Los violentos cambios que ha experimentado el entorno económico podrían configurar no un nuevo ciclo, sino que un andamiaje que no conocíamos

  • 18 febrero, 2009

 

La libra de cobre se transaba en torno a los 4 dólares y el barril de petróleo bordeaba los 150 dólares. El mundo crecía y las proyecciones eran optimista. Seis meses después, los efectos del desapalancamiento, un ajuste que –mal conducido- nos puede llevar a una suerte de nuevo orden productivo mundial. Por Ricardo Matte y Guillermo Turner.

Corrían los primeros días de octubre de 2007 y el recientemente elegido director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, buscaba transmitir confianza a la opinión pública mundial. “Las bases del crecimiento mundial son sólidas”, decía en conferencia de prensa y agregaba: “no creo que el shock hipotecario sea dramático para el crecimiento”.

Era la época en que las autoridades apelaban a las “bases sólidas” y en Chile no faltaban quienes defendían la tesis del “blindaje”. Transcurriría menos de un año para que el mismo Strauss-Kahn optara por juzgar la crisis como “muy grave” y para que su anterior calificativo de dramático se popularizara, pero ahora en el sentido contrario. “El país enfrenta un problema dramático”, diría David Axelrod, el asesor principal de Obama, al momento de presentar a los responsables de ejecutar el plan de rescate económico para Estados Unidos. Tras asumir en la Casa Blanca, sería el mismo presidente el que llamaría a enfrentar la crisis con “acciones dramáticas”. A nivel local, el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, se convertiría en el encargado de poner paños fríos a nuestro ingenuo entusiasmo: “este 2009 será un año extremadamente inusual”, comentaría a empresarios y medios de prensa reunidos a mediados de enero pasado.

Las cifras lo avalan. Los cambios en las proyecciones económicas han sido dramáticos, al igual que la respuesta de las políticas monetarias y fiscales de las mayores potencias mundiales, tanto para rescatar a sus entidades financieras como para inyectar dinamismo a sus economías. Más de 800 mil millones en Estados Unidos, más de 260 mil millones entre Alemania, Japón, Canadá, Italia y el Reino Unido. Como advertía recientemente El Mercurio, “planes de estímulo de las mayores economías del mundo que suman al menos 10 veces el PIB chileno”.

A eso se suman bajas de tasas de interés a niveles históricos, como el prácticamente 0% de la Fed. A mediados de octubre del año pasado, el promedio de las proyecciones de JP Morgan y Goldman Sachs indicaba un nulo crecimiento para las economías del G7 en 2009. Poco para celebrar. Pero casi cuatro meses después, el mismo pronóstico se reducía a una merma de 2,3%, con caídas del PIB de 2,4% para Alemania, 4,8% para Japón, 1,8% para Estados Unidos (versus el 0,2%, 0,1% y -0,2% de crecimiento respectivos proyectados anteriormente).

El drama abarca también al sector real, porque los problemas de Wall Street contaminan a Main Street y el riesgo es que ahora ese mismo sector real le devuelva la mano vía morosidad en tarjetas de crédito, por ejemplo. ¿Por qué? Más de 100 mil empleos perdidos en una sola jornada entre firmas del tamaño de General Motors, Caterpillar y Philips. Congelamiento de inversiones y solicitudes de quiebra ilustran un panorama poco alentador para la economía global. El ISM, que corresponde al índice manufacturero de producción de Estados Unidos (que se basa en una encuesta a gerentes de compras), luego de cerrar 2008 en 26,3 puntos, casi la mitad de lo que alcanzaba en agosto del mismo año (y recuerde que bajo 50 indica una contracción), en enero de 2009 tan sólo llega a 32,1 puntos. A su vez, un 58% de caída en el período mostró el índice manufacturero de Japón, mientras que en la Zona Euro la reducción fue en torno al 34%. En Chile, la caída del indicador de producción de Sofofa alcanzó niveles que no se veían desde mediados de 1999.

 

 

 

 

 

 

La hora del desapalancamiento

Cansados de comparar la situación actual con la depresión del 29, algunos expertos internacionales están modificando paulatinamente su percepción de la crisis. Ya no se habla de la Gran Depresión, sino del “Gran Deleveraging”. La traducción del término no resiste ningún diccionario de la lengua, pero se refiere al “desapalancamiento”, el proceso por el cual los cientos de bancos, instituciones financieras, empresas e inversionistas deben adecuar sus niveles de endeudamiento a los nuevos niveles de riesgo e ingresos proyectados.

