La laudatoria crítica de Ignacio Valente a la novela El ardor de la sangre, de Irene Nemirowsky, nos tienta a leer El caso Kurílov, de la misma autora.

  • 26 abril, 2012

La laudatoria crítica de Ignacio Valente a la novela El ardor de la sangre, de Irene Nemirowsky, nos tienta a leer El caso Kurílov, de la misma autora. Conocemos esta historia por el ya retirado agente León M, o Marcel Legrand, la identidad que el Partido Comunista le asignó cuando le entregó la misión de asesinar al ministro de Instrucción Pública del zar Nicolás II, Valerian Kurílov. León M o Legrand, como le llamaremos en adelante, es virtualmente hijo del PC. Su padre y su madre fueron militantes y murieron tempranamente, por lo que él quedó a cargo del partido. Toda la obra está narrada en tercera persona, pero habitualmente tomando el punto de vista de Legrand.

 

 

 

Sin duda, una de las cuestiones más interesantes de esta novela breve es el de la invasión de la intimidad de una familia. Legrand es una suerte de médico de cabecera de Kurílov, quien sufre agudos dolores en el hígado que podrían atribuirse a un cáncer. La cercanía física con el enfermo, la constatación de su sufrimiento, hacen aparecer escrúpulos en Legrand, relativizan su odio por el ministro y lo hacen apreciar en él pequeños gestos de humanidad. Pese a que Kurílov es un personaje fatuo y poco empático, a Legrand le agrada particularmente la forma en que trata a su mujer, Marguerite. No obstante su formación y militancia, Legrand va dejando ver que se siente incómodo en su papel: al cazador no le gusta disparar a una presa que él mismo ha alimentado, concluye.

 

Un aspecto contingente para nosotros de esta novela es que el ministro Kurílov debe enfrentar revueltas estudiantiles. Aún en periodos de absoluto poder zarista, los estudiantes, y el Partido Comunista en medio de ellos, desafían a la autoridad. En la práctica, el ministro ocupa buena parte de su tiempo en reprimir estas manifestaciones y muchas de las decisiones de gobierno que debe tomar se relacionan con el tema.

 

Un siglo de diferencia en el tiempo; circunstancias y sistemas de gobierno completamente distintos, y sin embargo uno no puede dejar de pensar en las revueltas estudiantiles que vivimos el año pasado en Chile. Sutilmente, Nemirowsky deja ver un régimen decadente como telón de fondo de esta obra, como cuando narra las conversaciones de Kurílov con otros ministros o dignatarios invitados a una cena en su casa. Se devela en ellas poca confianza en la capacidad del zar, intrigas en torno a él. Se empieza a instalar así el ambiente que culminaría con la revolución rusa. La alta sociedad de San Petersburgo rechaza a Marguerite, la esposa de Kurílov, porque era una cantante de París, y fue su amante mientras él aún estaba casado con su primera esposa.

 

Cuando ésta fallece, Kurílov se casa con Marguerite. El ministro de Instrucción organiza una gran fiesta e invita al zar y a su mujer, que asisten luego de algunas dudas. A la semana, el zar le pide que se divorcie o deje el cargo: las intrigas de la corte han hecho mella. Irene Nemirowsky hace gala de su escritura atildada, rica en descripciones pero al mismo tiempo ágil y muestra una notable caracterización de sus personajes.

 

Hay un adecuado manejo del suspenso: el lector sabe que Legrand está allí para matar a Kurílov y diversas circunstancias hacen pender ese acto de un hilo. En medio de la acción, hay espacio también para la reflexión. Otro aporte de la novela es cuando el autor intercala pensamientos de Legrand de una época posterior a aquella en que transcurre la mayor parte de la trama. Resulta que él, una vez que hubo triunfado la revolución, fue comisario del PC y se vio enfrentado a situaciones que guardan alguna relación con las que debió vivir Kurílov.

 

Fue responsable de ejecuciones y arbitrariedades que cometió cuando tuvo el poder: en ello se hermana con Kurílov. Una curiosidad literaria: el padre de Vladimir Nabokov fue también ministro de Instrucción del zar Nicolás II. El caso Kurílov es una novela sobre la traición y la intimidad, pero es también una novela acerca del poder; de su futilidad y la dificultad y reticencia de los hombres a perderlo. Sin que alcance las alturas de la Suite francesa, vale la pena leerla.