Por Carla Sánchez M. Fotos: Verónica Ortiz Creció entremedio de ovejas en la Patagonia argentina. Su único contacto con el mundo exterior era el transistor que construyó su padre y que prendía en la noche para comunicarse y escuchar noticias. Ése era el momento del día más esperado por Wenceslao Casares, o Wences como le […]

  • 14 noviembre, 2014

Por Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortiz

Wenceslao-Casares

Creció entremedio de ovejas en la Patagonia argentina. Su único contacto con el mundo exterior era el transistor que construyó su padre y que prendía en la noche para comunicarse y escuchar noticias. Ése era el momento del día más esperado por Wenceslao Casares, o Wences como le dicen todos, el chico que a los 23 años lanzó en Argentina el primer servicio de internet del país y que a los 26 vendió el 75% de su empresa Patagon.com al Banco Santander Central Hispano (SCH) en 528 millones de dólares, poco antes de que explotara la burbuja de las punto.com.

Fue auge y caída. Porque poco tiempo después, el mega negocio, símbolo del potencial de internet, se fue a piso y a Casares y compañía, que mantuvieron el control de la operación, el poncho les quedó grande. “Éramos un grupo de pibes sin experiencia en este negocio y nos quisimos llevar el mundo por delante”, reconoció en una entrevista el año 2002 al diario Clarín.

De eso han pasado varios años. Casares dio la vuelta al mundo en velero con sus niños y se ha reinventado una y otra vez. Con mucho menos ego y soberbia que a los 20, le ha vuelto a dar el palo al gato –como por ejemplo con la venta de Wanako Games Lemon Bank y ahora último Lemon Wallet en varias decenas de millones de dólares–. Pero también ha vuelto a fracasar. Claro que tanto no le importa. Es parte del juego, dice.

Ahora, la mayor parte de sus fichas están puestas en su billetera virtual Xapo –su nueva compañía– y los bitcoins, la moneda digital que no depende de ningún país ni empresa, como el oro, y que “va a ser el salto más grande en la democratización del dinero”, según advierte. Inquieto como es, también ha apostado por otros negocios en Chile, como la central Valhalla, que combina energía solar con hidroelectricidad y “Las Majadas de Pirque”, su nuevo proyecto que aspira a convertirse en la “fábrica de capital social para América Latina”.

Una cosa llevó a la otra. Su amigo y socio Diego Valenzuela estaba buscando una locación para rodar la película Radio Corazón, de la cual fue productor, y se enteró de que el castillo italiano estaba a la venta. Le comentó de su hallazgo a Wences, quien buscaba una propiedad para comprar en Chile. Casares viajó con su señora norteamericana a conocer el palacio que había levantado la familia Subercaseaux en el 1900 y quedó fascinado, sobre todo con el parque de más de 8 hectáreas que tiene árboles de 400 años de antigüedad.

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“Yo que tú lo compro”, le dijo su amigo Pablo Bosch, con quien compartió tres veranos en el programa OPM (Owner/President Management) en Harvard. Y tan motivado estaba Casares, que incluso pensó en instalar su residencia definitiva aquí. Pero los planes de vivir en Chile quedaron en el congelador. Al cabo de un tiempo, Casares se mudó a Silicon Valley, “la meca de lo que a mí me gusta, que es la innovación y la tecnología”, según cuenta.

 

De Palo Alto a Puente Alto

Bosch venía masticando la idea hace rato. Como buen ingeniero, a su juicio faltaba en Chile un lugar para “tender puentes”. Y en una visita a California el año 2010, le comentó a Casares su inquietud: “Podríamos levantar un centro donde las personas puedan pensar e interactuar”. El argentino asintió. Ése era el destino más lógico para el palacio que había comprado al sur de Santiago.

Para darle vida al proyecto sumaron como socio al abogado Diego Valenzuela y a otros dos inversionistas, cuyos nombres mantienen en reserva. El Grupo Consorcio les brindó el financiamiento –la obra total tiene un costo superior a los 10 millones de dólares– y dieron los primeros martillazos hace poco más de un año. El arquitecto a cargo de la remodelación del palacio, Teodoro Fernández, también se hizo cargo de remozar el parque –de más de mil árboles– junto a Alejandra Bosch.

