Por: Francisco Ortega “Será el Moby Dick de los superhéroes”, aseguró el escritor inglés Alan Moore a Dick Giordano, editor general de DC Comics, en aquella reunión de abril de 1985. “Una obra política y realista que reflexionará acerca de esta mitología que ustedes han creado. ¿Cómo serían los superhéroes si realmente existieran? ¿Quién supervisa […]

  • 21 julio, 2016

Por: Francisco Ortega

watchmen

“Será el Moby Dick de los superhéroes”, aseguró el escritor inglés Alan Moore a Dick Giordano, editor general de DC Comics, en aquella reunión de abril de 1985. “Una obra política y realista que reflexionará acerca de esta mitología que ustedes han creado. ¿Cómo serían los superhéroes si realmente existieran? ¿Quién supervisa a los superhéroes?”, continuó el barbudo guionista; un autodidacta que desde fines de los setenta venía marcando pauta en el mercado del cómic británico a través de las revistas del Dr. Who y la influyente 2000 AD, donde llamó la atención del editor Len Wein, quien lo hizo cruzar el Atlántico para hacerse cargo de The Swamp Thing, el primer “título adulto” de DC Comics en 1983.

La conversación se fue alargando y el entusiasmo iba de un lado a otro. Para Giordano, Moore era su escritor más importante. Había creado a John Constantine, jugado con los géneros, metido literatura a los cómics y mediante dos números limitados para Superman (El hombre que lo tenía todo y ¿Qué fue del hombre del mañana?) demostró tener una especial sensibilidad con los emblemáticos personajes encapotados. No los veía como caracteres desechables o ligeros, sino como encarnaciones contemporáneas de los arquetipos épicos clásicos: el Rey Arturo, Hércules, Lucifer, Apolo, Jesucristo. Además, acababa de entregar el guion para una novela gráfica de Batman (La Broma Asesina) que de seguro iba a dar que hablar. Para Giordano, no sólo era lo mejor que había leído sobre el hombre murciélago, sino que por primera vez alguien entendía realmente al personaje del Joker.

Antes de continuar, un poco de contexto. DC Comics fue fundada en 1940 (oficialmente en 1945) a partir de la fusión entre National-Action Comics y Detective Comics, de la cual tomó las iniciales de su nombre. Hacia 1985, llevaba cuarenta años repartiéndose el mercado de las historietas con sus rivales de Marvel. DC eran (y son) los dueños de Batman, Superman y la Liga de la Justicia; los otros de Spider-Man, Iron Man y los Avengers. Con veinte años menos de carrera, Marvel se las había arreglado para imponer la idea del héroe con problemas, más “realista”. Los de Marvel eran humanos con poderes; los de DC, dioses… Pero hacia los ochenta, en la descreída Norteamérica de Reagan, nadie quería dioses; todo lo contrario: buscaban verlos caer.

Intentando reordenar la compañía, en 1985 Giordano y sus editores impulsaron la serie Crisis en las Infinitas Tierras que iba a copar todos los títulos de la editorial por un año, tras lo cual vendría un reinicio para sus personajes más emblemáticos. John Byrne se haría cargo de Man of Steel, la reinvención de Superman, y Frank Miller de Year One, con Batman. Miller además iba a presentar la novela gráfica The Dark Knight Returns, deconstrucción del mito, mostrando a un Batman anciano y alcohólico que en un dictatorial EE.UU. debía volver a ponerse la capa. En esa perspectiva, Moore quería ir un poco más lejos: una narrativa definitiva que funcionara como una suerte de despedida del orden del superhéroe. “Será un cómic que ganará el Premio Nobel”, subrayó Moore a Giordano. Y aunque no lo consiguió, anduvo bastante cerca.

¿Quién vigila a los vigilantes?

Giordano le dio luz verde al proyecto, pero en lugar de usar personajes originales, como era la idea del inglés, le entregó los héroes de Charlton, una editorial menor que DC Comics había adquirido a fines de los setenta. Fue Moore quien sugirió que del arte gráfico se encargara su compatriota Dave Gibbons, que sin ser dueño de un estilo impactante y “moderno”, era lo suficientemente detallista como para el trabajo que el escritor británico quería desarrollar.

