El cronista probó algunos vinos de Doña Paula, una exitosa viña mendocina filial de Santa Rita. La excusa para hablar de la competencia entre productores chilenos y argentinos. POR M.S. Un fantasma recorre el mundo del vino: el malbec argentino. Reconocida o no, hay una inquietud creciente entre los productores locales ante la fuerte avanzada […]

  • 18 mayo, 2007

El cronista probó algunos vinos de Doña Paula, una exitosa viña mendocina filial de Santa Rita. La excusa para hablar de la competencia entre productores chilenos y argentinos.
POR M.S.

Un fantasma recorre el mundo del vino: el malbec argentino. Reconocida o no, hay una inquietud creciente entre los productores locales ante la fuerte avanzada de las etiquetas transandinas en los mercados internacionales. The Economist aportó un punto de vista para medir el nivel de este avance. Revisó los puntajes otorgados por la revista Wine Spectator –una de las más infl uyentes de Estados Unidos– y llegó a la siguiente estadística: 172 vinos argentinos alcanzaron más de 90 puntos contra 138 botellas nacionales.

¿Cómo en tan poco tiempo la industria vinícola argentina está logrando –y en algunos casos superando– lo que a Chile le costó décadas? ¿Son mejores o es un asunto de marketing? Hay varias respuestas. Veamos.

Patricio Tapia, la voz más respetada de la crítica de vinos en Chile, ha dicho que ellos tienen algo de lo que nosotros carecemos: una marca país, sustentada en personajes como Evita y Maradona.

Respecto a la calidad del vino, César Fredes –el otro referente entre los wine writers nacionales– dijo en La Nación que los malbec trasandinos “siempre tienen exceso de barrica, las más de las veces americana, el grado alcohólico muy alto y los taninos bien presentes. La fruta no se encuentra por ninguna parte”.

Ambos puntos de vistas son atractivos, pero no creo que sean del todo correctos ni menos que expliquen el fenómeno. Para empezar, no sé cuán benefi cioso resulte que una botella se relacione a personajes que pueden representar lo peor del populismo y la farándula. Lo más importante, a mi entender, es la calidad del producto. Y aquí los argentinos han hecho bien la pega. Decir lo contrario sería adoptar la estrategia del avestruz.

Aunque suene paradójico, parte de la responsabilidad en el auge del vino trasandino la tienen productores chilenos que han invertido en el país vecino, aportando sus conocimientos y revitalizando la industria. Viñas como Concha y Toro, San Pedro, Montes y Santa Rita están produciendo vinos al otro lado de la cordillera con excelentes resultados.

Recientemente, tuve la posibilidad de conocer los vinos de Doña Paula, una fi lial de Santa Rita fundada en 1997. Hoy cuentan con cerca de mil hectáreas en Mendoza, en las zonas de Ugarteche, Luján de Cuyo y Tupungato y algunos de sus vinos han conquistado al más infl uyente de los críticos argentinos, Miguel Brascó. No es poca cosa. Este wine writer de estilo inconfundible, polémico y deslenguado, dijo que el Malbec Selección de Bodega 2002 era “difícil de superar”, mientras que al Chardonnay de la misma añada y etiqueta lo catalogó como “uno de mis blancos argentinos predilectos”.

Doña Paula puede encontrase en Chile en algunos supermercados y tiendas especializadas y es una buena puerta de entrada al vino argentino. Yo probé las cosechas 2005 del Shiraz-Malbec, Chardonnay y Malbec de la línea Estate, que tiene un precio de $ 7.700 y me gustaron especialmente los tintos. Son vinos amables, generosos, con una madera que otorga elegancia y complejidad sin esconder la fruta, ideales para beber con comidas otoñales. Lo que me parece más interesante de estos vinos es que poseen un carácter acentuado, inobjetablemente argentino. Y en esta cualidad quizás se encuentre una explicación al auge de las etiquetas trasandinas en el mundo.

Fuera de modas y estilos, una diferencia nada desdeñable entre los productores de ambos lados de la cordillera tiene que ver con eso que llaman la cultura del vino. En Mendoza el vino es parte de la vida, no un accesorio para impresionar a los amigos. El vino se bebe en familia, siempre en las comidas y hasta a los niños se les deja probar una copa, mezclada con soda.

Acá, en cambio, beber una copa al almuerzo puede ser motivo de sospecha, mientras que a nadie le sorprende que se tomen litros de bebidas azucaradas. Incluso un grupo de parlamentarios, supuestamente progresistas y liberales, quiere poner un rótulo de advertencia terrorífi ca en las botellas, del tipo que llevan los cigarrillos. Algo así sería impensable en Argentina. Y así nos va.