La idea es generar un espacio para desarrollar “actividades de empresas, instituciones y personas que contribuyan a la formación de capital social, educación y esparcimiento, por medio de programas, seminarios, cursos, conferencias y eventos culturales”, como explican. El proyecto incluye la construcción de una residencia con 50 habitaciones para los asistentes, en el otro extremo del castillo –a cargo del arquitecto Arturo Lyon– donde se desarrollarán la mayoría de las actividades y que estará listo en septiembre de 2015.

De entrada aclaran que “no somos una universidad, tampoco un centro de eventos y menos un hotel”. Pero dentro de los planes sí está el ofrecer el arriendo de sus salas y residencia para reuniones y “retiros” de empresas e instituciones de la región, fines de semana temáticos, donde por ejemplo se junten filatélicos o cinéfilos a compartir experiencias. O que artistas se instalen becados por un período para desarrollar sus obras y que interactúen con los empresarios que vengan a un seminario. O por qué no, que un científico venga aquí con su equipo de trabajo a planear su próximo descubrimiento mientras pasean por el parque, que también ha sido restaurado con circuitos y espejos de agua.

“Los países más ricos y desarrollados tienen mucho capital social. Y eso es lo que queremos generar acá. Éstos son los negocios del siglo XXI”, comenta Bosch, socio gestor del proyecto y gerente general, a cargo de un equipo compuesto por jóvenes profesionales de diversas disciplinas. La remodelación del palacio ha sido un verdadero trabajo de joyería, pues lo único que se conservó del edificio fue “el esqueleto exterior”. Literalmente construyeron una estructura de hormigón armado “puertas adentro” y recuperaron todo lo que se pudo de la antigua construcción. Atrás de la faena, montaron un taller donde decenas de artesanos recrean las gárgolas, construyen las ventanas y el piso con las maderas originales recuperadas del palacio y restauran los vitrales de la época, que serán instalados en el acceso del castillo.

Con su casco, Wences comprueba en terreno los avances de la obra, que tiene 2 mil metros cuadrados construidos. No venía hace meses y está impresionado. Tal como le encargaron al arquitecto Teodoro Fernández, el lugar cuenta con muchos espacios de interacción. Hay 7 salones con capacidad hasta 250 personas, un auditorio muy similar a los de Harvard, una cafetería, una biblioteca con libros que llegan hasta el techo e incluso un bar en la planta baja. Comandados por Pilar Vetterlein, constructora civil de la UC, el equipo trabaja a contrarreloj para abrir las puertas en marzo próximo.

“Hay cosas parecidas en algunas partes del mundo, como Alpbach, un pueblito de Austria donde se hacen reuniones de economistas y científicos. Algunas transnacionales tienen lugares especiales para entrenar a su propia gente. Está también la Singularity University, patrocinada por Google y la Nasa. Pero esto es algo único”, aclara Bosch, quien aprovecha de comentar que tienen un preacuerdo con Harvard a través del David Rockefeller Center for Latin American Studies. “Vamos a crear un fondo para que ellos hagan investigación financiada por nosotros sobre temas que nosotros propongamos. La idea es que después vengan acá a exponer”, cuenta. Para ello, van a crear un comité editorial que defina las ideas por estudiar.

“Mucha gente nos dijo que el desarrollo iba hacia el norte de Santiago, que por qué no construíamos el centro allá. Nosotros dijimos ‘no, vamos a equilibrar la cosa, trayendo el desarrollo hacia el sur’. Había una intención de unir Palo Alto con Puente Alto concretamente en Pirque”, agrega Bosch.

 

Lo que mueve la aguja

-En concreto, ¿para dónde va este negocio?
-(Casares mastica una frutilla y piensa) Éste es un lugar para construir puentes entre gente que, normalmente, no tiene posibilidades de interactuar. Es una experiencia que ayuda a generar relaciones basadas en la confianza mutua y cuando ello ocurre, salen cosas muy positivas para la sociedad. La idea es que este proyecto sea rentable para que sea sostenible en el tiempo, el objetivo final no es ganar plata.