Moore bosquejó un plot de doce números auto-conclusivos que era una ucronía, es decir, una realidad alternativa, en la tradición de los relatos de Philip K. Dick: los superhéroes habían existido realmente desde el año 1938, cuando un grupo de policías decidieron disfrazarse para combatir el crimen en las calles de Nueva York. Idealistas, pero también fascistas, ocultaban en sus disfraces trancas de todo tipo, la mayoría sexuales. Gente normal disfrazada, un invento de la prensa, hasta que en la década de los sesenta, un físico nuclear sufría un accidente que lo convertiría en el Capitán Atom, no sólo el primer súper humano de la historia, sino la principal arma estratégica de los EE.UU. En plena Guerra Fría, Atom garantizaba la superioridad de Washington frente a Moscú, además de permitir que Nixon se mantuviera en el poder hasta 1985, año en que se desarrolla la trama.

Desde 1977, tras un acta gubernamental, los vigilantes enmascarados estaban prohibidos, salvo dos que actuaban bajo supervisión directa de la Casa Blanca. El ya nombrado Capitán Atom y Peacemaker, un agente especial de la CIA, un “asesino gubernamental”. El relato se iniciaba después del asesinato de Peacemaker, lo que gatilla que un ex vigilante paranoico llamado Question decida reunir a sus ex compañeros para descubrir qué hay detrás de todo.

El proyecto fue presentado bajo el título de Who watch the Watchmen? (¿Quién vigila a los Vigilantes?), una frase sacada de la Sátira IV del poeta romano Décimo Junio Juvenal. La miniserie fue aprobada de inmediato por la plana editorial de DC Comics, con una salvedad: las colecciones regulares de la Liga de la Justicia habían decidido incorporar a los personajes de Charlton a sus filas, de modo que no era conveniente usarlos en una historia que los interpretaba de un modo tan radical y que además podía (Moore no había revelado al final) acabar con la muerte de uno de ellos, o de todos.

Tras una par de vueltas a la idea base, Moore volvió con una reescritura, ahora con personajes originales, tal cual había sido su idea inicial. Peacemaker se convirtió en The Comedian; Question pasó a ser Rorschach y finalmente Capitán Atom se encarnó en el todopoderoso Dr. Manhattan, inspiración para una frase que se convertiría en símbolo de la historia: “Dios existe y es norteamericano”.

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Con estos nombres y ahora bajo el título genérico de Watchmen, el número uno de la miniserie llegó a quioscos y librerías en agosto de 1986 y a partir de este instante la historia del cómic cambió para siembre.

Una perfecta simetría

Prácticamente desde su debut, Watchmen llamó la atención. Un boca a boca que se convirtió en fenómeno cultural. Revistas como Rolling Stone y Newsweek dedicaron sendos especiales por primera vez en su historia a un cómic y escuelas de literatura que por décadas miraron con recelo los anhelos intelectuales del género se vieron seducidas ante una obra que desafiaba formatos y estilos.

En el aspecto visual, presentaba una plantilla de viñetas regulares en mosaico de tres por tres, prácticamente iguales unas a las otras, que se comunican entre sí a través de un efecto espejo, que alcanza su punto más alto en el capítulo 5, llamado Aterradora Simetría, que es toda una clase de narración gráfica y secuencial. La página 1 es idéntica a la 24 (la última del capítulo), la 2 a las 23 y así hasta llegar al punto medio (12 y 13) donde se revela este efecto, que resulta subliminal al lector, pauteando una información paralela a quien sigue al relato. Nada es lo que parece aunque sea idéntico, nos dice Moore mediante los dibujos de Gibbons.

