“Me echaron de dos colegios, repetí sexto básico y lo pasé mal. Cuando uno es niño cree que es uno el que no encaja en el sistema, después me di cuenta de que era el sistema el que estaba mal”. Así explica Pablo Ibáñez la experiencia que lo llevó a replantearse la manera como se […]

  • 13 abril, 2018

“Me echaron de dos colegios, repetí sexto básico y lo pasé mal. Cuando uno es niño cree que es uno el que no encaja en el sistema, después me di cuenta de que era el sistema el que estaba mal”. Así explica Pablo Ibáñez la experiencia que lo llevó a replantearse la manera como se enfoca la educación en Chile. Pensó en estudiar Pedagogía, pero se decidió por Derecho y, al terminar su carrera, empezó a darle vueltas a la idea de crear un colegio. En eso estaba cuando lo llamó uno de sus mejores amigos, Cristián Figueroa. Le contó que partía a Londres con su señora, Bernardita Tornero, quien iba a estudiar un Phd en Educación y que, a la vuelta, querían formar un colegio. Los astros se alinearon.
La primera reunión, a la que se sumó la señora de Pablo, Constanza Graell, la tuvieron en 2009. De ahí sacaron en limpio lo que no querían ser: no tendrían inspectores, ni miles de tareas, ni que se dictara cátedra en las clases.

Al regreso a Chile de Bernardita y Cristián, los cuatro se pusieron manos a la obra. Pablo empezó a trabajar con Sergio Massai, un empresario agrícola de Rancagua que sería el primer aportante del proyecto. Así, en 2012 crearon la Fundación Educacional Impulsa. Viajaron para conocer diversos modelos educacionales y decidieron inspirarse en KIPP (Knowledge Is Power Program), que se aplica en las escuelas públicas de Estados Unidos y que empodera a los niños a través de la formación del carácter. “Lo usamos como una base de pizza y le fuimos poniendo ingredientes: habilidades blandas, autoestima y otras acciones”. Y levantaron el colegio: Ayelén en Rancagua, sin lucro, sin copago y sin selección.

Lo hicieron en grande. Contrataron a Alejandro Aravena para que construyera los 7.000 metros cuadrados del proyecto con una inversión de 10 millones de dólares a través de un leasing, y empezaron a reclutar profesionales. Hoy su director tiene 40 años y estudió en Columbia, y sus profesores bordean los 26 años.

Tienen 1.170 alumnos, de los cuales 69% son considerados vulnerables, y 2.000 en lista de espera. Con lo que recaudan por subvención logran pagar los sueldos. Todo el resto, lo financian a través de aportes. Entre ellos, Massai Agricultural Services, Fundación Emejota y Jotace, Fundación Educacional Hernán Briones, Sumitomo Chemical, Auter y Schwager. “La idea es ir creciendo. La plata no sobra, pero nos hemos encontrado con un boyante espíritu de responsabilidad social empresarial”, cuenta Pablo.

El objetivo de Ayelén es que todos sus estudiantes ingresen y egresen exitosamente de la educación superior. Los resultados de estos cuatro años impresionan: en alumnos de segundo medio, los resultados académicos y los indicadores de desarrollo social son mayores al promedio nacional.