-¿Qué tipo de experiencias quieren generar?
-La mayor parte de las personas necesitamos seguir perfeccionándonos y educándonos, sin embargo, es difícil hacerlo; no muchos pueden dejar su trabajo e irse un año a perfeccionar. Éste es un formato para aprender algo más de periodismo, gestión pública, innovación o tecnología, puedes hacerlo por 3 días o dos semanas. Algo de eso pasa en las universidades y las conferencias, pero todo en el mismo lugar no lo he visto antes. En América Latina en general –y en Chile en particular– no hay muchos vasos comunicantes entre distintos sectores de la sociedad. En Silicon Valley, por ejemplo, eso ocurre muchísimo y la idea es fomentar eso aquí en Las Majadas.

-El público que puede acceder acá entonces es una elite intelectual…
-No necesariamente, hay de todo, es para artistas, para filántropos, grupos non profit, políticos.

-Tu socio Pablo Bosch habla de mezclar Palo Alto con Puente Alto… ¿La gente de esa comuna vecina a Pirque podrá venir para acá?
-Sí, definitivamente. Por ejemplo, con todas las herramientas que tenemos, si alguno de los maestros quiere montar un taller abierto para enseñar los oficios que hoy se están perdiendo, podría hacerlo, y eso va a estar abierto al público.

-¿Va a ser una especie de república independiente que se podrá pagar con bitcoins?
-(Risas) Podés pagar los cursos o anotarte para una beca, para ello contamos con sponsors.

-¿El tema I+D va a ser central aquí?
-Tenemos muchos contenidos que son excusas para, además de aprender, puedas interactuar con gente que de otra manera nunca lo harías. La educación es un tema súper amplio que está cambiando con la tecnología, pero todavía no sabemos muy bien qué forma va a tomar. Por un lado, genera esperanza que haya gente en todo el mundo, que antes no hubiera soñado con tener educación, tomando cursos online. Pero por otro, para que la gente desarrolle confianzas, normalmente hace falta interactuar en persona.

-¿Cómo ve el debate que se ha generado en Chile con la reforma educacional? ¿Va por buen camino el proyecto?
-El tema educacional es gigante y es muy difícil generalizar, pero si yo fuera Chile, me enfocaría en la educación primaria sobre todo, mucho más que en la universidad. Los números pueden ser un poco viejos, pero en Chile se deberían graduar de secundaria unos 300 mil chicos por año. Entiendo que hay unos 200 mil que se gradúan de secundaria y el resto no lo hace. De esos, con suerte 50 mil pasan un test básico de matemáticas, comprensión, expresión oral y escrita. Y si les decís que más encima hablen inglés, quedan 15 mil. ¡Eso es lo mínimo que necesita Chile para prender la luz y el agua! Para qué hablar de crear cosas nuevas y crecer. Entonces, me parece que si no puedes mejorar las cosas básicas de la educación, es como un tren que se suelta.

-¿Está mal puesto el foco en la gratuidad?
-No lo sé, a mí me parece bueno que sea gratuito.

-Según el Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA), en su país, donde existe universidad gratuita, se gradúan 23 de cada 100 estudiantes…
-No creo que lo que le mueva la aguja a Chile sea la universidad. Hay montón de universidades y ha subido muchísimo el número de alumnos, lo que mueve la aguja es que los chicos aprendan a leer, escribir, sumar, restar, entender y pensar, y eso hoy no pasa. El mundo tiene un montón de oportunidades y de esos 300 mil chicos que van a cumplir la mayoría de edad este año, creo que soy generoso si digo que sólo 50 mil las pueden aprovechar. Ya arrancaste entonces en un punto elitista.

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“Los chilenos se quejan mucho”

Casares viaja mucho. Más de lo que le gustaría. A Chile, esta vez, vino como invitado del XII Congreso de Innovación de Icare. Después de su charla de los bitcoins se fue directo a Las Majadas. Está un poco cansado, pero se ve contento. Se nota que este lugar es uno de sus favoritos. “Le tengo mucho cariño a Chile, tengo muy buenos amigos acá, me gusta hacer cosas en este país”, cuenta mientras un gato negro con unos ojos verdes encandilantes se le acerca para que le haga cariño.

