Por Natalia Saavedra. Es hijo de una poeta-profesora de religión y de un ingeniero. Bien diversa la mezcla entre la que creció Pablo Walker, el actual capellán del Hogar de Cristo. Es el más chico de cinco hermanos (47 años) y el segundo de su familia en ordenarse sacerdote. Lo jesuita lo llevó de chico. […]

  • 30 mayo, 2014

Por Natalia Saavedra.

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Es hijo de una poeta-profesora de religión y de un ingeniero. Bien diversa la mezcla entre la que creció Pablo Walker, el actual capellán del Hogar de Cristo. Es el más chico de cinco hermanos (47 años) y el segundo de su familia en ordenarse sacerdote. Lo jesuita lo llevó de chico. Estudió primero en un colegio de la orden en Madrid y al regresar a Chile, sus padres lo metieron al San Ignacio de El Bosque.

Primero estudió Derecho, pero lo dejó a los dos años para entrar a la orden. Sin criarse en una familia católica estricta, desarrolló diversos intereses. Trabajó en fundaciones como Nuestra Casa (apoyando a las personas en situación de calle) y mientras se preparaba para ser ordenado, estudió filosofía y artes visuales: cursó talleres en la Arcis y también en la Universidad Católica.

Y justo cuando estaba montando exposiciones en el Bellas Artes junto a Mario Soro y Virginia Huneuus, le pidieron hacerse cargo de la capellanía del Hogar de Cristo. Dijo que sí, y aterrizó en un nuevo desafío.

Lo suyo era el arte y no la tecnología, pero así y todo se tuvo que abrir un Twitter –que al principio reconoce entendía muy poco– para estar en contacto con la gente que sigue la labor del Hogar de Cristo. Desde ahí dispara. Ha dicho que los impuestos son lo mínimo que el país puede hacer por la justicia social y que el mundo narco es una respuesta a la exclusión que genera la pobreza.

Vive en la población Las Palmas, en Estación Central, y desde ahí sale todos los domingos hasta Las Condes, donde hace misa regularmente en la parroquia Teresita de Liseaux. También realiza acompañamientos en el San Ignacio y entre ese público trata de difundir lo que vive.

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Walker vive entre contrastes. En su barrio –y no es caricatura, advierte– la droga, los arreglos de cuentas y los “sapos” son parte del día a día. “Un mismo país, pero galaxias diferentes”, dice.

No vive ahí por moda. Le gusta caminar a su trabajo en la oficina del Hogar de Cristo y encontrarse con situaciones que lo apeguen a la realidad. “No quiero ser la voz de los más necesitados. Eso sería un descaro. Que le pasen el micrófono a ellos”, aclara.

La reparación social es el concepto que Walker –quien ha tenido agitadas semanas luego de cerrar una difícil campaña de socios para el Hogar de Cristo– quiere instalar en la sociedad. Dice que las demandas de la pobreza más cruda se han vuelto invisibles y es necesario restablecer los lazos: “Queremos erradicar la pobreza como un país ad portas del desarrollo, pero ojalá verla lo menos posible. El mayor daño es que vamos a ser un montón de fundaciones escondites de pobres”, alerta.

El Chile que observa Walker está compuesto todavía por 2.447.354 personas en situación de pobreza. Es decir, un 14% de ciudadanos que vive con menos de 72 mil pesos al mes. Es por eso que, a su juicio, la mayor recaudación del Estado tras la Reforma Tributaria, no sólo debe responder a las demandas de la clase media, sino también solucionar el problema de los más de dos millones de chilenos que, sin ser superhéroes, tienen el poder de ser invisibles.

