobrecidos de Buenos Aires.

Mientras en buena parte de la región los presidentes gozan en la actualidad de umbrales de apoyo popular muy altos, incluso record, en la Argentina ocurre exactamente lo contrario: Cristina Fernández de Kirchner tiene apenas un 25% de imagen positiva de acuerdo al último de sondeo de Poliarquía Consultores. Más aún, en el último año el respaldo de la opinión pública se redujo prácticamente a la mitad. Los principales factores que explican ese fuerte deterioro han sido la inflación (24% entre febrero de 2008 y de 2009, aunque el gobierno reconoce oficialmente apenas un tercio de esa cifra), el dilatado conflicto con los productores de cereales y carnes, la confrontación con los principales grupos mediáticos y el incremento de la pobreza y el desempleo.

Por ello, complicado tanto en el terreno político como fiscal, con escasos recursos para garantizar la disciplina de sus principales aliados (gobernadores e intendentes municipales), Néstor Kirchner –el verdadero poder detrás del trono– decidió adelantar en cuatro meses las elecciones legislativas, originalmente previstas para finales de octubre. El Congreso acaba de aprobar este cambio en el calendario electoral, de forma tal que los comicios se llevarán a cabo el próximo 28 de junio. El destino de los Kirchner se juega en el principal distrito del país, la provincia de Buenos Aires, donde deben renovarse 30 diputaciones. Allí el peronismo fue históricamente el partido dominante y en condiciones normales nadie dudaría de sus posibilidades para volver a hacer una excelente elección. Pero como dice el dicho popular, no hay peor astilla que la del mismo palo: se ha consolidado en los últimos tiempos una fuerza de oposición compuesta por peronistas muy críticos de los Kirchner, liderados por Francisco de Narváez y el ex gobernador de ese Estado, Felipe Solá. Estos dirigentes, aliados con el alcalde de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, constituyen una amenaza de creciente peso, pues compiten precisamente por capturar al menos parte del voto peronista y pueden, asimismo, capitalizar el apoyo de vastos sectores independientes.

Esto ha obligado a Néstor Kirchner a considerar seriamente competir como candidato a diputado por la provincia de Buenos Aires, agregando dramatismo a una elección que puede significar un punto de inflexión fundamental en la vida institucional del país.

En efecto, ¿qué ocurriría si, como sugieren los últimos sondeos de opinión, Néstor Kirchner logra una victoria sólo por un estrechomargen? Más aún, ¿cuánto capital político le quedaría al gobierno nacional en caso de un triunfo de los peronistas críticos en la provincia de Buenos Aires? En estos días no se descarta ninguna hipótesis e, incluso, figuras destacadas del oficialismo admiten la posibilidad de una eventual derrota.

Algunos especulan con que los Kirchner no tolerarían gobernar con un poder acotado y preferirían abandonar la Casa Rosada y volver al llano. En verdad, un reconocido dirigente kirchnerista hizo pública esa posibilidad hace apenas unos días. Y aunque sus declaraciones fueron desautorizadas por varios líderes oficialistas, quedó instalado nuevamente el fantasma de otro episodio de inestabilidad institucional, tan recurrentes en la historia de este país. Quienes conocen a Kirchner aseguran que, por el contrario, se aferrará al poder a cualquier costo y en cualquier circunstancia. De todos modos, prácticamente se descarta que alguno de los Kirchner, Néstor o Cristina, integre una fórmula presidencial dentro de dos años. Por eso, el ciclo de Kirchner parece agotado: su futuro poco diferirá de ese opaco devenir en el que transita a diario Carlos Menem.