-¿Cómo ven a Chile afuera? ¿Cuál es el comentario general que recibes?
-Mi mundo es el de la tecnología y Chile pasó de no estar en ese mapa a empezar a figurar junto con Singapur, Irlanda, Israel; países que están fomentado muy activamente las políticas públicas, la innovación, la tecnología, la ciencia. En mi mundo, cuando hablo de Chile, eso es de lo que la gente habla.

-¿Le preocupan los cambios que está enfrentando nuestro país? ¿Ha paralizado inversiones en Chile a la espera de más certezas?
-Normalmente soy más optimista que los chilenos con Chile. Si los países fueran personas, Chile es como un adolescente que está viviendo cambios, que son difíciles pero importantes. Peor sería que no ocurran. Aquí hubo un proceso muy lindo durante muchos años, que ojalá hubiera pasado en otras partes de América Latina: es el país donde más gente de clase media baja ha subido a clase media. Ahora, toda esa clase media está aprendiendo a ocupar un poder que hoy tiene y que hasta ahora no usaba. Eso molesta a mucha gente, pero es sano.

-¿En qué pie ve al empresariado chileno?
-Los chilenos siempre se quejan mucho, pero parte de eso es lo que hace que Chile sea como es, que ponga énfasis en cambiar, en mejorar las cosas.

-¿Ve buenas ideas aquí?
-Hay muy buenas ideas, gente preparada y cada vez hay más capital. Pero a temas como, por ejemplo, la innovación, hay que darles tiempo. Si quieres generar innovación, vas a generar 80% de basura y ruido y si tienes suerte, un 20% de innovación. Le pasó incluso a Steve Jobs, todo el mundo lo asocia con el iPhone, pero nadie se acuerda de que casi vuelca la compañía con el Newton (el antecesor del iPad) en 1992. En ese sentido, Chile es parecido a Singapur, excesivamente ordenado y con una muy baja tolerancia para el desorden, la basura y la ineficiencia. Si te gastás 100 millones de dólares en innovación, 80 los vas a tirar a la basura y si tenés suerte, los otros 20 podrán producir algo que valga la pena.

-¿Cree que en tecnología está todo por hacerse o ya vamos bien avanzados?
-¡Todavía no vimos nada! Imagínate la vida de tu mamá o mi mamá, ¿cuánto les cambió la vida con la tecnología? Muy poco. Por ahí usan el email, un celular, un GPS en el auto, pero ¡nada más! La tecnología de la información recién está cambiando la vida de las personas, en los próximos 5 años la vida te va a cambiar más que en los últimos 20. Y para qué hablar de todo lo que está pasando en biotecnología, del mapeo del ADN…

-¿Le asusta lo que viene?
-Nooo, capaz cuando sea más viejo, pero por ahora me divierte.

-Claro, pero cuando uno tiene niños quiere protegerlos del bombardeo de información…
-Sí, pero cuando apareció la televisión, algunos pensaron que el mundo iba a cambiar para siempre, que iba a ser una tristeza. Tienen razón, cambió, pero combatirlo es como pelearle al viento.

-¿Es necesario rescatar las cosas básicas, como las relaciones humanas? ¿ése es el plan aquí en “Las Majadas”?
-Cien por ciento. Siempre hay gente que se asusta de la tecnología y los avances. Creo que también llega un momento en que si te asustas y te preocupas mucho por todas las cosas negativas que puedan pasar, dejas de entender el mundo. Si quieres comprender lo que está pasando, tienes que abrazar y adoptar todos esos cambios; si no, pasas a ser de esas personas que miran desde afuera y dicen “hay que locura lo que está pasando”.

-Como la Mafalda que dice “Paren el mundo que me quiero bajar”…
-(Sonríe) Sí, pero no puedes participar y aportar sin abrazar. Todos estos políticos que no entienden por qué se derrocaron todos esos gobiernos en Medio Oriente, si no saben un poquito de tecnología y social networking es imposible que lo hagan. •••