-¿Está de acuerdo en que vivimos en un país más equitativo?
-Me alegro de que, progresivamente, se esté instalando la idea de que un país así de desigual no es viable. Nos debíamos esa lucidez. Pero es imprescindible buscar la sabiduría para plantearnos cuáles son las causas de la desigualdad, que humilla la dignidad humana. Y no pido que  todos alcancemos un comportamiento uniforme, porque la diversidad es un tesoro. Sino que por desigualdad estoy entendiendo que somos un país todavía hiriente, cuando vemos la distancia entre las oportunidades y las condiciones de vida de personas que compartimos un mismo país, pero que al parecer vivimos en galaxias paralelas, en países diferentes.

-¿La falta de movilidad es el problema de fondo?
-Es parte del problema. Qué hizo Chile: dijo hay que apostar al despliegue de las capacidades individuales. El relato es que el mejor país que podemos tener es el de una verdadera meritocracia. De modo que estamos en un esquema del Chile de las oportunidades, pero eso tiene un aspecto bueno y otro malo. Bueno, porque es una barrera contra la corrupción y compromete a las personas con su potencial, pero muy malo porque te deshumaniza. Te aleja de las personas que no te sirven para ese exitismo.

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-Pero el discurso de la meritocracia parece un modelo sensato…
-La meritocracia considerada como un único relato, nos condena a estar centrados sólo en nosotros mismos y provoca un debilitamiento de cualquier vínculo que no esté relacionado con la proyección inmediata de mis intereses. Una meritocracia que no se complementa con un modelo de dignidad y de desarrollo humano, me pasa la cuenta de vivir centrado en mi ombligo. Hay que ponerle otro foco, que tiene que ver no sólo con preocuparse de mis intereses, sino que se complementa con la idea de la responsabilidad que tengo hacia las otras personas. Es fuente además de una inmensa conflictividad social, de segregación escolar, territorial, urbana. Fuente de apartheid cultural, donde el tejido social se va debilitando y donde las relaciones son de desconfianza, o más bien de competitividad.

-¿Es decir que el Chile de las oportunidades no sería la mejor vía para terminar con la segregación?
-Claro, porque si estoy centrado solamente en mis oportunidades, pierdo la visión del otro. El Padre Hurtado decía que quien verdaderamente tiene sentido social se da cuenta de que todas sus acciones provocan alegría o tristeza y descubre el valor sobrenatural que tienen cada una de sus obras. Es decir, cómo yo genero ingresos en mi industria y me doy cuenta de que eso moralmente no es neutro.
EL ROL DE LA EMPRESA
-Las empresas hablan mucho de sus acciones de Responsabilidad Social Empresarial. ¿Son suficientes?
-El rol de la empresa es clave, es una responsabilidad mayor en la creación de una sociedad inclusiva. Lo es no solamente porque genera puestos de trabajo y bienes, sino porque el modo como está diseñada genera sociedad. Si la empresa, incluso pagando grandes costos, reduce la rentabilidad directa e invierte en la calidad de los salarios, en las condiciones laborales, en la dignidad de sus trabajadores y en la proximidad de sus ejecutivos y empleados, genera vínculos, paz y credibilidad.

-¿Eso se ve en las empresas chilenas?
-Se ve una nueva generación de empresas que tienen como fin generar rentabilidad para sus accionistas, pero que han hecho un pacto para que esa rentabilidad sea coherente con reparaciones sociales y medioambientales. Son las empresas B, que son 900 empresas en todo el país. ¡Poco, poquísimo! Ese relato es de una generación joven que no le tiene vergüenza a ser empresario, que ve en su ser emprendedor un aporte a crear un país inclusivo, menos desigual, humanizador en su trato, en su vínculo.

-¿Los grupos tradicionales tienen una deuda, entonces?
-En Chile hay niveles de acumulación de riqueza que son una herida permanente en la vida de los más pobres. Y ojo, no es porque sean resentidos, sino que hay maneras de tener éxito y de administrar el patrimonio que son una buena noticia y hay otras que son una bofetada. Y eso precisamente es fuente de incoherencia cristiana, pero además, le da una razón a la narco cultura para operar. A qué me refiero, a que cuando la gente siente eso dice: “sabes que más, me aburrí, prefiero ser malo a no ser nadie”. ¡Para qué trabajar 30 años como burro si puedo estar dos años como rico! Es algo muy real.