 

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En otras palabras, se trata de echar marcha atrás después de años de beneficiarse con al alto nivel de liquidez que consiguió la expansión económica mundial, pero de una forma mucho más dramática y rápida. El problema es que la profundidad y la duración de este proceso, aparte de que se desconocen, lo que ha dificultado estimar los verdaderos requerimientos de recursos que supondría un programa de rescate realmente exitoso, trae consigo el fantasma de la deflación, algo que la misma Fed advirtió hace algunos días.

El desapalancamiento implica renegociaciones, freno a las inversiones, venta masiva de activos y caída en los precios, entre otros factores. Sólo como ejemplo, recuerde que a mediados del año pasado el petróleo alcanzó su record de 147 dólares el barril y ahora apenas supera los 40 dólares. La misión es clara: hay que sanear las cuentas de un mundo inflado por años de políticas proactivas. El riesgo es que estemos entrando en un nuevo orden y que a partir del último trimestre de 2009 lo que el mundo presencie no sólo sea el comienzo del término de un ciclo económico tradicional, sino el inicio de algo diferente. Porque la demanda, ese motor de la actividad durante tantos años, muestra un declive tanto en Chile como en el exterior. Ante la necesidad de ajustarse a la nueva realidad, esa destrucción de demanda está comenzando a generar también un proceso de destrucción de oferta, y con ello la amenaza del proteccionismo se hace muy presente. Como consecuencia, los precios se estabilizarían, pero a otra escala de cantidades (ver cuadro). Autoridades de todo el mundo buscan neutralizar, al menos en parte, este fenómeno a través de políticas de impulso a la demanda. ¿Tendrán éxito?

 

 

Chile con margen relativo

Contrario a las metáforas bélicas, el ministro Velasco desechó la idea del “blindaje” para referirse a la situación chilena. Como buen corredor, optó por las comparaciones deportivas: “la pregunta es si estamos bien entrenados”, dijo a los empresarios. “Gracias a que actuamos con responsabilidad, podemos atenuar de modo importante el impacto de la crisis internacional, a diferencia de lo ocurrido en períodos similares anteriores”, agregó.

El país cuenta con tres fortalezas: un tipo de cambio flotante que nos permite ajustarnos muy rápido y en forma eficiente, un importante ahorro fiscal acumulado y una gran coordinación entre las autoridades de Hacienda y el Banco Central.

La noticia positiva es que se trata de tres condiciones con que el país no contó al momento de enfrentar la crisis asiática, pero entonces la profundidad de la crisis internacional y su expansión eran bastante menores a la actual. Sólo un dato: para la crisis asiática, salvo Japón, crecían todas las economías del G7.

Nouriel Roubini, economista de la Universidad de Nueva York y uno de los pocos que anticiparon la crisis (lo que le valió por mucho tiempo el apodo de “doctor desastre” por parte de los más optimistas), calculó a fines de enero que las pérdidas de la industria financiera mundial podrían alcanzar los 3,6 billones de dólares, de los cuales 1,6 corresponderían a pérdidas provenientes de 12,37 billones de préstamos sin respaldo seguro y otros 2 billones serían consecuencia de la pérdida de valor de las entidades involucradas. “Incluso contando las inyecciones de capital del gobierno, la previsión de pérdidas sigue dejando a los bancos estadounidenses al borde de la insolvencia”, señaló en la oportunidad. De paso, tampoco cree en las cifras oficiales de China, país que –a su juicio– ya estaría en recesión. Unos cálculos y opiniones que dan cuenta de la profundidad de la crisis y que explican este cambio dramático en las expectativas del mundo.

Pero no nos equivoquemos, en Chile lo vamos a pasar mal. Ya las cifras de ventas de autos (indicador lider del desempeño del consumo), viviendas, comercio y desempleo comienzan a reflejar con crudeza el ajuste que se nos viene. Adaptémonos con rapidez a esta nueva realidad. Y que quede claro que la solución no pasa por impulsar un mayor proteccionismo en sus distintas formas. Chile le debe mucho a la apertura mundial.