Tarde o temprano, una generación es reemplazada por otra, pero ¿qué ocurre cuando los que toman la posta destiñen frente a sus antecesores? Por Christian Ramírez

  • 27 diciembre, 2010

 

Tarde o temprano, una generación es reemplazada por otra, pero ¿qué ocurre cuando los que toman la posta destiñen frente a sus antecesores? Por Christian Ramírez

 

Entre las discusiones abiertas por la próxima entrega del Oscar, la más resbalosa y ambigua es la idea del cambio de guardia. La sensación de que, en un par de meses la Academia premiará a David Fincher y a La red social no porque se trata de una gran película –porque vaya que lo es- sino porque simplemente llegó la hora de reconocer el poder y la influencia de una grupo de realizadores que poco y nada tienen que ver con los Movie Prats o la generación del nuevo Hollywood –DePalma, Coppola, Schrader-, varios de ellos hoy encaminados directo a la jubilación.

Si esa es su idea de cambio, bueno, éste ya se produjo hace casi tres años, en marzo de 2008, cuando los hermanos Joel y Ethan Coen fueron premiados por No country for old men. Ese fue el momento de quiebre, cuando la posibilidad de ganar el premio mayor –y no el clásico Oscar al Mejor Guiónse abrió para una nueva pandilla. El punto ahora es saber si ésta realmente existe.

Viéndolo desapasionadamente, no hay nada que semeje ni remotamente a la camaradería, las intrigas y las aventuras de los “Brats”. Para buscar algo cercano habría que viajar diez años atrás, cuando irrumpieron de golpe los “nuevos chicos del barrio”, gente que provenía del video clip, del teatro, la TV y las producciones directo a video y que estaba decidida a meterse como fuera en el mainstream. Mirando Sexto sentido, uno podía imaginarse a M. Night Shyamalan como un digno sucesor de Spielberg; Wes Anderson canalizaba su Hal Ashby interior en ; Spike Jonze podía tomar la posta de Robert Altman con ¿Quieres ser John Malkovich?; Sam Mendes (Belleza americana) no se decidía si ser el nuevo Mike Nichols o el próximo Sydney Pollack. Todd Solondz emergía como un Woody Allen del infierno con Happiness aunque muchos creían que el verdadero heredero del comediante sería Kevin Smith (Clerks). Y, obvio, los candidatos al nuevo Scorsese no faltaban: David O. Russell (Tres reyes), Paul Thomas Anderson (Boogie nights). Si me hubieran preguntado en esos días, les habría dicho que apostaran sus fichas al notable Alexander Payne, que lucía su exquisito instinto para la sátira y una habilidad innata para trabajar con estrellas como Reese Witherspoon en Election.
¿Qué fue de ellos? Mientras Payne y los dos Anderson conservaron su bien ganada posición en la industria, Shyamalan fue devorado por sus propias inseguridades y hoy es un empleado de los estudios. Mendes nunca decidió si era un cineasta o director de teatro metido a realizador. Solondz fue expulsado del sistema apenas dio señales de inconformismo, Kevin Smith fue incapaz de mirar más allá de las calles de su ciudad y Spike Jonze gastó media década en un filme infantil (Donde viven los monstruos) que nadie quiso ir a ver. Tal como la Academia insinuó al premiar a los Coen, la sartén estaba en manos de una generación intermedia, que esperó pacientemente su momento bajo el foco. Eran los directores de principios de los 90, tipos que partieron trabajando muy por fuera, pero que saltaron de inmediato del barco ante la chance de fichar para el sistema: Quentin Tarantino, Gus van Sant, Sam Raimi, Peter Jackson y el más ambicioso, obsesivo y perfeccionista del grupo: David Fincher. Algunos de estos ya tienen estatuillas en sus casas, otros la obtendrán en un par de años o, como Fincher, celebrarán felices su triunfo durante 2011.
 
El otro David
Alguien que podría aguarle la fiesta a David Fincher en la carrera al Oscar, es David O. Russell. Ex trabajador social metido a realizador casi por casualidad, ha sido un talento impredecible desde el principio: partió sembrando el escándalo con Spanking the monkey (1994), negrísima comedia sobre la tensión sexual madre-hijo. Luego anticipó la segunda guerra de Irak con Tres reyes (1999), dejó a todos fríos con la extrañísima I heart huckabees (2004) y luego naufragó en la filmación de Nailed, película que ni siquiera pudo acabar por falta de fondos. Ahora regresa con un drama de boxeo, drogas y tragedias familiares: The fighter. Pocas cosas gustan más en Hollywood que las fábulas de “segunda oportunidad”. En una de esas Russell, y de paso su magullada generación, tienen la suya.