En Watchmen todo es parte de la arquitectura de la ficción. La ausencia de onomatopeyas para que los ruidos sean completados por quien lee en su cabeza. El uso de la cultura pop, desde la chapita de Smiley a letras de Elvis Costello, y citas a películas clásicas de ciencia ficción y a la propia historia del cómic. Las portadas de cada capítulo corresponden a la primera viñeta y al mismo tiempo a un minuto de tiempo en un reloj que está a doce minutos de la medianoche del fin del mundo. Detalles en esquinas y títulos de periódicos que se explican más adelante. El relato interno de un cómic de piratas (Cuentos del carguero negro) que lee uno de los personajes secundarios y que parece gratuito cuando en el fondo nos está revelando, como en un espejo, el arco principal. Fragmentos en prosa de novelas inexistentes, recortes de diarios y una resolución dramática en la que Moore se ríe de las convenciones más básicas de la historieta: el villano que no era un villano y que antes de culminar su plan lo explica con detalle; una invasión extraterrestre falsa para justificar la paz mundial mediante un miedo común; una gran broma que explica que todo comience con la muerte de un personaje llamado El Comediante.

En rigor, la obra es menos seria de lo que parece y ahí radica su fascinante lucidez. El escritor Thomas Pynchon, uno de sus reconocidos fans, destaca que fue el primer producto masivo que puso en primera plana el tema de la conspiración como arquetipo narrativo, hoy tan en boga. Sostiene Pynchon que la mayoría de la ficción contemporánea, desde Twin Peaks al cine de Darren Aranovski y las novelas de Dan Brown no existirían sin Watchmen. Y ésa es la razón de su impacto cultural, que ni la mediocre adaptación de Zack Snyder en 2006 (“nunca entendió nada”, según Moore) logró eclipsar.

Elegida en 2000 por New York Times como una de las doscientas novelas del siglo XX y en 2005 por Times entre las cien obras narrativas de habla inglesa de todos los tiempos, en sus tres décadas de historia Watchmen elevó a calidad de mito. su propia existencia y la de su autor. ¿Hay otros cómics tan o más importantes? Por supuesto, ahí están Akira en Japón, Tin Tin en Europa o el propio Eternauta en Latinoamérica, pero ninguno de ellos marcó un antes y un después, un hito cultural de tamaña magnitud como Watchmen.

De acuerdo a Moore, tras el cierre de su obra no tenía sentido seguir escribiendo cómics de superhéroes. Y es cosa de revisar el estado actual de Marvel y DC para entender la razón de sus palabras. Lo dijo Sam Tanenhaus, editor del suplemento literario del New York Times entre 2004 y 2013: “Creo que las obras de ficción más importantes publicadas en EE.UU. en las últimas cuatro décadas son Watchmen y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño”. Por si no lo sabían, Bolaño era fan de Alan Moore. •••

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El misterioso señor Moore

Tan mítico como su propia obra. Alan Moore es, sin discusión, el escritor de cómic más importante de los últimos cuarenta años. Autor además de V de Vendetta y la formidable From Hell, este inglés de tupida barba ha jurado no volver a trabajar para la gran industria (DC y Marvel) tras sonados conflictos por derechos autorales. Casi retirado, vive en la costa de Northampton, donde se dice practica magia ancestral y convive con tres esposas, a las cuales desposó tras un rito druida. No usa computador y aún se comunica vía fax. En septiembre publicará Jerusalem, una voluminosa novela de casi dos mil páginas que reconstruye la historia de Inglaterra a través de las visiones de William Blake, la magia y la física cuántica. A dos meses de su publicación, la red social literaria Goodreads.com ya la califica de obra maestra, pese a que nadie la ha leído.

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La película y sus versiones

En 1987, Watchmen quiso ser llevar a la pantalla grande por el inglés Terry Gilliam, quien al año de trabajo se bajó del buque por considerar que era una obra inadaptable, tal como se lo había advertido el propio Alan Moore. Hacia 2006, la historia llegó al cine mediante un film dirigido por Zack Snyder, en una interesante pero muy fallida lectura del cómic. Moore declaró no haberla visto. Hay tres cortes de la película: el para cines y TV cable, el del director para DVD/BluRay con veinte minutos más de metraje y la versión Ultimate, con una hora y diez de material extra que incluye segmentos animados para el relato paralelo de Cuentos del carguero negro.