Hace poco el director de Titanic, James Cameron, bajó hasta el punto más profundo de la Tierra; antes anunció que planea filmar en el espacio prontamente y en Marte hacia el 2028. Ha buscado los barcos más legendarios y rodado las dos películas más rentables de la historia. ¿Qué hay detrás de este canadiense, suerte de hombre orquesta, cruce entre Howard Hughes y aventurero de historietas: una anomalía hollywoodense o un tipo que en verdad se cree superhéroe?

  • 12 abril, 2012

Hace poco el director de Titanic, James Cameron, bajó hasta el punto más profundo de la Tierra; antes anunció que planea filmar en el espacio prontamente y en Marte hacia el 2028. Ha buscado los barcos más legendarios y rodado las dos películas más rentables de la historia. ¿Qué hay detrás de este canadiense, suerte de hombre orquesta, cruce entre Howard Hughes y aventurero de historietas: una anomalía hollywoodense o un tipo que en verdad se cree superhéroe? Por Francisco Ortega

Lo confiesa el propio James Cameron, en las primeras páginas de The futurist, su biografía oficial (coescrita con la periodista Rebecca Keegan): su vida fue “salvada” en 1954. Claro, así, entre comillas, simbólicamente. Entonces, el futuro director de Terminator vivía con su familia en Kapuskasing, pequeño pueblo de Ontario, Canadá, donde había nacido diez años antes y su día a día se resumía a correr tras una pelota de béisbol, perderse en los bosques cercanos con sus amigos, jugar con uno de sus tres perros e ir de lunes a viernes a la escuela del barrio.

Pero para su cumpleaños número 10  alguien -¿un tío cercano?- cometió un bendito error: en lugar de un tren eléctrico le trajo de regalo un libro, texto que se convertiría en su biblia personal y en molde para un estilo de vida cruzado entre la extravagancia de un millonario con mucho tiempo libre y lo aventurero de un personaje de historietas de los años 30. La novela era Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, y tras esa primera lectura el futuro director dio inicio a un ritual que realiza cada año, suerte de misa personal que consiste en releer sagradamente el libro, que además colecciona en diversas ediciones y diversos idiomas, llegando a pagar (en 1997) poco más de 450 mil dólares por una primera edición firmada. “No es tan caro como un Shakespeare”, declaró entonces, abrazando el volumen encuadernado en cuero y tapas duras.

Y claro, haciendo un repaso por su vida y carrera, no es rara su fijación con la novela. Cameron comparte rasgos con los dos personajes principales de la aventura publicada por Verne en 1870: la obsesión megalomaniaca de Nemo y la búsqueda de aventuras y conocimiento del profesor Aronnax. El influjo de ambos lo llevó a embarcarse el pasado 26 de mayo en el Deepsea challenger, un submarino especial (¿su propio Nautilus?) para descubrir qué había en el fondo de la fosa de las Marianas, el punto más profundo de la Tierra, y filmar desde allí, en la oscuridad más absoluta, para el canal NatGeo. Como los personajes de Veinte mil leguas, Cameron deseaba descubrir especies nuevas, tal vez grandes saurios supervivientes del jurásico o peces monstruosos, como adelantó en su premiado documental del 2003 Ghost of the abbys; o quizás las ruinas subacuáticas de alguna civilización pretérita. Si acaso lo consiguió, algún día lo sabremos: como buen explorador, sabe guardar secretos.

La última cruzada
Descubrir a Julio Verne no fue lo único que cambió la vida del joven James Cameron en 1954. El mismo año encontró en una vieja Reader´s Digest la historia del Titanic. Se rayó tanto con la historia del malogrado transatlántico británico que -inspirado en su admirado capitán Nemo- prometió ser quien encontraría el buque bajo las aguas del Atlántico Norte. Es cierto que el oceanógrafo Bob Ballard le ganó la carrera en 1985, pero también lo es que Ballard acabó trabajando para Cameron, como asesor en Titanic (su encuentro/tributo cinematográfico con la nave) y como socio/empleado en la expedición tras el acorazado alemán Bismarck en 1999. También estuvo a su lado en la expedición abisal de la quincena pasada y juntos trabajan en un documental hiperrealista en 3D acerca de los monstruos marinos de la prehistoria, como tiburones gigantes y kronosaurios. “La idea no es recrearlos como si estuvieran vivos sino, realmente, viajar a la era de los reptiles con cámaras como máquinas del tiempo”, subrayó el director de Mentiras verdaderas. No sé si sus palabras son metáfora o en verdad logró curvar la cuarta dimensión.