-Pero tampoco podemos endosarle a los empresarios esa responsabilidad…
-A ver, cómo decirlo, pero disculpando la expresión, tengo que ser imbécil para pensar que con el sueldo mínimo una persona vive bien. Entonces, ahí visualizo la responsabilidad del empresario diciendo “a ver, qué provoca mi industria en la vida, no sólo del barrio donde opero, sino en la vida de mis trabajadores”. Eso esperaría –al menos– de una persona que se dice cristiana.

EL CHILE INVISIBLE
-Chile ha hecho un esfuerzo por reducir la pobreza dura. ¿Se ha logrado o es slogan?
-En Chile, la pobreza está invisibilizada. Primero, porque las demandas que se escuchan en la calle son las de la clase media. Es justo, pero por ejemplo las demandas de las 80 mil personas con discapacidad mental, para los cuales hay un presupuesto nacional irrisorio y que están en una situación de apremio, no. Para ellos no hay medicamentos para no ser humillados bajo el estigma de mayor caricatura de la pobreza: la loca de la plaza o el curado de la esquina. En el Hogar de Cristo sólo atendemos a 800 de ellos, ¡800! En Chile se da una invisibilidad de la pobreza porque grita menos, salvo cuando amenaza la seguridad ciudadana.

-¿Tanto miedo le tenemos a la pobreza?
-Como sacerdote me da mucha pena, pero reaccionamos ante la pobreza precisamente cuando tenemos miedo. Esperaría que un país ad portas del desarrollo no espere un estallido social para reaccionar, sino que lo haga por una convicción interna. Todos, y me incluyo, somos parte del problema, mandamos lejos a la gente pobre. Hace décadas atrás estaba la práctica de sacarlas del lecho del Mapocho y mandarlos a Puente Alto. Eso sigue pasando. Incluso las fundaciones de caridad pudieran ser funcionales a eso.

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-¿Cómo?
-Es decir, yo soy socio y te pago para que me administres la pobreza a distancia. Y si aparece un hombre en situación de calle te llamo y te digo “pagué un servicio, venga usted y saque esta persona que afea la plaza”. El tesoro del Hogar de Cristo son los socios, con ellos paramos la mitad del presupuesto y les agradezco inmensamente, pero lo que quiero decir es que sufrimos porque una persona puede ser socia, pero si le construyes una hospedería en la esquina de su casa no le gusta.

-La política de “no en mi jardín” también se aplica a la pobreza…
-A eso quiero ir, nuestra primera labor es acoger con amor a los que tienen necesidades, pero nos falta lograr esa tarea. Y pasa en todos lados, no sólo en las comunas de más dinero. Necesitamos cerrar la fábrica de la exclusión, que habla de una inseguridad que todos tenemos. Necesitamos transformar lo que entendemos por dignidad, por autoestima, por éxito y por desarrollo, atravesado por el centro de que lo más digno y el mayor éxito es la reparación de los vínculos sociales. Ésa es la auténtica justicia. Sino, al final lo que vamos a ser es un montón de fundaciones escondites de pobres.

-¿Y de quién es la responsabilidad de lograrlo?
-Tenemos que unir lo que hace el Estado –que por cierto debería ser mucho más de lo que hace– y lo que pueden hacer las empresas, que también es mucho más. Necesitamos que las empresas abran puestos de trabajo para personas con discapacidad, con récord penal, en situación de calle. Si logramos que los vecinos tengan otro trato, que llamen por su nombre a la persona de la calle y lo animen a recuperar su autoestima; y educamos a nuestros hijos para que nunca más en nuestro país usemos nombres despectivos respecto a personas pobres, y les enseñamos a tratar igual al portero que al presidente del directorio, las cosas van a cambiar.

