El país pasa por una crisis. El sistema político ha tendido a perder legitimidad. Los gobiernos se vienen contentando, hace tiempo, con mantener el equivalente al “voto duro” en la aprobación popular, apretar los dientes y aguantar. Ha sido la tónica de esa extraña época de los períodos Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera. Ella, una reformista política con poca preocupación por la economía. Él, un economista y empresario con escaso sentido político. Y así nos vamos. Porque apretar los dientes no sirve: lo prueba, por lo pronto, que ni Bachelet ni Piñera han sido capaces de entregar la banda presidencial a alguien de sus filas.

La reforma sobre el financiamiento de las campañas políticas fue un esfuerzo importante por relegitimar la política. Quedó sembrada la duda sobre hasta dónde llegaba el contubernio, pero el nuevo sistema de financiamiento despeja muchas variables. Con todo, una recuperación de la confianza exige que quienes pretendan mantenerse en la primera fila de la política nacional estén libres de sospecha. Lamentablemente, no ha sido la tónica. Recordamos el “raspado de la olla” de Moreira, y, por dar una lista breve, los problemas de Rossi, Von Baer, Van Rysselberghe, Reginato, Enríquez-Ominami y Jorge Pizarro.

Parte de la crisis política chilena pasa porque las élites han devenido oligárquicas; buscan mejorar posiciones antes que el interés general de la nación, de guisa que pierden la capacidad de comprender políticamente la situación. No es casualidad que esta época nuestra se caracterice: o bien porque no se han hecho las grandes reformas territoriales e institucionales requeridas por la situación, o bien porque las reformas que se han efectuado han sido el producto de tales descuidos que hacen rechinar los fundamentos de las instituciones: las universidades, con la gratuidad, las empresas de todo tipo, con la reforma tributaria.

La política se ha vuelto, salvo excepciones destacables, una generalizada disputa de facciones, entre conglomerados, al interior de los conglomerados y de los partidos.

¿Dónde está el centro político? No la construcción estadística, sino el lugar aquel en el cual se realizan las discusiones nítidamente interesadas en el país y se da forma, allende las diferencias, a los acuerdos sobre los que se logra transitar con prestancia desde el pasado hacia el futuro. En cambio, contamos con un escenario extendido de descomposición del espacio mismo de la discusión política. Cada cual arrea para su lado. En el intertanto, el país, ahora, aprieta los dientes y espera que no sobrevenga una crisis mayor.

Que se recupere la capacidad de comprensión política de la situación y las aptitudes del sistema político para lograr grandes acuerdos supone un cambio general de mentalidad. Expandir y profundizar la mirada, ante un modelo que hace crisis, en su productividad, en la educación, en la concentración urbana y el abandono de las provincias, y que logra colocar solo lenta y hacinadamente a las precarias clases medias emergentes. La capacidad de comprensión política necesita, como decía Kant, un especial talento. Talento más saber político y honestidad es lo que requiere el momento presente.

Su irrupción exige, empero, que se despeje antes el paso; que los corruptos, los oligarcas, los habituados a disputas maquinales salgan. O sea, no basta esperar el surgimiento de una comprensión política renovada. Debe también lograrse esto: que se investiguen todas las situaciones aún pendientes de financiamiento ilegal de la política; que los involucrados suspendan, hasta que se aclaren sus asuntos, la participación en puestos de poder; que los sancionados no vuelvan; que haya, además, dirigencias políticas valerosas que velen por la cuarentena.

Hay síntomas positivos en algunas dirigencias de partidos tradicionales, como RN, y de los sectores institucionalmente más consolidados del Frente Amplio. Pero, salvo esas excepciones, lo que parece reinar es una masa que se acostumbró a los entramados corruptos y que les traspasa sus inveterados hábitos a los más nuevos.

Si la ciudadanía no lo pide por medio de los votos, presa del clientelismo e incrementadas tecnologías electorales, lo exigible sería que partidos políticos responsables con los destinos del país lo hicieran. La UDI sacó de la primera línea a Jovino Novoa, pero, ¡para colocarlo en la Fundación Jaime Guzmán, encargada de “formar” a sus cuadros jóvenes! ¿No debiera haber quedado fuera de juego el destituido alcalde PPD Rodrigo González? ¿Qué espera el PS, el partido históricamente más relevante de la izquierda, para ordenar su casa?

¿Y Bachelet? Las denuncias son aún denuncias, no condenas. La novedad, empero, es que ahora existe una cantidad concreta de dinero –101,6 millones de pesos–, la cual sería rastreable; se habla de la intermediación de Lula da Silva y de un eventual receptor: Martelli y asociados. Corresponde, entonces, que –esta vez– la Fiscalía sí investigue a fondo. La verdad es que corresponde que se investiguen a fondo y, en su caso, se sancionen efectivamente todas las situaciones de financiamiento ilegal, todos los entramados turbios entre dinero y política. Que los culpables realmente paguen y no se continúe alimentando la percepción masiva, reiterada hasta el hartazgo, de que los políticos son una clase privilegiada que se autoprotege. Solo cuando eso ocurra podrá tenerse un piso mínimo sobre el cual la política recupere su legitimidad.

De comprobarse una trama OAS-Bachelet, sería lamentable por ella. Lo mismo si se investigara de veras y comprobara corrupción de algún dirigente gobiernista. Más lamentable, empero, es que esto o lo otro fuese cierto y no hubiera ningún tipo de sanción. Que estuviésemos siendo gobernados por pícaros, lo supiéramos y supiéramos que nadie hizo nada.

Y no se trata aquí de purismo moral. Hace un siglo, para el centenario, cuando la oligarquía se aprestaba a celebrar, una generación de ensayistas elevó al foro la crisis por la que atravesaba la república. Una crisis de tipo comprensivo: dirigencias políticas oligárquicas, es decir, centradas en sus propios intereses, frívolas, incapaces de entender lo que estaba pasando, no daban con la situación del país. La consecuencia fue un amargo período de inestabilidad que duró un cuarto de siglo. No sea que estemos ya en medio de algo así.