 La carrera de Cameron es de manual de autoayuda, una especie de El secreto con testosterona: un tipo que ha conseguido todo lo que se ha propuesto, pero sin fórmulas mágicas ni reglas de atracción. Cameron ha trabajado duro, ha ganado millones de dólares y los ha gastado en sus sueños y obsesiones, que van desde desarrollar efectos especiales y cámaras de última generación hasta encontrar la tumba de Cristo, tal cual mostró en su polémico filme de 2007, también para NatGeo. Y el precio personal que ha pagado no ha sido bajo: una seguidilla de matrimonios, separaciones y abandonos lo ha llevado a una depresión continua que sólo ha superado filmando  y buscando misterios en la superficie y en el fondo del mar… por ahora.

Reducirlo a cineasta es caer en lo obvio. A estas alturas el creador de Terminator ha hecho del cine una excusa para ir más lejos; tal como el lema de Viaje a las estrellas, donde ningún humano ha ido antes. Y sus planes actuales son titánicos. Asociado con los rusos planea rodar en el espacio hacia el 2017. Además es uno de los financistas privados tanto de la NASA como de los rusos y chinos para una futura expedición tripulada a Marte, no porque quiera ser parte del evento histórico, sino porque quiere estar ahí, filmando en directo, cuando la cápsula terrestre se pose en el planeta rojo hacia el 2028. Si no es en persona, con cámaras autómatas manejadas desde la Tierra.

James Cameron ha convertido la ciencia ficción de sus películas en ciencia de no ficción para su vida, pavimentando un camino que lo ha convertido en un hombre orquesta, un renacentista egocéntrico que busca retos en los cuales sorprenderse para sorprender al resto del planeta. El señor de Avatar  filma, pero no lo hace sólo para contar historias, sino para descubrir terrenos ignotos, geográficos y mentales. Puro Verne con lentes digitales.

Superhéroe del mundo real
El día en que James Cameron inició su viaje de once kilómetros hacia el fondo del mar (y por añadidura de la Tierra) encerrado en la estructura cilíndrica de siete metros de largo, del sumergible Deepsea challenger,  el escritor Joe Hill (Locke&Key) en su cuenta de twitter (@joe_hill) escribió que el creador de Dark angel era el Tony Stark del mundo real, comparando al director con el carismático personaje de Marvel comics, el millonario excéntrico que salva al mundo enfundado en la armadura de Iron Man.

Y aunque la comparación es apresurada –lo de Cameron es más realización personal, sueño de niño que buenas acciones; tampoco es playboy ni experto en armas como lo es Stark–, no deja de tener un toque de verdad. En la ficción, Stark y su padre, Howard Stark, fueron creados inspirándose en el sujeto que mejor hace paralelo con Cameron: Howard Hughes. Director y productor de cine, millonario excéntrico, industrial pegado con explorar las nuevas tecnologías. Así como hoy Cameron busca conquistar el mar y el espacio, Hughes lo hizo con el cielo, construyendo un hidroavión gigante y fundando la primera empresa fabricante de helicópteros.

Hughes quería ser el primero en todo. Soñó incluso con llegar a la luna. Cameron también. La diferencia es que el canadiense ha sabido que sus metas son a largo plazo, que no debe apresurarse, porque ser el rey del mundo no es algo que se consigue de un día para otro. Lo tuvo claro en 1954 y luego en 1977, cuando tras ver La guerra de las galaxias en un autocine de Los Ángeles decidió dejar su empresa de camiones y dedicarse profesionalmente a lo que hasta entonces era su hobby de fines de semana: escribir historias fantásticas.  Debutó el 81 como coordinador de efectos especiales en Rescate en Nueva York, de John Carpenter y pocos meses después tras las cámaras de Piraña II, “la única película sobre pirañas voladoras”. Un año después vendió el guión de Rambo II y con ese dinero financió parte de su primera obra autoral, un filme clase B que se convertiría en una franquicia clase A: Terminator.

La facultad de manejar presupuestos bajos con grandes ideas lo puso en la mira de los grandes estudios, que le encargaron la secuela de Alien, titulada Aliens, y desde ahí a Avatar (2010) su carrera –con la salvedad de El último gran héroe, Spider-Man (que abandonó por demoras de derechos), y El secreto del abismo, que a pesar de ser un fracaso económico es su filme más querido- ha sido una seguidilla de éxitos, incluyendo las dos producciones más rentables de la historia del cine, la ya mencionada Avatar y Titanic.

Esta última, por estos días  regresa a cartelera en versión 3D, para conmemorar el centenario del desastre que hizo que en 1954 un muchacho de provincia se obsesionara con el mar y las historias que de allí se pudieran contar e iniciara un camino que lo convertiría en el más excéntrico y rentable de los reyes midas de la meca del cine.

Cuando miras el abismo, este te mira de vuelta. Algunos le tienen miedo. Cameron, no.