-La elite es –seguramente– la que más opciones tiene de incorporar este concepto de reparación ¿Escuchan esta demanda?
-Creo que hace eco. Ahora existe un anhelo de todas las personas hacia el exitismo, de que tengo que lograr todo lo que pueda. Pero también hay que entender que esa sociedad del éxito tiene que acoger, entender y querer a las personas –sobre todo– cuando no son productivas, eso es la verdadera dignidad.

-Escuchamos el discurso, pero sigue existiendo la segregación, en los colegios, en los trabajos, los barrios…
-De lejos, no somos lo mismo. El arribismo está intoxicando Chile, todos queremos estar más alto, diferenciarnos diciendo que soy mejor que otro por el tipo de bienes que consumo o por el reconocimiento que tengo en un ranking y no por haber llegado a la mejor versión de mí mismo. Eso le está haciendo daño al país. Todo el sistema de premiaciones ha sido una estrategia para activar el esfuerzo, pero es miope. Hay que motivar a una persona a activar su potencial, pero no porque tiene que ser para ser mejor que otro, sino por mi propia dignidad. Cambiar la razón de ser de mi esfuerzo, ponerle otro foco: reparar esa herida social.

-Ahora, a nivel del Gobierno pareciera haber una intención de reparar brechas, por ejemplo con la reforma educativa…
-Respecto al debate, visualizamos que el Estado requiere más recursos no sólo para pagar una deuda en educación, sino también para pagarle a esas personas invisibles. Y al mismo tiempo, esperamos que el modo en el que se enfrente esa reforma haga que todos los involucrados no nos desentendamos de la preocupación por el bien común. Que no le endosemos al Estado el decir “mire, como yo pago impuestos, no me pida nada más”. Hay algo que el Estado puede y debe hacer, pero hay otra parte que el privado también debe hacer. Y si no están juntas las dos partes, nuestro país va a seguir fracturado.

-¿Le preocupa ese desinterés?
-Lo que me preocupa, y que tiene absolutamente secuestrado a los más pobres, es la necesidad de validarse frente a sus pares a través del consumo. Una cantidad grande de personas de mucho esfuerzo, que ganan plata luego de viajar 4 horas en Transantiago, sufren todo el día la presión de por qué no puedo tener eso y se convencen de sacrificar sus ahorros y su bienestar por una tele más grande. ¿Y por qué? Porque nos convecimos de que desarrollo es igual a cantidad de cosas y nos saltamos la pata más importante que es la calidad de los vínculos. ¡Dónde está la fe, la ciudadanía, la vecindad! No nos saludamos porque no nos vemos. El objetivo debe ser lograr que el otro entre no sólo en mi carta Gantt para mis objetivos, sino de pensar cómo está afectando todo lo que hago a las otras personas.

-¿Cuáles son las áreas dónde falta mayor apoyo financiero a la pobreza?
-Es que hay ayudas irrisorias. En discapacidad mental, por ejemplo, está hasta desequilibrado con otros países iguales a Chile. Eso es urgente. Pero también la situación del adulto mayor es preocupante, no es justo que las fundaciones reciban del Estado sólo un tercio de lo que cuesta mantener ese adulto. Ahora vale aclarar que la reparación de lo injusto no es sólo pega del Estado, es pega de la Iglesia, de organizaciones, de empresas, de universidades, de estados, de colegios. De todos.

-En ese Chile más igual ¿apoya la idea del AVP?
-Hemos ido dando pasos en el apoyo de la dignidad de las personas homosexuales, hemos ido rompiendo viejas resistencias, a veces ciegas. El poder honrar la calidad de los vínculos me parece humanizador. Obviamente que, como sacerdote, para honrar a diversas realidades usaría diversas palabras.

-¿Es decir, que no todo sea matrimonio?
-Claro, podría ser. Esperaría que haya un cambio de switch más que una homologación de los términos, reconocer estándares, dar respecto y dignidad.  •••